Espirituales

por José Roberto Duque
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José Roberto Duque | Monte y Culebra

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Siempre es un ejercicio riesgoso lanzarse a disertar sobre lo espiritual en un espacio dedicado a la ciencia y la tecnología. Bastante lo hemos conversado por aquí, en este equipo o grupo de amigos. Todos, de alguna manera, tenemos algo que decir sobre la magia y la religión. Pero este es un espacio donde se habla del esfuerzo físico y mental de un gentío que construye cosas físicas y palpables que modifican el mundo palpable y físico.

Pero todos tenemos algo que decir sobre la magia y la religión.

Pero este es un espacio sobre ciencia y tecnología.

Pero tenemos algo que decir sobre la magia y la religión.

Pero este es un espacio sobre ciencia y tecnología.

Y así, hasta que logremos el necesario anclaje a tierra. Estos breves párrafos tienen justamente ese propósito.

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El cerebro y sus procesos son también expresiones de la materia en movimiento. Dentro de esos procesos se mueve la convicción de que la medicina apegada al conocimiento de las plantas y sus propiedades es comprobadamente eficiente. Pero la sociedad industrial decretó que declararse yerbatero o rezandero está a medio paso de declararse brujo. Y la brujería es un territorio en el que nadie quiere chapotear, porque está mal visto, es retrógrado y no es tan cool como curarse un dolor de cabeza a punta de pepas químicas, por ejemplo.


Buena parte de las sentencias o acusaciones por herejía y hechicería en la Edad Media, y luego peor, en el señorío de los señores de la Ilustración, y del humanismo entendido como triunfo del individuo amo y señor, creador de la Revolución Industrial, tenían que ver con el manejo o dominio que el acusado demostraba o declaraba sobre la medicina del cuerpo y del espíritu a base de plantas y manejos energéticos.

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“Anclaje a tierra” se refiere casi siempre al hecho de ajustarse, amoldarse y limitarse a las cosas que pueden percibir cinco de nuestros sentidos. Esos sentidos humanos que, para no apartarse de la onda cartesiana o europea que nos zamparon, nos han dicho que son los únicos que existen, o los únicos que se vale emplear para demostrar cosas. A menos que, claro, tú acudas a los peroles tecnológicos capaces de amplificar el alcance de esos cinco sentidos.

Y todo lo que no pueda ser detectado o medido por esos cinco sentidos pasa automáticamente a llamarse brujería (otra vez), superchería, esoterismo, superstición o asunto sobrenatural.

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Nada de lo existente es ni merece llamarse sobrenatural. Porque todo ocurre en los espacios naturales, si vamos a llamar así a los fenómenos del universo. Lo que no comprendemos, nos desconcierta o no admite explicación con los recursos a la mano, es simplemente eso: una manifestación que nuestros cinco sentidos y el desarrollo tecnológico del momento no llegan a esclarecer o a interpretar.

Una muy recia desazón o falta de humildad suele llevar a ciertos científicos y analistas a proclamar que, si algo no admite respuestas simples o los científicos no han sabido descifrarlas, entonces es mentira. La otra opción es declarar que hay algunas cosas que son obra de entidades suprahumanas, y por ese barranco del no saber se terminan colando o coleando las creencias. Como cualquiera cree lo que quiere, en ese mondongo de no entendimientos y no explicaciones terminan prosperando las religiones y sectas de todo calibre, los cuentos acerca de naves espaciales y extraterrestres que hicieron pirámides, solo porque “nadie se explica” cómo es que los seres humanos pudieron mover piedras tan grandes.

Agrégale a todo eso el ingrediente de las redes sociales y los artilugios capaces de generar imágenes más verosímiles que verídicas, y allí tienes, destruido y desnaturalizado, el derecho a esforzarnos un poco más por entender los planos en que nos movemos.

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En el centro o al fondo de todo este escenario de la fascinación por lo que no sabemos o no podemos explicar comienza a moverse, como animalito también incomprendido, el asunto de la espiritualidad. También en este territorio cada quien discurre o se deja influir como mejor le provoca, así que para unos la espiritualidad consiste en rendirle honores al dios que impusieron aquí los europeos, para otros todo consiste en honrar el sistema de creencias y figuras que eran alabadas e invocadas acá antes del siglo XVI, y para otros pocos la espiritualidad solo es genuina si respeta y se acerca a los procesos naturales del planeta, pero “de otra forma”. Los maxólogos y marxeros tienen prohibido reconocer que creen en alguna deidad porque alguien los convenció de que el materialismo histórico trabaja con unos ingredientes que no cambian nunca, y cuyas propiedades está prohibido atribuirle a nada que no aparezca validado por el método científico europeo.

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Declaración clave: la magia es una forma olvidada de interacción con la naturaleza.

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Lo espiritual es una manifestación más de los asuntos físicos; no está de más recordar o asimilar el hecho de que lo material es un fenómeno energético, que por la energía se mueve y por la energía existe, y ese mismo enunciado cabe también para las cosas espirituales: te llenas de energía cuando reconoces tu espiritualidad.

Los cientificistas y materialistólogos historicólogos de todos los tiempos han tenido que arrugar un poco en los últimos años, porque la sola explicación de lo que significa la física cuántica ya es un atentado contra la actitud arrogante de tanto señorón comemierda que solo confía en cinco sentidos y en un puño de herramientas.

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Resida donde resida el motor espiritual de la gente, no podemos aspirar que todos lo interpreten o manifiesten de la misma manera. Declaro que he transitado por lugares de Venezuela donde el dato espiritual se manifiesta con una potencia superior al de otros territorios. Y de eso hablaremos después, para no meterle más magia o brujería a estos párrafos.

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Periodista, escritor y editor

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