Alejandra Leal Guzmán
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Hemerografía e imágenes históricas hasta 1900:
El Cojo Ilustrado, Caracas: 1 de diciembre de 1900, Nro 215.
Los recientes terremotos ocurridos en Venezuela el 24 de junio de 2026 dejaron al descubierto una realidad crítica que venía gestándose en silencio: los venezolanos no hemos integrado los terremotos a nuestra vida cotidiana, ni a la forma en que pensamos el territorio que habitamos. La amenaza sísmica –es decir, la probabilidad de que se produzcan terremotos de ciertas características con una frecuencia determinada– existe, es objetiva y concreta, pero nuestra relación con ella es frágil, intermitente, casi episódica.
Los sismos de junio revelaron que, como sociedad, tenemos una percepción social del riesgo sísmico débil, hecha de recuerdos dispersos, muchas suposiciones y explicaciones improvisadas. Por otra parte, cargamos una vulnerabilidad cultural que nos impide reconocer que vivimos en un país de terremotos, porque no sentimos que estos eventos formen parte de nuestra experiencia vital.
La sismicidad invisible
Aunque Venezuela está atravesada por cuatro sistemas principales de fallas activas, esta condición ocupa un lugar mínimo en nuestro imaginario.

Solo nos reconocemos como país sísmico cuando ocurre un terremoto. Y, aun así –según el impacto del temblor– esta memoria puede ser de breve duración. La experiencia directa de un sismo puede despertar preguntas, temores o intuiciones, pero no garantiza que un evento específico sea integrado a nuestra visión del territorio.
La amenaza sísmica es inmodificable; lo que sí puede cambiar es nuestra manera de interpretarla. Sin embargo, esa interpretación no surge sola. Requiere tiempo, educación, divulgación, conversación pública. Requiere que la sociedad convierta la experiencia en conocimiento compartido sobre cómo vivir en un país sísmico.
Terremotos e historia
Si miramos la sismicidad histórica venezolana a lo largo de cinco siglos, –entre el terremoto de Cumaná de 1530 y los sismos de 2026– aparece un patrón claro: tenemos una sismicidad moderada, caracterizada por sismos menores que pasan desapercibidos, eventos superficiales con potencial destructivo que ocurren separados por décadas, cinco terremotos que han producido olas tsunami, nueve grandes terremotos del pasado que han quedado fuera de la memoria viva, sismos destructores contemporáneos que se han fragmentado en recuerdos locales y solo dos eventos realmente catastróficos: los terremotos de 1812 y 2026.


El terremoto del centro norte costero ocurrido el 29/10/1900, es un ejemplo paradigmático. Se trató del terremoto más grande registrado en el país, y estuvo acompañado de derrumbes, deslizamientos, grietas en terreno, licuación y olas tsunami que afectaron las costas de Anzoátegui, el litoral de Barlovento y el litoral central. Pese a su potencia, el sismo de 1900 sacudió una Venezuela rural, de baja densidad urbana, de modo que sus efectos fueron moderados, lo que redujo sensiblemente su impacto material y cultural a largo plazo.


Luego, los terremotos destructores del siglo XX —Cumaná 1929, Tocuyo 1950, Caracas 1967 y Cariaco 1997— dejaron huellas profundas en las comunidades afectadas, pero no lograron convertirse en una memoria nacional.




Otro tanto ha ocurrido con los sismos más importantes de nuestro siglo XXI. El caso de Yaguaraparo 2018 es especialmente revelador: fue el primer gran terremoto del siglo XXI, evento profundo y ampliamente sentido en el país y en la región, que sin embargo se desvaneció rápidamente del imaginario colectivo.

En suma, nuestra sismicidad histórica está allí, documentada, estudiada, reevaluada, pero no se ha transformado en una narrativa compartida. Debido en parte a las características de nuestra sismicidad, la experiencia de los venezolanos presenta una doble discontinuidad: los grandes terremotos históricos no forman parte de nuestra memoria viva, mientras que los sismos destructores contemporáneos se recuerdan principalmente en los lugares donde ocurrieron.
Así, la amenaza sísmica permanece como un conocimiento técnico, a veces difuso, pero no se ha constituido como una percepción social. Sabemos que existen las fallas, sabemos que efectivamente ocurren terremotos, pero no hemos construido las prácticas culturales que nos permitan reconocerlos, interpretarlos y actuar frente a ellos para reducir el impacto potencial de estos eventos.
Cuando la experiencia no basta
Los terremotos de 2026 demostraron que la experiencia directa, por sí sola, no construye una adecuada percepción del riesgo sísmico. Muchos venezolanos sintieron miedo, desconcierto, incluso la sensación de estar frente a algo inexplicable. En redes sociales siguen circulando todo tipo de interpretaciones religiosas, pseudocientíficas, políticas y conspirativas. Más allá de cualquier discusión sobre su validez, estas explicaciones expresan una necesidad común: dar sentido a un evento extraordinario y, sin duda, inesperado.
Pero la percepción social del riesgo no surge espontáneamente. Se construye colectivamente, mediante información clara y accesible, educación continua, divulgación científica, memoria histórica, conmemoraciones y políticas públicas que mantengan la amenaza sísmica dentro del horizonte de lo posible.
Sin estos mecanismos, el conocimiento existe, pero no se convierte en percepción. Es imprescindible elaborar una pedagogía del sismo que lo integre al imaginario nacional.
Imaginar lo que aún no ha ocurrido
Comprender la amenaza sísmica implica un desafío particular: imaginar escenarios que nunca hemos vivido. Nuestras ciudades no son las mismas que experimentaron los terremotos del pasado. Hoy son más densas, más complejas, más interdependientes y, probablemente, están más expuestas al temblor. Por eso, estudiar la sismicidad histórica no es solo revisar una cronología –lugar, fecha, magnitudes y efectos–; consiste más bien en preguntarnos qué significaría la repetición de estos eventos en la contemporaneidad.
No se trata de predecir el próximo terremoto, sino de usar el pasado para imaginar futuros posibles. La amenaza sísmica no desaparece de la realidad, desaparece de nuestra atención.
Memoria y prevención
Los sismos de 2026 actualizaron, de manera abrupta, la experiencia sísmica de los venezolanos. Ahora la pregunta es qué haremos con esa vivencia. ¿La dejaremos diluirse, como tantas veces ha ocurrido, o la convertiremos en memoria útil?
La narrativa que construyamos dependerá de nuestra capacidad para elaborar colectivamente lo vivido. Las instituciones científicas, educativas y públicas tienen aquí una responsabilidad fundamental: documentar, explicar, divulgar, conmemorar y mantener abierta la conversación sobre el riesgo sísmico.
No se trata de vivir con miedo esperando el próximo sismo. Se trata de reducir nuestra vulnerabilidad cultural, de reconocernos como habitantes de un territorio sísmico y de asumir que la memoria —cuando se cultiva— puede convertirse en una forma de prevención y en una estrategia para reducir el riesgo de desastre en nuestro territorio.