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Chispa llanera, reciclaje y cálculos matemáticos

por Jose Roberto Duque
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Desde San Juan de los Morros y Villa de Cura, Javier Terán le ha ganado batallas por la soberanía a industrias del “primer mundo

José Roberto Duque / Fotos: Leorana González

En los años duros del bloqueo y el desabastecimiento, el Metro de Caracas vio recrudecidos sus problemas técnicos y tecnológicos, como todos los entes del Estado. Varios obstáculos se atravesaban para superarlos. Uno de ellos: los equipos con que opera el sistema Metro son importados, y como todos recordarán tuvimos (o tenemos) varios años de bloqueos e imposibilidades para importar prácticamente nada. Específicamente para el caso que nos ocupa, se nos convirtió en un laberinto sin salida eso de buscar repuestos, piezas y componentes para las maquinarias, diseñadas, por cierto, para dañarse al cabo de un tiempo determinado (obsolescencia programada).

En un momento crítico se hizo patente la parálisis de los torniquetes, por la avería en serie de unas piezas en forma de trébol y de unos amortiguadores muy específicos, que no se consiguen en el mercado. La solución convencional, en tiempos convencionales, consistía en mandar a pedir estas partes al fabricante, en Alemania. El fabricante respondía (y preguntaba) al instante: “Sí, cómo no. ¿Cuántas piezas y amortiguadores quieren?”. El Estado Venezolano pedía 50 tréboles y 100 amortiguadores, pagaba el pedido y las piezas llegaban… siete u ocho meses más tarde.

Los benditos tréboles

Pero hacia 2018-2019 los tiempos no eran nada convencionales. Así que el ministro de Transporte, Hipólito Abreu, recordó a un trabajador de Villa de Cura que le había resuelto algunos problemas similares, de mayor o menor envergadura, en el Instituto de Ferrocarriles del Estado, y le encargó copiar esas piezas, y buscar la forma de rehabilitar o reconstruir lo que estaba dañado.

Final de la historia: un obrero especializado, con una obsesiva y deslumbrante vocación por fabricar lo que sea, siempre que le pongan en las manos el instrumental y los materiales necesarios, le ganó esa batalla a los alemanes y ha ganado otras, tanto o más importantes, en la permanente gesta del país por la sustitución de importaciones.

“Hipólito me encarga esos cincuenta tréboles y esos cien amortiguadores y yo se los entrego en quince días”, dice Javier Terán, el villacurano artífice de la proeza, desde su taller a las afueras de San Juan de Los Morros. En un paraje calcinado por el solazo llanero, bajo el alto techo de un galpón rodeado de material desechado por varias industrias, y recolectado por él bajo el criterio de la reutilización y el reciclaje (“Fabrico y reconstruyo maquinaria partiendo del desecho, de la basura; con lo que otro bota yo fabrico y construyo cosas útiles”) el hombre hace reingeniería y convierte en obra física el concepto “sustitución de importaciones”.

En el taller de San Juan de Los Morros

“Esos tréboles”, explica Terán, y la explicación vale la pena porque contiene los elementos, los ingredientes de una victoria venezolana, “van acoplados con unas ruedas y un sistema de brazos o trípodes. Esas piezas son el punto crítico. Se rompen porque son plásticas; aquí comenzamos a hacerlos de aluminio. Tuve que fabricar una pequeña fundidora para el aluminio, hice un horno de manera artesanal, con ladrillo de construcción. El crisol, la turbina con quemador que funciona con cualquier líquido combustible, que no sea gasolina. El molde donde se hace el colado de la pieza, que es de hierro: todo esto lo tuve que hacer para empezar a trabajar en las piezas. Cuando esas piezas salen del molde viene un proceso de mecanizado, hay que hacerles las perforaciones en el torno y con el taladro. Después viene el fresado interno. Tuve que fabricar las herramientas y piezas que necesita el taladro para hacer el fresado. Y la mayoría de los amortiguadores los reconstruimos”.

Todo el mundo dudó de ustedes”

En busca de esas otras historias y victorias alcanzadas lo invitamos a soltar otras prendas, y declaró no saber por dónde empezar; la lista de trabajos hechos para sí mismo, para gente que lo busca para solicitar maquinarias y para el Estado, parece que es grande y engorrosa de enumerar. Así que, mientras refrescaba la memoria, lo invitamos a contarnos si estaba formando gente en su oficio, si hay muchachos interesados en llevarse esos conocimientos y destrezas para el futuro.

El torno repotenciado con ingenio y reciclaje

“He enseñado a grupos de muchachos; yo trabajo para Corpivensa, una corporación del Ministerio de Industrias. En Villa de Cura hay una fábrica de fábricas llamada Planta Madre. Para aprender y enseñar este oficio de la fabricación de maquinarias sí se necesita escuela, pero transmitir el conocimiento no es nada del otro mundo”. Mientras conversa y va de un lado a otro mostrando el instrumental de trabajo, el equipo y las máquinas, está acompañado por Luis Castro y Rolfin Utrera, quienes lo escuchan también con atención. “Yo les digo a los chamos que para salir a trabajar no necesitan un papel sino el conocimiento. Les voy enseñando cómo y para qué se usan la fresadora, el cepillo, el torno. Cuando ya estén entrenados en eso yo puedo dedicarme con más paciencia a hacer cálculos”.

Y acá introduce la cuña esencial: Javier Terán no es solo un mecánico que resuelve asuntos mecánicos, sino un diseñador de soluciones, un obrero de las matemáticas aplicadas, y un investigador a quien le ha tocado ir al fondo del funcionamiento de las máquinas para desentrañarles los secretos y claves. Esbozado esto, se anima a hablar de otra batalla y de otra victoria suya y de un equipo de trabajadores de la planta en que trabaja.

Materiales desechados y reconvertidos en implementos útiles

“Hace poco desarrollamos un proyecto en una planta de Min Industrias en Tinaquillo. Allí fabricaban láminas acanaladas. Por una instrucción venida de arriba, de altas instancias del Gobierno, necesitaban convertir la máquina en una laminadora de losacero. Llamaron al fabricante, canadiense, y éste les dijo que enviaran para allá todas las ruedas de la máquina que tenían, que ellos les mandaban de vuelta lo que se necesitaba para hacer las láminas de losacero. Les entró miedo, porque había un antecedente: una vez enviaron por barco unos equipos a Venezuela, precisamente desde Canadá, y en una escala en Santo Domingo lo retuvieron; en esa jugada Venezuela perdió 600 mil dólares”.

“El presidente de Corpivensa les propuso entonces: ‘Yo tengo una gente en Villa de Cura que lo que no saben lo inventan’. Así que nos llamaron, fuimos a ver la máquina e hicimos un prototipo. Pero se nos presentó un cangrejo, por un asunto de diámetros que no coincidían. No hallábamos cómo hacer las divisiones exactas para que los punzones calzaran correctamente dentro de las matrices. Entonces comenzamos a hacer cálculos matemáticos. Llenamos esa planta de papeles; yo me llevaba cálculos para la casa, para pensar en las tardes con tranquilidad. Llené ese pizarrón de fórmulas, tratando de resolver el problema, me iba a volver loco. Cuando pasaron los días ya varios me decían que eso no tenía solución, que había que construir otra máquina. Les dije que no, que estaba empeñada mi palabra y había un ministro apostando a mí, y yo no les iba a salir a última hora con que no se podía”.

“Les digo a los chamos que para salir a trabajar no necesitan un papel sino el conocimiento”

Un día, el compañero gerente de la planta dijo que tenía una idea; harían una prueba didáctica: pegaron unos pedazos de foami que simulaban las piezas y unos tirros, a ver si las divisiones coincidían. Y las marcas que se hicieron revelaron un deslizamiento tangencial: eso era lo que que nunca habíamos calculado. Resuelto matemáticamente el problema, hicimos un primer prototipo, a mano. La pieza la llevamos a la máquina, y funcionó. Cuando ya por fin entregamos el problema resuelto el presidente de Corpivensa nos dijo: ‘Todo el mundo dudó de ustedes’”.

Hemos querido transcribir el relato con todos sus detalles, y si parece exhaustivo es porque lo fue. “No podemos decir nunca ‘no se puede’, cuando hay un problema lo que existe es el reto para resolverlo. Pero siempre tenemos que decir que sí se puede.

Materiales recuperados de la basura y reconvertidos

Usted no sabe quién es Pedro Nonio (yo tampoco)

Terán habla con firmeza y intensidad, con rigor casi prusiano, que él mismo se encarga de analizar desde su origen, o desde el momento que él considera un bautizo de fuego: “Estudié en una escuela técnica llamada Mariano Fernández Fortique. Después me ocurrió algo que agradeceré toda la vida, que fue lograr un cupo en el Centro Alemán de La Morita, un INCE con formación de alemanes. Esto fue en 1985; de 400 aspirantes a entrar fuimos seleccionados 30, y después de un curso de nivelación quedamos 15, y nos graduamos 12. Allí estudié Mecánica de Maquinarias Pesadas”.

Habla con gratitud y admiración de cierto profesor llamado Rómulo Guzmán, un instructor de curso de enorme severidad y espíritu estricto que les infligió a todos, desde el primer día, un método bastante cruel e intenso para que aprendieran las primeras nociones del oficio, y también una filosofía del aprendizaje.

“Nunca se me va a olvidar quién fue Pedro Nonio. Cuando llegué al INCE el primer día el instructor nos puso como primer trabajo investigar qué era un nonio. En ese tiempo no había internet, así que me tocó buscar un libro, que un amigo me confesó que se había robado de una biblioteca, y que me advirtió que no fuera a robárselo yo a él. Ahí me enteré de quién era Pedro Nonio y que gracias a él existe esa herramienta que lleva su nombre (aunque también hay quien la llama Vernier). Al día siguiente llevé el trabajo escrito con bolígrafo; fui el único estudiante que llevó el trabajo. El instructor lo leyó y me dijo que estaba muy bien. Y que lo repitiera diez veces, pero escrito a lápiz. Pensé: ‘¿y por qué este profesor me castiga?’. Y les dijo a los demás: ‘Y ustedes me escriben el trabajo de Terán veinte veces, a bolígrafo’”. El relato se prolonga por las muchas veces que el instructor mandó a los muchachos a repetir el maldito texto sobre el nonio y su inventor, y culmina cuando el profesor Guzmán preguntó en una clase: “¿Alguien me puede decir quién fue Pedro Nonio y qué fue lo que inventó?”. Y hasta la fecha de hoy ninguno de esos señores ha olvidado esos datos, y tampoco han olvidado cómo y para qué se usa ese instrumento, siglos después de su creación.

Un Nonio o Vernier

Terán cuenta que los retos planteados por la necesidad de producir maquinarias, equipos y herramientas en el país ha llevado a varios hombres y mujeres a estudiar, a investigar, a descubrir tecnologías, para entrarle a los procesos de reingeniería. Personalmente, también lo ha ayudado a crear soluciones y a salir airoso de retos difíciles, y los relaciona con las cosas que está siendo preciso hacer en todo el país. El torno en que trabaja se lo compró a un amigo, pero no lo dejó como estaba, sino que lo reconstruyó, lo convirtió en una máquina más versátil y poderosa. Para enriquecer su arsenal de herramientas ha empleado materiales como tornillos de riel del Metro (“los recogí después de botados; ya el Metro no los puede reutilizar pero para mí son material valioso; algunos son de una aleación de acero y manganeso”).

Acaba de hacer un pulverizador para varias harinas y especias, similares a las que se consiguen en el mercado pero mejoradas en su concepto de seguridad. A los emprendedores de Guárico les ha dicho que, si necesitan máquinas, le consigan los materiales, él puede fabricarlas. “Esto puede hacerse mediante algún convenio con la Gobernación. Yo nada más necesito permisos de manipulación de material estratégico y un permiso de fundición, para construir un cubilote. Con lo que tengo aquí puedo construir piezas de aluminio, bronce, algunas en cobre; con el cubilote puedo construir piezas de hierro colado”.

Calculamos o erramos

Le preocupa el deterioro y desmantelamiento que sufrió la planta de Villa de Cura en algún momento. Ésta cuenta con la maquinaria y los equipos necesarios para producir muchas cosas que Venezuela debería dejar de importar. “A mí me duele mi país, yo soy venezolano, nacido y criado aquí. Yo nunca he salido del país, yo ni siquiera he ido a Colombia a ver cómo es esa vaina por ahí. Entonces, si estoy en esta batalla tengo que ser patriota y nacionalista. Me duele cuando se descubre que hay gente que saquea y destruye, en vez de defender y mantener las instrucciones y proyectos del comandante Chávez. En la planta hubo una operación policial en la que fueron presos unos sujetos por un robo de aceite; eso no corrige el desmantelamiento que hubo producto del abandono, pero por lo menos se sentó un precedente: el que esté robando le vamos a poner los ganchos. Con lo que hay en esa planta se puede hacer de todo; ahí hay plasma CNC, un pantógrafo; eso hace un corte extremadamente limpio, recuerda que la plasma es el cuarto estado de la materia. Hay punzonadoras, guillotinas y dobladoras CNC; hay tornos de varias medidas, taladros de pedestal, un taladro radial. No es una exageración: en esa planta se puede fabricar lo que sea”.

Su visión de la corporación en la que trabaja: “La Corporación de Industrias Intermedias tiene una misión, que es buscar que la industria procese la materia prima para producir productos terminados. Desde aquí podemos romper con esa práctica de exportar materias primas para después comprar en el exterior esa misma materia pero convertida en productos. Porque, no me canso de repetirlo: los equipos y la gente para hacer lo que necesita la industria de este país está en esa planta”.

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1 comentario

Laura Superlano Osorio 23 mayo 2022 - 20:54

Excelente información, gracias por divulgar el ingenio, tesón, creatividad de nuestros inventores quienes son guías y formadores de nuestra juventud como mano de obra especializada, además de contribuir a resolver problemas puntuales que disminuyen la dependencia de repuestos extranjeros al fabricarlos con mejor calidad. Mis respetos y admiración

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