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Tecnologías para la guerra y la muerte

por Jose Roberto Duque
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En estos días ha vuelto a celebrarse o rememorarse un aniversario de la campaña y batalla de Carabobo. Cuando se cumplieron 200 años de ese proceso y ese evento (2021) había, y todavía las hay, buenas razones para comparar aquel contexto espantoso con las circunstancias actuales: nos define el empeño en enfrentar imperios.

Bastante ha llovido sobre el fervor con que muchos nos empeñamos en levantarle el ánimo (iba a decir “la moral”, pero no) a nuestra gente, que en años muy recientes llegó a escuchar y a repetir profusamente que estamos en una situación tan dura que difícilmente saldremos de ella hacia mejor; que tenemos un país destruido y que somos de los peorcitos países, nomás porque la economía dizque está destruida.

Comprendimos que muchos llegaran a esos razonamientos en el período 2015-2019. Pero en 2021 decidimos proclamar a grito pelao que no hay tal destrucción ni tal muerte de las esperanzas: pueblo, país y conglomerado destruido era aquel de hace 200 años; ciudades demolidas aquellas, en las que la gente salía a buscar comida y lo que encontraba en la calle eran cadáveres desguazados por zamuros. De ese escenario de horror y miseria, de aquel tocar fondo, con más de la mitad de la población muerta o desaparecida, salimos con dos cosas que no teníamos: una república y unas instituciones.

Así queremos repetirlo y reafirmarlo.

Y queremos también agregar un detalle quizá no tan visible, relacionado con aquellas actitudes y las de ahora, desde estos territorios en que nos hemos enfrascado últimamente. Nada grave: es sobre las aplicaciones de la tecnología en estos tiempos, y en aquellos.

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De España adoptamos, porque nos las impusieron, muchas herramientas, técnicas y modos de ejecutar las transformaciones de la sociedad. Como estamos aprovechando la efeméride de Carabobo y de la guerra, limitémonos en este breve espacio a hablar justamente de eso, de la tecnología, o de un par de artificios tecnológicos, relacionados con la horrenda industria de la muerte. Hablemos de armas.

Las innovaciones tecnológicas de la guerra en tierra firme, dominadas y patentadas por Europa, se referían fundamentalmente a la producción y mejoramiento de las armas de fuego. España comenzó el período de guerras de independencia con una ventaja fácilmente explicable, que era el dominio de las armas de fuego y de la capacidad para transportarlas. Los insurrectos americanos debieron hacer uso del lobby en otros países de Europa y del contrabando para comenzar a igualar la capacidad de los ejércitos, cosa que ocurrió en muy pocos años.

Pero no toda la guerra se resolvía a tiros o cañonazos; había otros artificios e ingenios en ese tiempo romántico de las conflagraciones, más primitivos y muchos de ellos autóctonos. De esos elementos, mitad originarios, mitad modificaciones y reingenierías, el que más admiración y espanto generaba en los realistas era la lanza, esa especie de pica medieval sometida a la innovación de los seres esclavizados de acá, con materiales de acá, y manipulada con la rabia y las destrezas de acá.

Se trataba de una vara gigante, de tres metros o más, en cuyo extremo vibraba una pieza cortante que en cada carga penetraba en las defensas españolas llevándose un montón de vidas, cortando y mutilando soldados por racimos. Los jinetes llaneros sujetaban aquel artefacto con una mano mientras con la otra guiaban al caballo hacia la barrera de adversarios, que unas veces esperaban con fusiles y otras veces con ballestas.

Así narró un legionario inglés lo que vio en vivo, en las batallas donde los lanceros de Páez causaban sus desmanes:

“…una lanza que tiene de 9 a 11 pies de largo, fina y cimbreante pero extremadamente fuerte, no se parece en nada a la que usa la caballería europea; es más bien como la cuchilla de una enorme navaja en cuya punta hay un acero cortante y bien templado, la sujetan a la muñeca con trenzados de cuero como de ocho pulgadas de largo; podríamos decir que el llanero nace con la lanza”.

Esa simple y mortífera innovación, que ya no era una barra rígida sino un bicho que vibraba mientras destrozaba gente y refractaba el pánico, fue el emblema de la independencia de lo que se llamaba Colombia. Luego, cuando las luchas debieron desarrollarse en selvas y en montañas, su efectividad quedaba reducida casi a cero, ya que ese objeto producido para el campo abierto de las llanuras inmensas de Colombia y Venezuela, perdían sentido y pertinencia.

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Doscientos años después, nuevamente puestos a echar mano de elementos precapitalistas mientras nos adiestramos en las tecnologías que ha impuesto globalmente el enemigo, tropezamos con otras circunstancias, entre ellas la obligación de poner el genio, el ardor y los ímpetus emancipadores, no en la tarea de exterminar ni de infligir sufrimiento, sino en la de luchar por la vida. Sabemos de innovaciones venezolanas recientes en el ámbito de la ingeniería militar; la mayor victoria nuestra será asegurarnos de que esas innovaciones no tengan acción en situaciones bélicas.

Sabemos también que la del enemigo es una tecnología armamentista, que no hay forma de que no sea tecnología para la muerte; hacia esa industria, que crece y se alimenta cada vez que estalla un conflicto internacional, ha derivado el capitalismo como cultura de violencia y destrucción.

Aunque parezca paradójico, estos no son tiempos para participar en batallas sangrientas sino para afinar habilidades y destrezas para evitarlas. Las lanzas de la historia actual tendrán que emplearse para garantizar la paz, incluso cuando algunos factores se esmeren en arrastrarnos por despeñaderos que ya debimos haber superado.

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2 comentarios

Luis Esteves 25 junio 2023 - 07:32

Cómo siempre, GENIAL Y CERTERO, JOSÉ ROBERTO!

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Jose Roberto Duque 26 junio 2023 - 13:08

Salud estimado, gracias!

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