José Roberto Duque
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La tesis tiene décadas de difusión y más o menos general aceptación, pero siempre es bueno volver sobre ella: los conglomerados humanos que desarrollan una vocación depredadora e invasora, y cuya misión es convertirse en hegemonías, se imponen sobre otros grupos humanos gracias al perfeccionamiento de sus tecnologías para la guerra y para la muerte, para la destrucción de pueblos y culturas. La sentencia del general norteamericano (se la han atribuido a tantos que prefiero no nombrar a ninguno) según la cual el deber de un soldado no es morir por la patria sino hacer que el enemigo muera por la suya, le calza bien a quien domina la tecnología para la muerte.
Hay mucho que recordar y poco que explicar al respecto. De hecho, la única explicación a esgrimir es esta obviedad: hay pueblos y naciones que se preparan para algo y terminan alcanzando niveles de excelencia en ese aspecto al que se dedican: pueblos de alto desarrollo agrícola, otros que pueden vanagloriarse de tener una soberbia gastronomía, o una arquitectura admirable, porque durante generaciones que se pierden en la alborada de las sociedades esos pueblos y sus dirigentes se dedicaron a la búsqueda del esplendor en ramas específicas de su proceso civilizatorio, ayudados por su clima, por su geografía y su componente social.
Pero hay grupos que, precisamente por no ser exactamente pueblos, ni naciones, ni culturas (países artificiales creados como extensión o bases militares de EEUU y Europa, e implantados a la fuerza en territorios adonde no pertenecen) se han aplicado a alcanzar niveles de altísimo desarrollo o de altísima depravación en la más abominable de las industrias humanas, que es la guerra.
Los cumanagotos pueden decirle al mundo con orgullo que su aporte tecnológico a la humanidad fue el procedimiento para hacer arepas. Pero los pueblos no son libres solo porque se alimentan, dice una canción. Quienes perfeccionaron las armas de fuego se impusieron a quienes crearon el ícono cultural y culinario de Venezuela, y casi los extinguen. La gastronomía llevada a criterios y dimensiones industriales es un asco; la guerra llevada a dimensiones y a criterios industriales es una pesadilla contra natura.

Tecnologías para el genocidio: el gran antecedente
Los defensores de la España de los siglos XVI y XVII (que los hay) pueden decir con propiedad que aquella España sí tenía una identidad, una historia y unas características en permanente proceso de conformación. Ese fragmento de la Europa que se asomaba al nacimiento del capitalismo como concepto planetario llegó a estos parajes con una pulsión histórica bien definida: los reinos e imperios existen para expandirse; el hambre que ha movido a los grandes imperios fue primero territorial, y luego mercantil.
La ejecución de esa onda expansiva debió perpetrarse en el cuerpo de un montón de soldados y depredadores que, en su necesidad de adaptación, se perfeccionaron como tecnólogos. En el siglo XV los pioneros o adelantados debieron cargar con un montón de armas medievales que funcionaban bien en las guerras europeas, pero por acá necesitaban modificaciones y artificios para su adaptación al clima, a la geografía y la vegetación, a las condiciones de la guerra o de la invasión devenida masacre.
La historia de la conquista y genocidio de este lado del continente es la historia del perfeccionamiento del arcabuz y luego del mosquete. La evolución o revolución tecnológica que fue preciso acelerar para adecuar las embarcaciones españolas, portuguesas, inglesas y holandesas a la competencia o confrontación en los mares equinocciales es otro asunto, más relacionado con la confrontación entre países depredadores. Pero la masacre cuerpo a cuerpo de los pobladores originarios se produjo básicamente mediante el uso del arcabuz, el mosquete y la pica.
Las primeras detonaciones de los arcabuces rudimentarios del siglo XV causaron pavor en los defensores y en los pacíficos habitantes; te enfrentabas a unos tipos armados con artefactos inverosímiles y cuando estos tronaban ya tenías perdida la mitad de la pelea. Pero cuando se activó la resiliencia de los nuestros y hubo tiempo de evaluar con más cabeza fría que pánico la situación, lo que teníamos era esto: unos señores barbudos que disparaban sus bichos y tenían que volver a cargarlos o armarlos antes de que estuvieran listos para volver a disparar, y ese simple proceso le llevaba varios minutos.

El tipo cargaba su arcabuz, encendía una mecha y al llegar a la pólvora el artefacto disparaba. Si esa bala de plomo o hierro le pegaba de lleno en el pecho a un contrincante podía partirlo por la mitad. Pero no era un contrincante sino muchos, así que el autor del disparo tenía que volver a poner aquel perol bocarriba, taponear el tubo o cañón con pólvora y después con alguna fibra (con mecate taponean todavía los chopos caseros) para que no se escaparan los gases que favorecerían la explosión, y encima de todo eso la bola o bala homicida. Luego escoger el blanco, apuntar y volver a disparar. La distancia ideal para acertarle a un enemigo en movimiento era de menos de 20 metros; el enemigo solía estar ahí mismito disparando mientras tú hacías toda esa engorrosa maniobra. Entre un disparo y otro había tiempo de sobra para que el arcabucero fuera alcanzado por docenas de dardos o los cuchillos de cuarzo o pedernal de los ligeros y ágiles aborígenes.
Luego estaba el mosquete, un arma más mortífera pero más pesada e infuncional; era tan pesada y detonaba tan feo que había que apoyar el cañón sobre una horqueta, y antes y después cargar todo ese mamotreto en largas marchas. Tener que huir bajo una lluvia de flechas cargando un equipo que pesaba de 10 a 15 kilos era menos atractivo que dejarse matar.
Según nuestro imaginario, forjado por la literatura y el cine, las guerras las ganan los sujetos más valientes. Pero la historia (hay que insistir) dice que en realidad las guerras las gana quien tiene más desarrollo tecnológico aplicado a la guerra. Entre el siglo XVI y el XVII el arcabuz fue simplificado y perfeccionado, se creó el disparador de mecha y luego el de chispa y se fue reduciendo el tiempo entre una carga y otra.

A finales del XVII ya disparar era tan fácil como encender un yesquero, y de hecho el mecanismo para llevar el fuego a la pólvora contenía el mismo material de los encendedores de entonces y los de ahora: un trozo de pedernal, una piedra que cuando la raspas con cualquier objeto genera chispas capaces de provocar una combustión. Esa misma piedrita que cuando tú giras la rueda con el pulgar para prender tu cigarro o tu porro suena raaac y levanta pequeños chispazos: eso es un trozo mínimo de perdernal, una de las rocas más duras del planeta. En las armas de fuego ese mecanismo se llamó llave de chispa, y sustituyó al malasangre trámite de prender una mecha y esperar que el fuego de ésta llegara a la pólvora.
Mientras la evolución de las armas europeas marchaba rápido, al ritmo que imponía la conquista y también las guerras del viejo continente, nuestros aborígenes seguían peleando con los mismos artificios que sus ancestros crearon miles de años atrás, que por cierto en su mayoría no eran para guerrear sino para cazar. Los europeos evolucionaban en el arte de darle muerte a los enemigos; los aborígenes estaban estancados desde hacía milenios en materia de fabricación de armas.
En el Museo Arqueológico de Quíbor existen algunas de esas armas de nuestros aborígenes encontradas en excavaciones. Hay desde puntas de flecha o proyectiles hasta un ingenio que servía para arrojar flechas o dardos, distinto al arco. Lo llaman propulsor:

De pronto, en el mismo siglo XVII las armas se hicieron tan ligeras y fáciles de manipular que se popularizaron: se “democratizó” la tecnología en función de la muerte, y hubo un momento en que para ser fusilero o echador de tiros no hacía falta una carrera o profesionalización sino una breve inducción: esto se agarra así, te lo pones aquí, apuntas y jalas este gatillo.
La situación se tornó ligeramente más interesante cuando los contrabandistas españoles y holandeses comenzaron a entregarles armas y caballos a los bravos jirajara: indígenas violentos y audaces armados y sobre patas veloces. Guapos, apoyados y bien armados, los jirajara resistieron y atormentaron al invasor durante varias décadas del siglo XVII, hasta que fueron exterminados como pueblo o grupo funcional.
Hoy también los héroes de la resistencia contra las hegemonías deben pelear con las armas creadas por las hegemonías. Parece más parejo todo, pero los creadores de las armas y sus variaciones siguen siendo los poderosos, y esas evoluciones ocurren en cuestión de meses o semanas, y lo que va quedando en manos de nosotros se va volviendo obsoleto.

El desarrollo tecnológico de la resistencia: ciencia y tecnología para la vida
Las tecnologías de las culturas originarias eran de altísimo desarrollo, pero (lo repetiremos varias veces) su objetivo no era el darle muerte a otros pueblos ni invadirlos ni esclavizarlos, sino sobrevivir a los elementos. En los actuales estados Barinas, Portuguesa y Apure sobreviven restos de construcciones monumentales y asombrosas, de las que poco se habla: montículos, calzadas, campos elevados. Los montículos eran construcciones circulares cuyo diámetro variaba entre los 15 y los 80 metros, y su altura entre los 3 y los 15 metros de altura. Entre grupos de varios montículos había unos terraplenes, parecidos o exactamante iguales a las grandes autopistas y carreteras actuales; se les llama calzadas, y según investigadores como Nelson Montiel sumaban entre todas, en su momento de esplendor, más de 300 kilómetros de longitud.
Los campos elevados eran otra maravilla: imagínense esos canteros alargados para sembrar matas en casa, pero de 10 metros de alto y 20 kilómetros de largo: imágenes satelitales y análisis arqueológicos han establecido que esas magníficas obras de ingeniería tenían por objeto el desarrollo de la agricultura y también la protección en tiempo de inundaciones, hace mucho más de mil años. Cuando se desbordaban los grandes ríos llaneros abajo estaba inundado, pero los sembradíos estaban arriba, en tierra seca aunque regada y fertilizada por esos embalses que se formaban abajo.

Humberto Febres, otro investigador que le dedicó sus mejores años y talentos al estudio de las sociedades ancestrales de Barinas, tiene una soberbia hipótesis muy fácil de ver, porque es muy ilustrativa: esos terraplenes y campos elevados propiciaron un proceso de sedimentación y desvío de aguas que con el paso de los siglos terminó originando el bosque de Ticoporo, enorme pulmón vegetal del occidente que luego fue depredado y devastados sus árboles maderables. Esto es ciencia para la vida: nuestros ancestros no destruían bosques sino que los creaban.
Como estos párrafos van sobre la guerra hay que mencionar esto: al parecer José Antonio Páez se aprovechaba de esas calzadas, cuya existencia y utilidad conocía, para desplazarse en terraplenes secos mientras los españoles chapoteaban en los pantanos. Ventajas de conocer el territorio y su historia.
A propósito de Páez y las picas españolas, es fama que la lanza que empleaban los llaneros tiene su antecedente en esas picas. Solo que el asta de las lanzas, de una longitud de 3 metros, eran fabricadas con maderas muy fuertes y flexibles, de modo que cuando el lancero se acercaba a la velocidad de su caballo la lanza venía vibrando de un lado a otro, con madre cuchilla en la punta, y esa simple modificación tecnológica causó estragos en los españoles incluso cuando ya las armas españolas habían evolucionado y dejado atrás a aquellos mosquetes y arcabuces.

Pueblos que resisten, pueblos que se amoldan
Sobre las tecnologías actuales aplicadas a la guerra se está hablando ahora mismo con gran profusión y detalles; en vivo hemos visto drones, misiles intercontinentales, bombas, nuevos fusiles de asalto, objetos de la muerte «mejorados» con Inteligencia Artificial. Las armas dirigidas a distancia protagonizan la escena, las imágenes y los momentos iniciales y cruciales de los conflictos en desarrollo. Los combatientes que arriesgan el cuerpo, eso que antiguamente y ahora mismo llaman la infantería, van quedando al asecho para el momento de la invasión de territorio. La mayor mortandad la ejecutan artefactos manipulados como cualquier videojuego, y la estructura mental de los jugadores o gamers es seguramente la clásica: sujetos de cualquier edad pegados a una pantalla decidiendo el rumbo de los drones con cargas explosivas.
Una imagen particularmente sobrecogedora de estos meses confirma que la imagen y la conformación de los guerreros va mutando violentamente: los cadáveres de un puñado de adolescentes ucranianos de ambos sexos alcanzados en su centro de operaciones (salas de juego donde se manipulan drones) por un dron ruso, operado también a docenas de kilómetros del lugar de impacto. Los guerreros fundamentales de hoy no son aquellos feroces guerreros que despedazaban y se dejaban despedazar cuerpo a cuerpo. Los mayores estragos los causa gente que muy probablemente sea cruel, pero no necesariamente valerosa, audaz ni físicamente preparada para los horrores de un combate presencial.
Quería mantener este relato al margen del conflicto tenebroso por antonomasia de este preciso momento (Irán-Israel), pero ya es inevitable mencionarlo. Me limitaré por ahora a mencionar el rol de los gobiernos del mundo árabe que se han plegado a la banda criminal Israel, por miedo o por simpatía: hoy están apoyando al invasor y expansionista Israel, en la estúpida creencia de que Israel no los va a destruir ni a invadir a ellos si se portan bien. Se llama desconocimiento o poca atención a las guerras. Como hemos estado acudiendo al ejemplo de la genocida España de los siglos XVI al XVIII, haremos lo propio para referirnos a esos gobiernos que hoy se arrodillan para evitar ser golpeados por Israel y EEUU.

En 1647 se produjo la primera navegación del río Apure hecha por españoles. Ya varios pueblos y naciones vivían en las riberas de ese río y estaban acostumbradas a navegarlo, pero como la moda del momento era establecer que cuando un español pasaba por un sitio lo estaba descubriendo, entonces al episodio se le llama entre académicos “descubrimiento de la navegación del río Apure”. El militar español a quien se le atribuye la hazaña del “descubrimiento” es un tal capitán Ochagavía, y la narración de sus pormenores corrió a cargo del fraile y cronista Jacinto de Carvajal, en un libro o memoria titulado “Memorias náuticas”.
En uno de esos pueblos, habitantes de una isla del majestuoso río Apure, se encontraron Ochagavía y los suyos a un jefe o cacique llamado Tavacare con una buena legión de compañeros, suficiente para despedazar a los españoles si les provocaba hacerlo. Mientras la gente de otros poblados huía despavorida cuando se aproximaban estos u otros españoles, Tavacare se adelantó a recibir a los invasores con regalos y grandes gestos de amistad.
Les cayó bien el jefe aborigen, a quien calificaron como gallardo, galante y otras cosas más. El aspecto de este caballero, espléndido y señorial, dejó tan deslumbrado al fraile que en sus anotaciones no se ahorró ningún halago, y en el éxtasis de la descripción de este jefazo al fin soltó lo que en realidad estaba pensando: que estaba buenísimo.
Dice Carvajal:
“Era Tavacare de cuerpo agigantado (…) delgado de cintura, piernas y pies, lindo rostro, nariz bien labrada, primoroso encaje de rostro, pequeña boca, ojos grandes y negros, la frente ancha correspondiente a lo perfectísimo de todo el cuerpo suyo (…), el cabello tan crecido que yo mismo hice la experiencia y vi que se explayaba y tendía el grueso mazo de ellos por bajo de la cintura, que traía guarnecida con primoroso maure, tejido con hilos de varios colores (…). Al mover sus labios hacía demostración de pequeñuelos frustos de cristal en sus dientes…”.
La memoria de Tavacare habita en ese límite o frontera difusa donde la diplomacia comienza a desaparecer y a convertirse en sumisión, aunque ¿quienes somos los seres que no hemos vivido una guerra de exterminio para exigirle a un jefe que lleve a su pueblo al martirio y a la destrucción? Hay un fuerte militar en Barinas que honra la memoria de este líder de su pueblo, aunque no hay referencias de su aptitud para la guerra sino para liberar a su gente del martirio acudiendo a la amabilidad.
Si llega a consumarse la destrucción de Irán y de todo el medio oriente, y éste pase a ser territorio israelí y pro Estados Unidos, probablemente los nombres del rey de Jordania, el asesino domesticado y convertido en presidente de Siria, los gordos burgueses de las Arabias (la Saudita y la otra) y un puñado más de bichos que hoy le tienden la alfombra a los criminales de Israel y EEUU; los nombres de todos esos bichos que bajaron la cabeza para que Israel tardara un poco más en cortársela a ellos (porque igual se la van a cortar), no correrán con la suerte de Tavacare, el gran ícono de la Barinas indígena. Seguramente esos árabes sin dignidad terminarán designando un centro comercial, un local de masajes turcos o una venta de jabones aromáticos (Israel tiene un cuento basura sobre cómo los nazis convirtieron la grasa de sus abuelos en barras de jabón).

3 comentarios
Este trabajo de José Roberto me hizo recordar este pasaje del libro «Del pasado aborigen, leyendas venezolanas» de J. J, Arocha, al referirse al piache y cacique Yoraco, que se destacaba por insuflar ánimo a su tribu: “Ante el ímpetu incontenible de los briosos corceles, las huestes aborígenes se repliegan en desorden, buscando en las alturas la igualdad en la lucha. Y allá, en las cumbres coronadas de rosa, la lid es gallarda, larga y terrible.
Yoraco hace prodigiosos esfuerzos por mantener incólume el espíritu de lucha de sus maltrechas filas; esta vez infructuosos, ya que de nada podían valer el arrojo y la destreza ante la desigualdad de las armas ofensivas.
Con los últimos destellos de la tarde la lucha languidece, y el indio, casi solo, va agotando de proeza en proeza sus postreros alientos. Empero, aún le quedan bríos para retar en tono soberbio al mismo Garci-González, quien ya impaciente, trata de rematar la acción ante la inminencia de la noche.
El conquistador azuza su nerviosa cabalgadura y lanza en ristre le acomete; pero la agilidad del indio frustra el innoble propósito.
Y cuando vuelve la cara se admira y se avergüenza de que dos de sus más aguerridos lugartenientes, Domingo Méndez y Juan de la Parra, no pudieran vencer con sus largas y afiladas adargas a la débil macana del ya exhausto caudillo.
Ya herido de muerte, pensando acaso que, roto el sortilegio, decaería la fe y la moral de los suyos en la prosecución de la lucha, arranca el collar de su cobrizo cuello lo arroja al rostro de sus innobles adversarios y exclama altivo: «No quiero valerme del collar que me protege, puesto que, para venceros, con mi brazo me basta.» Empero, se le escapó la vida por la flor de sus heridas, perfumadas de gloria.
Y una fábula de entonces asegura que las cuentas azules del collar prodigioso se hicieron estrellas, que desde los cielos, con su radiante luz, iluminan la senda a todos los bravos defensores de la patria”.
Agradecido, estimado. Si tienes el enlace por ahí se te agradece más. Salud
Hola, camarada, te recomiendo el libro de Edgar Gabaldón Márquez, El Coloniaje, donde encontraras una explicación interesante del comportamiento imperialista de los pueblos del mundo. Está en la página del Centro Internacional para la Descolonización Luis Antonio Bigott.