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Mala leche o seudo leche: la bomba de tiempo

por Jose Roberto Duque
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José Roberto Duque

La actual crisis norteamericana por escasez o desabastecimiento de fórmulas lácteas es una buena oportunidad para señalar el centro, la médula, el preciso y específico meollo del problema llamado ciudad industrial capitalista: lo que define a la ciudadanía secuestrada en el último siglo y medio en estos conglomerados antinaturales, contranaturales, es su adicción a fórmulas (precisamente a fórmulas) que intentan sustituir las soluciones propias de la especie por otras presuntamente sofisticadas y, por lo tanto, “inteligentes”.

Conservemos este dato: tres de cada cuatro estadounidenses de menos de seis meses es “alimentado” con esas fórmulas sustitutas de la leche humana. Es una recomendación sincera, no un juego retórico: conservemos ese dato. Necesitaremos recordarlo, no solo a lo largo de este artículo sino más adelante, en el tormentoso camino que viene, lleno de colapsos y de mecanismos que parecían tan chéveres y tan lógicos, y que de pronto empezarán a fallar como el motor de cualquier vehículo de moda hace 30 años, y que ya no funcionarán más.

Conservemos este otro dato o recordatorio, por las mismas razones que en el caso anterior: en 2018, la administración Trump amenazó con torpedear económicamente a los países que se apegaran a la resolución de la Organización Mundial de la Salud a favor de la lactancia materna, y contra la promoción de las fórmulas químicas. “La delegación de Ecuador”, dice una reseña, “sorprendida ante la respuesta tan agresiva de los norteamericanos, retiró la resolución. Oficiales de la OMS buscaron a otras naciones que pudieran respaldar la resolución, pero todas retrocedieron por temor a provocar la ira de Estados Unidos. ‘Nos quedamos asombrados, consternados y también tristes’, dijo una activista británica que respalda programas de lactancia materna a través de la ONU”.

Asombrados: siempre hay quien cree que Estados Unidos, su dirigencia y sus mafias industriales, no pueden llegar “a tanto”.

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La complejidad de la situación actual, que se inicia con el retiro del mercado de millones de kilos de tres marcas comerciales, debido a la aparición en su contenido de una bacteria que mató al menos a dos niños, ha sido enfrentada de varias formas por el gobierno y los industriales de Estados Unidos. Como el retiro de esas tres marcas originó un déficit de casi el 50 por ciento de los niveles habituales de abastecimiento, y la demanda comenzó a aumentar por pánico o desesperación, la más urgente y expedita ha sido la importación, de emergencia, de varias toneladas de productos afines. Hay otras propuestas que han revelado curiosidades, como por ejemplo la existencia de “Bancos de leche” (el capitalismo siempre poniéndole referencias bancarias a todo).

Pero el misil que transversaliza todo este cuento es la imposibilidad norteamericana de resolver prácticamente nada como no sea mediante artificios industriales. ¿Me falta algo? Lo compro masivamente, y se lo vendo a la gente. Pierde la gente, ganan los industriales.

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Como el apego al entorno original del planeta pasó de pronto a llamarse acto salvaje, atrasado, incivilizado o bárbaro, no era de extrañar que el amamantamiento resultara también aplazado en el examen del cosmopolitismo y la posmodernidad. Darle teta al hijo es, a los efectos del esquema alimenticio industrial, lo mismo que defecar en letrina o baño seco a los efectos del sistema sanitario estándar: no provea al niño de su alimento natural: cómprelo. Y no invente nada que no sea cagar en una poceta conectada a un sistema de cloacas que irá a parar inevitablemente a un río y al mar. Lo cool, lo chic, lo fashion, lo civilizado y lo decente es lo que se compra y se vende; lo demás es conuco y barbarie.

Una de las muchas dolorosas discusiones que no hemos dado por acá, tal vez porque ahora muchos varones tememos pisar la raya amarilla que nos separa del troglodita promedio, tan justamente desprestigiado en estos tiempos, es sobre la trampa que le tendió el capital a las mujeres cuando se masificó el grito de liberación, desde los años 20 hasta los 60. Justo el tiempo de la orgía y el clímax de Hollywood, que coincidió con la emergencia de un potente y genuino movimiento feminista, que la industria del cine y del consumo se encargó de secuestrar y deformar: incapaz de liberar a nadie, a causa de su índole, el capitalismo embaucó a la humanidad con el relato (peliculero, obvio) de que las mujeres liberadas, y liberales, de muchas formas, eran aquellas que imitaban a las actrices o pretendían hacerlo: peinarse o vertirse de talo cual forma, aplicarse a la adopción de actos y conductas sociales que antes eran consideradas varoniles, como fumar, manejar, trabajar fuera de la casa, muchas otras.

Esto fue un golpe decisivo: para aplicarse con todas las de la ley al consumismo, las mujeres “debían” dar el necesario salto “adelante”: aceptar la esclavitud del trabajo en empresas públicas y privadas. Cambio de patrón, y de patrones; recibir una paga miserable por entregarle la energía somática, el talento y el tiempo a una corporación es preferible a no recibir ninguna paga por entregarle todo eso a un marido. En los años 60, paralelo al boom de las ventas de cigarrillos y la incidencia de cáncer pulmonar (que estalló años después: la gente que se desató a fumar en los 60 murió en masa en los 80, dice este estudio mexicano) se desató una campaña abierta, agresiva y febril, para desestimular la lactancia materna y promover las fórmulas “lácteas”. No le des teta al muchacho, que te la estira y deforma: pónlo a mamar una teta plástica, y después que converse con el sicólogo sobre sus rollos edípicos, y con el gastroenterólogo sus rollos estomacales, del hígado y páncreas; y con el oncólogo y el señor de la funeraria todo lo demás.

Lo mismo que en tiempos de Trump y lo mismo que ahora, los vendedores de la seudo leche necesitaban venderla masivamente. Era la cuña que faltaba: no podía haber liberación femenina “a lo norteamericano” si las mujeres debían invertir tiempo y energía en amamantar a sus hijos (en lugar de regresar a la rutina de la explotación por un sueldo en las fábricas, oficinas, industrias y maquilas).

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El condicionamiento del paladar no es un accidente sino el mecanismo fundamental de la desnaturalización del ser humano enclaustrado en ciudades. No me da ninguna vergüenza confesar que obtuve esta clave de una canción. Estos versos de Gino González:

“Cuando la leche materna

de la madre la perdimos

así arranca el consumismo

y comienzan los problemas…”.

“Solo de pan no se vive”, declara el título de la canción. Verdad poética aparte, no podemos dejar pasar que el comer es uno de los dos o tres actos esenciales para la vida. Y tampoco podemos obviar el hecho de que el capitalismo intervino esa verdad e impuso un monstruoso cambio: “comer” por “consumir”.

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El planeta está lleno de personas adictas al azúcar, y no es necesario ponerse a enumerar aquí los datos y razones que convierten esa evidencia en una tragedia planetaria. Solo un dato para distraídos: el consumo de azúcar refinada ha asesinado de muerte oprobiosa a más gente que la suma de guerras, catástrofes naturales y accidentes de tránsito en el último siglo. Hay algo más que el deterioro corporal y la muerte física; la lesión a culturas, gastronomías y costumbres, producto de la imposición (y la aceptación) del paradigma que solo llama “comida” a los “alimentos” procesados (y sí, hay que llenar esta exposición de comillas y señalizaciones).

Tal como lo insinúa Gino González, el capitalismo implementó el condicionamiento, o más bien la destrucción, del sentido del gusto, para convertirlo en vehículo y vector del consumista en formación. Un niño que es amamantado durante un año y medio, debidamente apartado de esas bombas de placer instantáneo que son los sabores fuertes de las golosinas, tal vez conserve un buen rato el disfrute de su paladar al natural. Volvamos al dato de arriba: tres de cada cuatro estadounidenses de seis meses ya han sido incrustados en el paradigma del azúcar o de sabores que simulan esa droga. El resultado son estas sociedades desnutridas o mal nutridas; raquíticas u obesas, desmesuradamente faltas de nutrientes y absolutamente expuestas a la diabetes, el cáncer y otras dolencias desatadas en la era industrial.

Un análisis de una página (nombrada, lamentablemente, “El poder del consumidor”) publica estos resultados y acotaciones:

“Fórmula para lactantes 0-6 meses Enfamil (237 mililitros-8 onzas, 1 envase): 16.8 gramos (g) de azúcares, lo que equivale a 3.4 cucharadas cafeteras de azúcar, principalmente cadenas de glucosas y sólidos de maíz (jarabe de maíz en polvo), estos últimos con mayor impacto metabólico ante su consumo, ya que están compuestos primariamente de fructosa. Se ha visto que el alto consumo de fructosa genera hígado graso, formación de triglicéridos, ácido úrico, entre otros importantes trastornos metabólicos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) sugiere no se administre azúcares añadidos a lactantes por su fuerte asociación a presentar caries dentales, padecimientos como sobrepeso, obesidad, diabetes y en estudios recientes enfermedades cardiovasculares.”

Atención a esta parte:

“Ingredientes: agua, leche descremada, lactosa, aceite vegetal (aceite de palma), proteína láctea, aceites vegetales (aceite de soya, aceite de coco y aceite de girasol), galacto-oligosacáridos, polidextrosa, mono y diglicéridos (emulsificante), citrato potásico, carbonato de calcio, lecitina de soya (emulsificante), fosfato magnésico dibásico, ácido araquidónico (ARA) 16, carragenina (estabilizante), cloruro de calcio, fosfato cálcico, cloruro de colina, ácido decosahecaeonico (DHA), ácido L-ascórbico, ascorbato de sodio, cloruro de sodio, inositol (mioinisitol), sulfato ferroso, taurina, maltodextrina, sulfato de zinc, citidina 5´-monofosfato, vitamina E, L-carnitina, sólidos de jarabe de maíz, niacina, selenito sódico, uridina 5´monofosfato (…). Contiene 52 ingredientes en total, varios de estos son: endulzantes, aceites, emulsificantes, estabilizantes, algunas vitaminas, ácidos grasos sueltos (mono y diglicéridos). Contiene 4 diferentes tipos de endulzantes, entre ellos, sólidos de jarabe de maíz (el cual puede ser jarabe de maíz de alta fructosa o jarabe de maíz pulverizado). Dicho endulzante está compuesto principalmente de fructosa (a diferencia de los otros endulzantes presentes en el producto)”.

No es que nos asombre o sorprenda esta andanada, solo que es bueno anotarla (también) para ir moldeando el dato crucial: el misil, bomba de tiempo o enemigo infiltrado que está causando estragos en la sociedad norteamericana es el compuesto con que se empeña en alimentar a su niñez, es decir, a su futuro, a su reserva generacional.

¿Y a la nuestra? Los sucesivos bloqueos, sabotajes y apagones de las últimas décadas en Venezuela han revelado que tenemos varios mecanismos resistentes como pueblo, tal vez porque la industria no ha devastado ni derrotado completamente a lo que el múltiple ancestro ha dejado regado en algunos rincones estratégicos del país: los maíces, leguminosas y tubérculos que sirven de combustible a nuestra soberanía no nos han abandonado y se resisten a la invasión, aunque la pelea sigue.

Cierto es que el CLAP se compone mayoritariamente de alimentos procesados, empacados y sellados por corporaciones.

Cierto es que, cuando algún defensor del salario de los venezolanos quiere hablar del hambre y la pobreza, lo hace desde el bastardo, ridículo, neoliberal y absurdo concepto “canasta básica”. Ignoran o parecen ignorar, o nos hacen creer que ignoran, que esa cesta o canasta se refiere a la capacidad de compra de productos procesados y empaquetados, y no necesariamente a la carencia o inexistencia de alimentos en las casas.

Para los no enterados: la “canasta básica” fue un indicador creado por el CENDA, un ente financiado por industriales, empresarios y sifrinos, y por sifrinos industriales y empresarios, y que mide qué alimentos procesados compra la gente en sus casas; si en un hogar se compra menos harina de “maíz”, azúcar, pastas, arroz y otras cosas de determinadas marcas, se dice que esa familia está pasando hambre. Ejemplo práctico: usted vive a orillas del mar y tiene a su disposición el pescado que quiera, y tras de sí sus vecinos cultiva plátanos y yuca en cantidad; viene el encuestador del CENDA y le pregunta cuántas sardinas en lata y cuántos carbohidratos procesados tiene en la despensa (porque usted tiene despensa, ¿no?), y entonces usted le dice que no tiene nada de eso, y entonces el tipo anota en el papel que usted está pasando hambre.

Y sí, es verdad que la mayoría de las familias viven en ciudades y no tienen condiciones para salirse de esa lógica que considera “comida” solamente a lo que viene en un empaque de plástico y tiene una marca. Pero es bueno saber con qué parámetros pretenden seguir midiéndonos, como si fuéramos cogidos a lazo.

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