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Extremos brutales

por Teresa Ovalles
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¡Cuánta destreza atrofiada de nosotros, cuánta cultura ya rayando en el absurdo!*

No me refiero al “brutal” muy en boga actualmente para referir magnífico, inmenso o maravilloso, sino a “bruto”, y aquí no aludo a lo virgen, natural o inacabado, no, en este caso hablo de lo ignorante, estúpido e imbécil que somos en muchos casos debido a las prótesis mentales con las que nos conducimos asumiéndolas con una certeza espeluznantemente creíble.  

Una vez, hablando sobre el asunto, Marlene contaba: “Estos días mientras exprimía unas naranjas en un aparato de esos eléctricos yo pensaba: estoy haciendo esto, pero también pudiera hacerlo con mis manos o consumir la fruta directamente”. De eso se trata, del conocimiento de ti mismo dentro de los avatares de la alienación que te conducen a la anulación de la memoria innata adquirida para la sobrevivencia en un proceso de millones de años y en tan corto tiempo decapitada como árbol milenario sucumbiendo ante la motosierra.  

“Se me olvidó que te olvidé” dice una canción porai. Sin proponérselo ahonda en uno de los componentes del olvido. Asuntos que debido a circunstancias específicas parecieran que ya no están en ti cuando el cuerpo ha buscado de manera sabia otras opciones, pero al retornar las condiciones adecuadas afloran otra vez como las gripes.

En los años más drásticos de la guerra económica propugnando el agudo desabastecimiento, desaparecieron las gaseosas como forma de acarrear molestias en la población y obtener saldos políticos. Imagínate, con algo tan inocuo como un “refresco” que de refresco no tiene nada. Es sorprendente como una compañía fundamentada en un producto tan vano como ese, sea una transnacional tan poderosa que hasta se da “el tupé” de quitar y poner gobiernos. Nos sentíamos morir porque ya no estaba en la mesa la bombona del “veneno del imperio” acompañando las comidas como un miembro más de la familia feliz al estilo del comercial televisivo. Pero luego de las convulsiones de la abstinencia, al buscar las obvias alternativas, nos volcamos a los jugos naturales y aparentemente la olvidamos. Allí hablamos maravillas de las frutas. Así son los vicios, se arrinconan, se ocultan, pero no se van. Los empresarios que no son tontos te la ofertaron otra vez y aquí está campante de nuevo entre nosotros. Bueno, también nos legó Bolívar este patético pensamiento: “Un pueblo pervertido si alcanza su libertad, muy pronto vuelve a perderla”.

Esas prótesis culturales te conducen a tomar decisiones de vida que fácilmente se trasmutan en ideología. Decisiones personales que en el mayor de los casos están ancladas en políticas de estado que en definitiva está conformado por personas. Cuando se fundaron los primeros pueblos estuvieron cerca del río o del lago, no lejos del agua. Para diseñar y construir la casa miramos hacia arriba, hacia abajo y hacia los lados. El terreno para el cultivo, las entradas de aire, la ubicación del sol, las formas de aprovechar la lluvia.

Cosa de locos y el propio surrealismo resulta la casa de una urbanización o el apartamento de un edificio varios días “sin agua” en pleno invierno y bajo un aguacero. Este tiempo de energías y recursos artificiales nos lleva a conducirnos en ese sentido. Quien vive en un apartamento con aire acondicionado, microondas, gas directo, internet, televisión por cable, secadora y lavadora automática y etc., lógico que maldiga y quiera tumbar al gobierno cuando se va la luz o le falte alguno de esos servicios. Lógico también que un “buen gobierno” se califique como tal cuando atiende esas reivindicaciones, aunque pase por alto otros aspectos estructurales.

–Ah, bueno, entonces cuelga el chinchorro bajo de un cotoperí y vives allí.

Por favor, no reaccionen igual que las tías cuando les hablan de casas de barro. Se trata de conocernos neurológica y culturalmente.

En lo que a mí se refiere no me convence un restaurante lujoso de mesoneros “elegantes” donde por un dineral te sirven en relucientes vajillas de loza reducidas porciones de comidas “exquisitas” de nombres extraños adornadas con la hoja de alguna legumbre, pero tampoco aquel tan barato del “menú ejecutivo” (nombre sarcástico) donde para dar la sensación de abundancia te sirven en platillos de dulce, la sopa es un caldo inconsistente sin verdura ni manteca rendido con cuatro greñas de pasta y tanto el jugo como el café parecen el agua donde lavan los vasos o la borra colada con agua caliente día tras día.

No seré el “último romántico”, pero me aterroriza el futuro sin el chin chín de la llovizna ni el rumor del viento entre los árboles.

*Gino González. Canción: Pasaje amarillo.

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