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Pura Química: los propósitos recónditos

Integrante de un equipazo dentro del Instituto de Estudios Avanzados (IDEA) que mereció el Premio Nacional de Ciencia y Tecnología en 2023, Yelegnis Guevara surfea bien entre las líneas de investigación de la Unidad de Estructura Molecular

por José Roberto Duque
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José Roberto Duque / Fotos Abraxas Iribarren

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La muchacha recorría por enésima vez la carretera Panamericana, esa hermosa vía que conecta a Caracas con Los Teques y con otras zonas de los Altos Mirandinos. Tenía 20 años; nació en 1995. A los 17, apenas se graduó de bachiller, había empezado a estudiar Educación Especial, carrera que no pudo culminar por falta de recursos, y porque ahora la crianza de su chamo de 9 meses le exigía toda la atención, la energía, el tiempo.

El Metrobús dobló de pronto hacia una ruta en la que ella nunca se había fijado. Momento de drama, música de suspenso, propia de ese instante de las películas en el que la vida de los protagonistas cambia para siempre; el conductor informó que estaban llegando a la parada del IUT. ¿El qué? El Instituto Universitario de Tecnología “Federico Rivero Palacio”, ciudadano que a pesar de ese nombre de artista plástico fue un educador y gerente insigne.

La joven no sabía que allí había un instituto universitario, así que al llegar a su casa se puso a investigar, hasta que dio con una información que la hizo retroceder a su quinto año de bachillerato: en ese plantel impartían la carrera de Química. Recordó, específicamente, una conversación que tuvo con su profesora de Biología, quien le dijo que la veía (o la “visualizaba”, como dicen los jipis) vestida con una bata blanca y desarrollando investigaciones en un laboratorio.

Llamó un día lunes para que le informaran asuntos como los requisitos, y le dijeron que hiciera una carta para que la autorizaran a inscribirse, porque las inscripciones habían finalizado el viernes. Ella le dijo al desconocido que la atendió: “Gracias, pero es que yo no puedo empezar todavía, porque mi chamo está chiquito». Pero el hombre del teléfono no se iba a dejar derrotar así tan fácil: “Ajá y ¿qué vas a esperar? ¿Que el chamo empiece a caminar? Haz esa carta y te traes los requisitos mañana, porque la semana que viene empiezas a estudiar”.

“Fue una maravilla, a pesar de los obstáculos. Como estudiante mi caso fue relativamente diferente, mi proceso en la universidad no fue igual a los demás estudiantes, porque, obviamente, tenía un compromiso, tenía una pareja y tenía mi hijo. Mi prioridad era mi hijo. Yo dormía de dos a tres horas diarias, nada más, porque estudiaba de lunes a viernes, de siete de la mañana a cinco de la tarde. Y yo no trabajaba. Vivíamos entre San Diego y San José de los Altos, y para llegar a la casa donde vivía tenía que caminar. Entonces, fueron muchas cosas que creo que fueron el impulso y la fuerza, por mi hijo”.

El rastro del abuelo

Aunque el interés por la ciencia no le vino de familia (su papá, conductor; su mamá, labores del hogar) sí hubo una conexión remota, un rasgo familiar en forma de percance, que la ha puesto a pensar en profundas conexiones: “Tengo mucho por hacer, hay un propósito que está ahí, y tengo que descubrir cuál es mi propósito como científica”: Yelegnis repite esa convicción, que parece impregnada de asunto metafísico, pero que tiene buenas coartadas para justificarla. En 2018, en el hervidero sabroso de la primera mitad de su carrera, tuvo otro momento crítico porque su abuelo enfermó de gravedad y ella tuvo que colaborar personalmente con su cuidado. El caballero sufrió de un tumor en un riñón y de eso falleció.

Cuatro años después la joven ingresó a trabajar en el IDEA, ya como TSU en Química, y una de las líneas de investigación en las que está zambullida, de la mano de dos jefazos de renombre, doctores Éucarys Jiménez y Rodolfo Vargas, tiene que ver de alguna manera con dolencias que se reflejan en los riñones: en la Unidad de Estructura Molecular se analiza la composición de los cálculos renales, entre otros productos anómalos del cuerpo. Cuando el equipo de su laboratorio diseñó y produjo el kit de análisis químico cualitativo para cálculos renales por vía húmeda, con la intención o la misión de masificarlo en los servicios de urología y nefrología, Yelegnis se reafirmó en su creencia: “Mi propósito como científica”. Gracias a la serie de avatares que ella se niega a atribuirle a la casualidad, su participación en ese equipo al lado de tan brillantes personas (Éucarys, Rodolfo y Lenys, con quienes también conversamos y a quienes les publicaremos sus respectivas semblanzas) le mereció el más alto premio de la ciencia venezolana, por ese kit y en general por la dedicación a varias investigaciones en curso.

Pero antes de llegar al IDEA había tenido otra prueba de fuego: el proyecto con el que obtuvo su título como técnico, presentado en plena pandemia; realizó ese trabajo en PDVSA-Intevep. La cosa tiene que ver con el gas tóxico H2S:

“El lodo rojo es un desecho de la extracción de petróleo, nos ocupamos de un caso por los lados de Guayana. Teníamos que caracterizar ese lodo rojo, que es un desecho de la refinación de la bauxita y era una invasión muy grande, porque estaba cubriendo, o cubre actualmente todavía parte de la cuenca del Orinoco, cosa que afecta a muchas poblaciones que cercanas. El H2S es un gas tóxico, un producto de la extracción del petróleo. Y el lodo rojo, pues bueno, nosotros tuvimos que identificar, separar lo que es el sólido del líquido de ese lodo, un sedimento rojizo, para poder definir cuáles son los parámetros de cada uno y saber cuál es la mejor opción para poder capturar ese gas, que no debería irse a la atmósfera. Pudimos hacer una simulación de la extracción del petróleo en los laboratorios de PDVSA. Y en ese momento obtuvimos un 80% de adsorción por el sólido de ese lodo. Fue un proyecto a escala de laboratorio. No sé si lo siguieron desarrollando”.

Qué es de la vida del chamo

El chamo, Ricardo David Ramírez Guevara, creció (por supuesto), tiene 11 años y ya cayó en las redes del Semillero Científico y en la pasión por la ciencia. No hay que esforzarse mucho para deducir que algo tuvo que ver su mamá con ese interés; al muchacho le gusta el beisbol pero también la Biología Marina.

Yelegnis tiene precisado ese momento en que al niño se le destapó en serio la curiosidad por las cosas que pueden verse en un laboratorio: vio por el microscopio el prodigio de un cristal de azúcar desarrollándose desde la semilla, y ese es el tipo de cosas que pueden no borrársele nunca (como los propósitos por descubrir) a un chamo debidamente estimulado.

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Periodista, escritor y editor

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