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El cuidador de árboles

por maroas reyes
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Florbella González Ramírez / Fotos Abraxas Iribarren

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“Toda la naturaleza es un anhelo de servicio.

Sirve la nube, sirve el viento sirve el surco.

Donde haya un árbol que plantar plántalo tú;

donde haya un error que enmendar. Enmiéndalo tú;

donde haya un esfuerzo que todos esquiven, hazlo tú.

¿Serviste hoy? ¿A quién?

¿Al árbol, a tu amigo, a tu madre?…”

Gabriela Mistral

Fragmento del himno al árbol.

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En Venezuela tenemos los guardaparques. Hombres y mujeres que trabajan para la protección de la naturaleza dentro de parques y monumentos naturales. Es decir, son los guardianes de nuestra montaña y pulmón vegetal como el Waraira Repano, el parque Francisco de Miranda, El Parque Alí primera, entre otros. Pero todo lo que tenga que ver con árboles, espacios naturales en calles y avenidas de los municipios queda en manos del ciudadano común. Tengo un vecino que sirve a dos árboles ancianos. Es un hombre joven de 38 años, padre de tres niños y oriundo del estado Táchira. Su nombre, Nelson González, y es el cuidador de dos árboles centenarios en la urbanización Las Acacias.

A los árboles centenarios los conocí años atrás cuando acompañaba a una amiga hasta su edificio. Caminamos por una calle que no solía utilizar y cuando los vi de lejos me cautivó su enorme tamaño y verdor. Desde entonces paso a saludarlos y a conectar con ese paisaje. Es un recorrido que me revitaliza dada la majestuosidad de las copas unidas de ambos centenarios. Sus ramas cubren media cuadra. Es un verde horizonte, un corredor natural, un pequeñito pulmón vegetal.

En Caracas no es común encontrar gente que asuma voluntariamente cuidar árboles. Somos muchos los que les admiramos, pero escasas las personas que asumimos el compromiso de protegerlos. Es mayor el porcentaje que se ocupa de que los talen. Los cuidadores por lo general son personas que han nacido en pueblos donde abunda el verde paisaje, conviviendo con él desde la infancia. También influye la familia y la importancia que le dan a la naturaleza. Al señor Nelson ese amor y respeto a la naturaleza se lo enseñó una mujer andina, su mamá. Por eso para él, y cito sus palabras, “La naturaleza es una bendición que Dios nos dio para contemplar la grandeza de su amor y poder”.

El señor Nelson trabaja como conserje en Caracas desde hace nueve años y de forma voluntaria ha asumido ser el protector de los centenarios, una ceiba y un jabillo. Ambos árboles viven en la avenida El Salvador de Las Acacias. Lo conocí en mayo de este año. Lo contacté para realizar una actividad cultural que pretendía sensibilizar a la comunidad con respecto a esos centenarios y brindarles un tributo. La tarde que lo conocí estaba allí arreglando su carro y me contó de todas las hazañas que hacía para que la gente no botara más basura alrededor de los árboles. Sin embargo, la basura seguía creciendo, por lo que organizamos antes una jornada de limpieza con la cuadrilla del personal del aseo y su apoyo.

También ideamos junto a la creatividad de una joven estudiante de UNEARTE colocar un letrero a la ceiba, que informara de su condición de anciana árbol. El evento se realizó justo el día del árbol, un domingo por la tarde. Se le cantó, se le leyó poesía y además pudimos calcular la edad de la ceiba, que era de aproximadamente 145 años.

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El señor Nelson aprendió de su madre andina, quien labraba la tierra, ese amor por árboles y animales. Quizás los centenarios lo eligieron para darle voz a quienes han habitado esta tierra mucho antes que los humanos. O para recordarnos que estamos interconectados teniendo una interdependencia vital. La producción de oxígeno en las ciudades es posible sólo si hay árboles. Acaso se nos olvida que ellos absorben el dióxido de carbono que producimos y lo transforman en oxígeno. En estos tiempos de cambios climáticos es indispensable priorizar una gestión global sustentable y que tenga un impacto regenerativo en la naturaleza. Pensemos que según algunos cálculos se necesitan 22 árboles para proveer de oxigeno a cada ser humano. Así que “donde haya un árbol que plantar, plántalo tú”.

Por otro lado al indagar sobre la existencia de algún censo de árboles centenarios en Venezuela no se obtuvo información, al menos en la web.  En la capital me arriesgo a decir que los árboles que tienen más de cien años se pueden contar con los dedos de ambas manos. Ubico dos en el centro de Caracas: el Samán de Bello (aquí es importante resaltar que tiene su cuidador de años, el profesor Aníbal Isturdis) y la Ceiba de San Francisco.

Hacia los lados de Altamira tenemos tres más: el mijao de la torre Mene Grande y dos Samanes dentro de PDVSA la Estancia. A eso le sumamos los dos centenarios que cuida el sr. Nelson. Así obtenemos un total de siete que pasan los cien años de vida.

Aunque nuestra constitución ampara los árboles en su artículo 127, aún queda mucho por hacer para su resguardo. Mientras eso sucede todos sobreviven al desarrollo de la urbe. Están por allí atrapados entre el asfalto, el cemento y la mirada inhumana de quienes lo rodean de basura, restos de aceite de motor o aguas negras. Los que mayor suerte tienen perdurarán porque están bajo el resguardo de un parque o casa que los cobije. Otros por el contrario quedan a la deriva de la gente y el entorno que lo circunda. Aunque en ocasiones surge un vínculo humano-árbol y ambos se salvan, se protegen.

Nos urge recordar la importancia que los centenarios tienen para el planeta y darle su justo lugar. Ellos atrapan masivamente el carbono, más que los árboles jóvenes, liberando oxígeno. Inciden sobre la regulación del agua ayudándola a filtrar con sus grandes raíces. Y son hábitat para cientos de especies como musgos, líquenes, aves e insectos. Ni hablar de la incidencia que tienen sobre la protección de los rayos solares y el calor. Necesitamos más cuidadores como el señor Nelson y el profesor Aníbal.

No nos queda tiempo, es urgente también que en nuestro país y de manera global se replique lo que en junio de este año se aprobó en el pequeño municipio de Terrasse-Vaudreuil, Quebec. Ellos han reconocido a los árboles como seres vivos con derechos propios. Respaldando la Declaración Universal de los Derechos del Árbol. Reconociendo su derecho a la vida, al crecimiento natural, a conservar su integridad y a regenerar.

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