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El geógrafo del 23

Un terremoto (Cariaco, 1997) dislocó el rumbo de su vocación. Esta entrevista y semblanza fue realizada meses antes de otro terremoto, que dislocó a todo el país

por maroas reyes
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Nerliny Carucí y José Tomedes – Fotos Kelly Gil (FIIIDT)

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Daniel Alexander Moreno Cazorla ya había transitado los 23 años cuando ocurrió el terremoto de Cariaco; el 9 de julio de 1997 este geógrafo del 23 de Enero estaba en las aulas del Pedagógico de Caracas.

Ese cataclismo derrumbó dos planteles —escuela Valentín Valiente y liceo Raimundo Martínez Centeno— y dejó más de 70 víctimas fatales, la mayoría de ellas estudiantes y docentes de esos dos planteles educativos.

Casi 30 años después Daniel recuerda perfectamente —palabra por palabra y con los ojos más rasgados que de costumbre— los nombres de ambas instituciones escolares, tapiadas tras el movimiento telúrico registrado. El rostro del investigador, inundado de temblores, vuela por las sombras de su memoria emocional, y en sus ojos y en su entrecejo aletea el dolor de un quiebre que definió el rumbo de sus 30 años de trayectoria científica. Daniel Moreno aprendió geografía durmiendo sobre la tierra.

Jura que el terremoto de Cariaco fue el «responsable» de que él dejara de meter el ojo en el cielo para seguirle el pulso a la tierra. Ese aciago día entendió que lo más importante, para cualquier investigador, es siempre tener «los pies en la tierra e implicarse con la comunidad: uno no puede ser indolente ante el sufrimiento del otro».

«Ese día solté el tema de la bóveda celeste —que le había propuesto a mi mentora, Flor Ferrer de Singer, para mi trabajo especial de grado— y me involucré 100 % en la cultura sísmica. De ahí empezó mi cercanía con las geociencias», expone.

Daniel estaba terminando de cursar, en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL) Caracas (mejor conocida como el Pedagógico de Caracas) un programa de formación para ser docente de Geografía. En ese momento, la profesora Flor Ferrer de Singer estaba desarrollando un proyecto para crear un aula sísmica, un lugar pedagógico, educativo, que estuviese dentro de una institución científica —la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas (Funvisis)— y que todo el conocimiento que se generara en esa institución científica, o sea, lo que se investigaba en sismología, en geofísica, en ciencias de la tierra, en la ingeniería sismorresistente, permitiera que esa información, un poco densa de entender, se convirtiera en algo que fuese de fácil acceso educativo para la prevención comunitaria. Sin embargo, él seguía con la mirada en el cielo.

Liceo Raimundo Martínez Centeno. Cariaco, 1997

En 1998 se convirtió oficialmente en trabajador de Funvisis. Durante veinte años laboró en este instituto; allí se apercibió de que la tierra también habla. Más adelante, en la Universidad Central de Venezuela (UCV), hizo posgrado en la Gerencia de Redes de Unidades de Información, con énfasis en las geociencias, un área que implica una comprensión profunda del territorio.

En 2004 fue parte de uno de los proyectos de los que se siente más orgulloso, cuando la doctora Nuris Orihuela —a quien considera una de sus maestras— le encomendó una tarea que no dudó en asumir: recuperar el área sismológica del primer centro de investigaciones sismológicas del país, ubicado en el Observatorio Cagigal, en la parroquia 23 de Enero. Nuevamente su territorio lo convocaba.

El proyecto fue financiado por el Fondo Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (Fonacit), por un monto de 1.2 millones de dólares. «Logramos construir una exposición sismológica de casi 500 metros, donde modernizamos todo un edificio, recuperamos todo el equipamiento científico traído de Alemania a través del sismólogo Günther Fiedler. Instalamos, además, una red sismológica satelital que se conectaba con el satélite Simón Bolívar».

Con una enorme satisfacción incrustada en su sonrisa, señala que, «por allí pasaron no menos de 400 000 niños de Caracas. Niños y niñas que se montaron en un simulador educativo y sintieron cómo se mueve el piso durante un terremoto».

No bien hubo terminado esta grata experiencia, se desempeñó tres años como director de Ciencia y Desarrollo en la Agencia Bolivariana para Actividades Espaciales (ABAE), donde observó, a través de los satélites, una Venezuela con extensas formas de vida. Posteriormente, estuvo dos años en el Ministerio del Poder Popular para el Desarrollo Minero Ecológico (así se llama: aunque sea un oxímoron). Y desde el año 2024 dirige en el Centro de Geomática del Instituto de Ingeniería para Investigación y Desarrollo Tecnológico, un espacio donde sus conocimientos prácticos, su sensibilidad territorial y su vocación pedagógica concurren.

Un científico de la vida real

Este venezolano nació en Caracas —específicamente en el 23 de Enero, en el sector La Cañada, muy cerca de la estación Agua Salud—, en el año 1972. Su padre fue trabajador en la antigua Dirección de Identificación y Extranjería (DIEX) —lo que hoy es el Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería (Saime)—, y su madre era secretaria en un banco que quedaba en la avenida Universidad de la capital.

De su juventud, Daniel Alexander verbaliza algunos episodios que marcaron su andar. Resulta fascinante ver cómo su voz camina por los surcos de su cartografía facial: «A mí me tocó vivir momentos estelares de la historia de este país». Tenía apenas dieciséis años cuando ocurrió el Caracazo en 1989, aquel estallido social que llevó al pueblo a alzarse contra las políticas neoliberales de una casta política criolla. En ese entonces, Moreno estaba saliendo del bachillerato.

Vivir en una de las parroquias más combativas de Caracas, como el 23 de Enero, en lo absoluto dejó indiferente a Moreno. «Era la zona de Caracas más comprometida ante las injusticias sociales. Y sí presencié y participé en muchas cosas de las que ocurrieron socialmente en el año 89. ¡Esto muy poca gente lo sabe de mí!». Lo último lo dice casi en un susurro que germina sobre la comisura de una sonrisa.

Daniel cursó primaria en la Escuela Luis Enrique Mármol, donde obtuvo sus primeros conocimientos pedagógicos. Luego estudió bachillerato en el emblemático Liceo Andrés Bello, ubicado en la avenida México, que empata con la Universidad.

«Había mucha pobreza, mucho contraste dentro de la misma ciudad: el margen “feliz y rico”, y el margen “pobre e infeliz”. La palabra “marginales” —que era la manera despreciativa que utilizaban las élites sociales y económicas contra los sectores más populares— me marcó mucho».

En 1992, cuando empezaba sus estudios en el Pedagógico de Caracas, le tocó vivir dos rebeliones militares: la del 4 de febrero y la del 27 de noviembre. Otra vez el 23 de Enero se movilizaba; era un territorio que no se iba a quedar impávido en la historia. «Imposible estar ajeno a eso» —expresa este científico curtido en comunidad— «como imposible es —la disfluencia de su voz se hace más notable por la emoción— estar ajeno a lo que vivimos hoy con el asedio imperialista».

En 2002, ya adulto, Daniel Moreno seguía viviendo en el mismo barrio que lo vio crecer. Para entonces sucede el golpe de Estado contra el comandante Hugo Chávez: «Por tercera vez, yo presenciaba una oleada de levantamiento popular, y lo viví apoyando el lado de la historia que siempre fue oprimido y reprimido». Dicho y hecho: este geógrafo y muchos de sus camaradas caminaron hasta Miraflores y solo regresaron a casa cuando el Comandante, ya a salvo, pidió a la gente retirarse.

Tras cristalizar su militancia en palabras, un hondo suspiro atraviesa la garganta de Moreno: «Uno es la acumulación de todo lo que vivió en el lugar que le ha tocado vivir: en mi caso, las risas, los llantos, las movilizaciones, los contrastes, la solidaridad, la camaradería, la conciencia política que surge desde el común… Ningún científico es extraterrestre, ni es neutral, ni es objetivo: ¡nada de esas cosas!». A su juicio, la práctica científica ocurre no solo en los laboratorios, sino también en la comunidad, en el barrio: «Si algo he aprendido, en tres décadas, es que el territorio se conoce caminándolo, sintiéndolo».

El idioma de las vías

Tal vez esa ha sido un «poquito bastante» la razón que ha traído al geógrafo del 23 de Enero a las filas del Instituto de Ingeniería. Desde septiembre del año 2025 el equipo del Centro de Geomática lleva sobre sus hombros la tarea de actualizar toda la información vial del país. Son dos mujeres y cuatro hombres: Elio Suárez, José Arismendi, Giovanni Daza, Marisela Navarro, Jerling Fernández y Daniel Moreno. Seis personas que, desde sus escritorios, computadoras y encuentros de campo, ponen el alma para cumplir con esta responsabilidad.

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La versión completa de esta semblanza, cuyo título original es «El geógrafo que dejó de meter el ojo en el cielo para seguirle el pulso a la tierra», se puede leer y descargar en el enlace del libro: Reingeniería del periodismo

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