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Como la vida misma | ¡Una moneda llamada vida!

por Teresa Ovalles
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Éder Peña

Hay espacios multilaterales, de esos en los que se recopila y procesa información, que sirven como fuentes de conocimiento para saber por dónde van algunos temas ambientales, uno es el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) que monitorea el estado de conocimiento sobre el fenómeno en cuestión y hace modelos predictivos que ayudan a que los políticos tomen decisiones. Otro es la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) que hace más o menos lo mismo pero con el tema biodiversidad.

Recientemente el IPBES publicó el Informe de Evaluación sobre el Uso Sostenible de Especies Silvestres en el que se afirma que uno de los factores que acrecientan la crisis de la biodiversidad es la priorización de los beneficios a corto plazo y el crecimiento económico en las decisiones políticas y económicas actuales. Llegan a esta conclusión luego de analizar la sobreexplotación de más de 50 mil especies silvestres utilizadas como alimento, energía, medicina, materiales y otros fines a través de la pesca, la recolección, la tala y la captura de animales terrestres en todo el mundo.

La evaluación fue llevada a cabo por 82 científicos y especialistas de todo el mundo y muestra cómo prevalecen los valores de mercado instrumentales relacionados con la producción intensiva de alimentos, que “no reflejan adecuadamente cómo los cambios en la naturaleza afectan la calidad de vida de las personas” y pasan por alto “los múltiples valores no comerciales asociados con las contribuciones que la naturaleza brinda a las personas, como la regulación climática y la identidad cultural”.

Una manera de pensar lineal y cosificadora de la naturaleza (con el ser humano incluido) ha sido la raíz de la actual crisis global que, en el fondo, obedece a una crisis de sentido. Viendo a lo otro, lo que no está dentro del cuadrito mental que nos han inventado para vivir, hemos acostumbrado a relacionarnos con lo vivo y no vivo con la consigna de “usar y botar”, buscando la máxima ganancia y creyendo que esa naturaleza es un automercado con cantidades infinitas de mercancía.

Otra de las informaciones curiosas del informe es: Aunque ha aumentado la cantidad de estudios que miden el valor de la naturaleza, ¡Oh sorpresa!, el 74% de estos lo hacen de manera instrumental monetizándola, solo el 2% de los más de 1 mil estudios analizados consultan con las partes interesadas (pobladores de las áreas) sus conclusiones acerca de la valoración de la naturaleza y únicamente el 1% de los estudios las involucran en cada uno de los pasos del proceso de valoración de la naturaleza.

Es interesante cómo la ciencia convencional se basa más en ignorar a los pobladores y sus nociones de vida, mundo y tierra que en conocer otras maneras de valorar lo que en ella habita.

Todo conlleva de manera directa al poder que se expresa en la superioridad de la lógica del mercado sobre cualquier otra cosmovisión, valor o conocimiento tradicional. Es el crecimiento económico, que en capitalismo es acumulación para una minoría, lo que determina las posibilidades de vida de un millón de especies, incluyendo la nuestra. En otro verbo: La plata de los dueños del mundo sigue mandando hasta en cómo se hace ciencia.

Ya lo habían advertido dos informes históricos de la ONU, uno sobre el cambio climático en 2018 y otro sobre la biodiversidad en 2019, que solo una transformación total de la forma en que producimos, distribuimos y consumimos casi todo nos pondría en el camino de “vivir en armonía con la naturaleza” para mediados de siglo.

Preguntaba Galeano: ¿a qué otro mundo vamos a mudarnos? ¿Estamos todos obligados a creernos el cuento de que Dios ha vendido el planeta a unas cuantas empresas, porque estando de mal humor decidió privatizar el universo?

Sin embargo, hay sacrificios que como cultura no nos atrevemos a hacer, no se trata solo de decisiones personales (aunque es una manera de iniciar) sino de dibujar en colectivo distintas maneras de existir con la tierra.

Dice Leonardo Boff, teólogo brasilero, que “el cuidado es parte de la naturaleza del ser humano”, estableciendo un “lazo de mutualidad duradera” que vuelque todo lo que ha sido impuesto como “bienestar”, “desarrollo”, “progreso” y “derechos” se podrán ver algunas luces para desandar este extravío civilizatorio. El patrón de conocimiento que llamamos ciencia debe innovar en preguntas que pongan en el centro a la naturaleza humana y no humana, que cuestionen el poder del mercado tal cual se ha impuesto y busquen en la clase trabajadora, la gente que mueve el mundo, lo que puede hacer surgir nuevas respuestas, como la vida misma.

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1 comentario

Thais 17 agosto 2022 - 18:31

Mientras el cuidado de nuestro planeta sigan decidiendo las corporaciones. …..el riesgo de perder lo se precipita y es mayor.

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