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Las ciencias sociales en coordenadas de género

por Rubia Vásquez
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Rubia Vásquez Castillo

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La historia de las mujeres en la ciencia es, ante todo, una historia de exclusiones y silencios. Durante años a las mujeres se les negó el acceso a la universidad, se les prohibió ejercer cargos académicos e incluso muchas de sus contribuciones científicas debieron hacerlas bajo seudónimos masculinos, o a nombre de sus esposos para así poder ser publicadas.

En nuestro caso, durante mucho tiempo la antropología y arqueología fueron disciplinas dominadas por hombres acomodados, blancos, europeos o norteamericanos, cuyos intereses de investigación reflejaban las preocupaciones de ese grupo demográfico. Este sesgo no solo afectó quién investigaba, sino también qué se investigaba y cómo se interpretaban las culturas no occidentales y su pasado. Muchos de estos discursos sesgados e incompletos históricamente han encubierto, en los hechos, un orden de género muy concreto.

Durante los siglos XIX y XX, la figura del científico estaba asociada a lo masculino, lo público y lo racional, por ello es usual que, al revisar la historia del desarrollo científico, cuando localizamos mujeres estas desempeñaban roles relacionados con la preservación del conocimiento, resguardo de materiales, registro de procedimientos, y organización de objetos. En la mayoría de los casos su participación estaba condicionada a estas actividades, categorizadas como roles secundarios, invisibles y en última instancia subestimados.

Pero en la actualidad, ¿cómo se da la participación de la mujer en la ciencia? ¿sigue su participación condicionada a ciertas actividades? O, al contrario, ¿hay algunas actividades preferidas o hacia las cuales haya mayor predilección por el género femenino?

Hoy en día, en la mayoría de los casos no existen responsabilidades diferenciadas por género dentro de la ciencia, pero si existen roles donde hay más preponderancia de mujeres que de hombres. Si revisamos un poco la historia de la antropología y arqueología en Venezuela, vemos como las mujeres han participado activamente en el área, liderando proyectos y excavaciones, situación que se ha mantenido en el tiempo desde la institucionalización de la disciplina a partir de la década del 60 del siglo pasado.

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A pesar de ello, la participación de mujeres dentro de las labores de registro, inventario y la organización de archivos y de colecciones, así como la gestión de laboratorios y depósitos es visiblemente mayor que la presencia masculina. Aunque sabemos que sin este tipo de trabajos la ciencia no podría sostenerse, estos roles siguen siendo poco reconocidos o relegados frente a las excavaciones y los grandes descubrimientos. Incluso, la opinión pública solo asocia el quehacer arqueológico con una excavación en medio de la nada.

Entonces, ¿tenemos las mujeres una inclinación natural por los trabajos de organización y sistematización? O como dicen muchas amigas, ¿somos las chicas más organizadas y por eso se nos da mejor estas actividades?

Me inclino a pensar que la respuesta y explicación de que sean las mujeres quienes decidan ejecutar la mayoría de estas responsabilidades, más allá de que “somos más organizadas por naturaleza” radica en el designio occidental que tenemos sobre la responsabilidad del cuidado y la preservación de la vida. Con esto me refiero a que el cuidado de los hijos, de los enfermos, de los mayores y en general del hogar trasmutó a partir de nuestra participación en diversas áreas del saber.

Si bien en un inicio se nos fue signada las áreas de registro, inventario, catalogación y resguardo de la producción del conocimiento, por la poca importancia que se le daban a estas tareas y su parecido con los roles de cuidado que teníamos en el hogar, progresivamente, hemos salido de estos espacios íntimos, poco visibles y feminizados, para encargarnos en persona de las tareas públicas y protagónicas del quehacer científico. Sin embargo, esto no representó un abandono del rol previo, a cambio sirvió para enseñarnos de forma directa, que alguien o alguienes siempre deben garantizar la continuidad de los espacios, proyectos y la vida por medio del cuidado. Responsabilidades que, al no ser asumidas por los varones, seguiría siendo ocupado por mujeres.

Por ello seguimos asumiendo el papel histórico de cuidadoras, en este caso, de la memoria científica, pero ahora no de forma impuesta como al inicio, sino desde una disposición consciente y, diría incluso, con gusto. Por esa razón en los años recientes, las mujeres sienten el deber de hacerse cargo de estos procesos lo que, sumado a las tareas públicas de la ciencia como la gestión de proyectos, recursos y personal, así como la representación institucional, aunado a las tareas propias del hogar, se genera una triple carga de trabajo.

Existen estudios que documentan que las mujeres investigadoras en ciencias sociales dedican alrededor del 20,8% de su día a la administración y cuidado del hogar y trabajo no remunerado, frente al 12,5% en el caso de los hombres (Alcázar y Balarín, 2018 p. 82). Esta carga desproporcionada afecta directamente sus trayectorias profesionales, por lo cual observamos la presencia de muchas mujeres en cargos iniciales que progresivamente abandonan la carrera académica a medida que avanzan en la jerarquía institucional, debido a los otros roles que cumplen.

Las ciencias sociales, la antropología y la arqueología tienen un desafío adicional, sus reflexiones no pueden ser solamente sobre las sociedades que estudian, deben verse insertas en ellas, desde donde les transversalizan contextos históricos, políticos, económicos, de género que no son exteriores a la práctica investigadora, terminan constituyéndola desde su interior.

Esto significa que las ciencias no deben ser una isla en cuanto a lo que ocurre en el país. En la región, en las universidades, en los museos y en las políticas de financiamiento afecta directamente qué se investiga, cómo se investiga y quiénes pueden investigar. Ignorar esta inserción es, en el mejor de los casos, una ingenuidad; en el peor, un acto de complicidad con las estructuras de poder que reproducen desigualdades. Por eso, la autorreflexividad es el núcleo mismo de una ciencia social responsable, no puede ser algo opcional. No podemos limitarnos a describir y explicar el mundo, al contrario, hay que aspirar a transformarlo desde la conciencia de nuestras propias contradicciones.

En este sentido, la presencia de mujer en la ciencia, entonces, más que una estadística, debe comprenderse a partir de su contexto de desarrollo, de inserción en el ámbito, pero sobre todo desde la posibilidad de garantizar su perdurabilidad en las diversas disciplinas. Es necesario la base educativa, donde niñas y niños se acerquen a la ciencia en igualdad de condiciones; pero también implica interrogar las estructuras institucionales, los criterios de evaluación, los sistemas de financiamiento y las narrativas de prestigio que, hasta hoy, han favorecido sistemáticamente a unos sobre otras y otres.

Está en juego la equidad en el presente, pero además la capacidad de construir un conocimiento más completo, más justo y menos atrapado en las coordenadas de género que hoy por hoy han conformado el hacer científico.

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Bibliografía

Alcázar, L y Balarín, M. (2018) Desigualdad en la academia: mujeres en la ciencia sociales peruanas. Grupo Sofia.

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Antropóloga

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