Marilyn Mendoza Almella / Fotos Jean Omar Escalona
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Un lienzo convertido en arte musical que solo un experto puede fabricar: así son las manos de José Arcela. Útiles, fuertes como el nailon y llenas de esa magia pura que brinda destrezas al andar de su martillo, su lija, su exacto y una resistencia casera que le otorga un lucir de renacimiento a la lutería en Venezuela.
La precisión, el moldeado, el ajuste y la ilustración combinados con la autoridad del sonar de una bandolina son la expresión viva de este hombre que ha dedicado su más sagrada arma de trabajo —sus propias manos— a fraguar una trayectoria de más de 25 años de experiencia.
No se trata únicamente de perfeccionar la técnica con instrumentos adaptados a sus necesidades. Arcela estudia mediante el experimento y el ensayo, buscando incansablemente nuevas formas de adaptar lo tradicional con lo auténtico del tru-lu-lu-la-la que la sonoridad de sus manos ejerce en cada pieza. Al ritmo constante de un golpeteo que suena a tun-tan y con el roce del zig-zag del desgaste del tallado, el artista moldea las curvas de una dama en el cuerpo de un cuatro, mandolina, arpa, violín o guitarra. Les da vida, los hace florecer en un sonar cómplice que luego regala a su autor, músico o cantautor.

La indumentaria fiel de este lutier se curte entre mazos de samán, roble y otras maderas nobles que desvelan un olor profundo, tiñendo de autenticidad cada instrumento. Es un logro reservado al experto que descubre y respeta las vetas naturales, aquellas que adornan y aportan un sello único e irrepetible a cada pieza.
Este creador viaja por toda Venezuela con su presentación más sincera: sus obras no adornan simples espacios inmóviles, sino que toman presencia noble en las manos ilustres de quien lo merece, rindiendo un altísimo honor al canto y a la melodía del folklore nacional.
Experimento, ensayo y el incalculable valor venezolano
Su jornada inicia puntualmente a las ocho de la mañana y le dan las diez de la noche sumergido aún entre «trozos de leña» destinados a transformarse en arte sonoro. Inició su camino en la construcción enfocando inicialmente su energía en más de un setenta por ciento hacia el área estrictamente sonora del instrumento, siendo esta su parte especial y favorita en todo momento. En su búsqueda de texturas acústicas, a veces fusiona el instrumento colocando una tapa de cedro y combinando su cuerpo o faja con maderas de distinta naturaleza.

La lutería le ha permitido cultivar y mantener una inmensidad de valiosas amistades a distancia y presenciales, “para mí ha sido un absoluto honor atender y calibrar la capacidad de sonido de grandes maestros de nuestra música, como Aldemar Paz y Jesús Medina, entre otros”, comentó con orgullo.
Aunque trabaja con maderas comerciales compradas como el cedro, la teca y la caoba, mayormente es él mismo quien se abastece de su propia materia prima en el entorno maderero.
Entre sus tesoros más preciados recuerda haber realizado un cuatro con un trozo de madera que cargaba a cuestas una historia de más de 200 años, rescatado directamente de las ruinas de la mítica Casa Alta de El Baúl. De aquel histórico madero logró concebir tres piezas; una de ellas aún conserva la estructura original del cuatro, ya que, por la extrema vejez del material, cedió y se despegó su tapa. Sin embargo, entre sus proyectos más cercanos se dibuja la promesa de restaurarlo.

A José le apasiona resaltar lo nacional, lo local y lo valioso que florece en cada rincón venezolano. Si bien ha trabajado con maderas internacionales de altísimo costo, como el abeto alemán, el abeto canadiense o el palo santo, sostiene una postura firme y clara frente al patrimonio natural.
“Hay que darle valor a lo de uno. El cedro y la caoba son venezolanos y son excelentes, pero también existen otras maderas con un potencial grandioso a las que no se les da el valor que merecen ser apreciadas en la lutería. Yo me la paso inventando más que un chino, como dicen por ahí”, añadió entre risas.
Con un ahínco conmovedor, el artesano enfatiza el caso de especies menospreciadas como el cojón de berraco, con el cual ha experimentado con éxito; una madera de extraordinaria belleza nativa de la zona de El Baúl llamada zapatero o nazareno, bautizada así por su imponente y hermoso color morado natural. Describe al zapatero como una madera súper liviana, extremadamente dura —»parece un hueso»— e inmune al ataque de las termitas. Aunque ha elaborado otras piezas con ella, confiesa estar firmemente empeñado en construir una pieza musical hecha enteramente de esta especie.

Su meta es continuar ahondando en el estudio de los árboles nacionales para que otros compañeros del oficio los tomen en cuenta: “En Venezuela tenemos tantos árboles que a veces son despachados y desperdiciados, sin saber que son perfectos para la elaboración de instrumentos”, certificó.
El milagro contra la termita
Lejos de limitarse a los estándares comerciales tradicionales, aquellas maderas comerciales que el ojo común o el mercado consideran “perfectas”, él busca el potencial oculto en especies alternativas, desafiando las convenciones estéticas para hallar una acústica única allí donde otros solo ven un pedazo de madera ordinario.
Su último y más reciente invento fue la creación de un cuatro construido con madera de Yagrumo. Confesó emocionado que cuando probó por primera vez el sonar de sus cuerdas el timbre resultó tan ilustre y con una belleza tal que le hizo brotar una lágrima.

Este afán innovador convive en un equilibrio perfecto con la tradición ancestral. Para Arcela, la creación de un instrumento comienza muchísimo antes de acariciar las cuerdas. Posee una mística arraigada, sabe con certeza que la luna influye con autoridad en todo el tema del corte del árbol.
Guiado por los ciclos de la luna, él mismo realiza el corte de la madera, consciente de que la savia y la gravedad lunar influyen directamente en el secado idóneo de la madera. Estima que el secado correcto requiere un tiempo de paciencia, equivalente a un centímetro por año. Aproximadamente.
Para el lutier la madera cuenta historias a través del sonido; escucha su palpitar en cada segundo del proceso. Afirma con convicción que la madera posee voz propia y que su emisión de vibraciones constituye una auténtica huella digital: “Un solo trozo de madera convertido en cuatro puede albergar más de diez sonidos distintos”, un misterio que descubrió tras años de ensayo y error.
El yagrumo representa su experimento más arriesgado a todo pronóstico, un prototipo recientemente elaborado y presentado con orgullo en la Feria Nacional de Lutieres en Caracas, en este año 2026. Tradicionalmente, el yagrumo es catalogado como una de las maderas menos aptas, incluso es odiada por muchos debido a su tendencia a pudrirse con extrema facilidad y a ser un blanco rápido para las termitas. La historia de este cuatro personal es casi milagrosa.

En la vivienda donde residía anteriormente se cortó un gran árbol de yagrumo; el trozo quedó rodando por el suelo durante unos tres años hasta que se lo obsequiaron.
Posteriormente, en medio de sus mudanzas entre San Carlos y Tinaquillo, la madera completó unos 7 años de secado natural. Sucedió que el trozo de yagrumo reposaba junto a varios listones de pino; estos últimos terminaron completamente plagados y devorados por las termitas, mientras que el yagrumo sobrevivió. Aquel detalle encendió la chispa de su curiosidad:
“Al dejarme las termitas el yagrumo intacto, me dije: existe la posibilidad de fabricar un instrumento con esto. Pasó la prueba de fuego”, relató con entusiasmo.
Hoy, ese cuatro de yagrumo es una maravillosa realidad terminada. Al definir su acústica, sonrió y aseguró que su sonar es idéntico al canto de las aves que se posan en el árbol a la entrada de su hogar: un sonido armonioso, melódico y con un sentir tan profundo que se impregna de forma eterna en el alma de cualquiera que se detenga a escucharlo.