José Roberto Duque | Monte y culebra
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Sucede que una de las misiones clave de ese ente llamado Fundación Instituto de Ingeniería es tratar de desentrañarle los trucos, mañas y secretos a los artefactos, sobre todo a los importados, y después de atento y creativo desguazamiento de piezas, tuercas, resortes y tornillos, comprender e imitar los mecanismos, dispositivos y regorgallas para fabricar soluciones propias en vez de declararnos eternamente dependientes de las importaciones. A eso, ustedes lo saben, se le llama ingeniería inversa. A principios de este año 2026 estuve compartiendo con un grupo de esos y esas compas trabajadores, a modo de práctica o taller del género crónica, a ver si se animaban a escribir sus experiencias dentro del género testimonial, alguna entrevista, artículo de opinión, semblanzas propias o de otros.
Y mira que se animaron. Aquella gente, que me escuchó o me soportó con enorme paciencia y humildad mientras yo les hablaba de unos cuantos trucos conocidos o semiocultos del arte de escribir historias, al final me sorprendió con unos textos formidables; ninguno era neófito o incapaz de escribir bueno y sabroso, solo que reservaron el talento para cuando les tocara mostrarlo. Al cabo de unas semanas esos textos recibieron su buena dosis de edición, carpintería, mecánica cuántica, celeste y popular; pasaron por el ojo y el filtro implacable de un par de editores (Duque y Carucí) y a principios de junio ya tenían armado un libro. Lo presentaron o bautizaron la semana pasada; se titula “Reingeniería del periodismo. Relatos e historias del Instituto de Ingeniería de Venezuela” (léelo o descárgalo aquí).
A la presentación se acercaron todos los autores y autoras, menos una de ellas, a quien sus panas de la FIIIDT les tocó homenajear en ausencia; Andreína Torrealba Celis no vio su texto publicado porque fue una de las víctimas del terremoto del 26 de junio. Pero el texto está ahí, elegante y potente como la joven que lo escribió, al lado del de sus compañeros. Acá en La Inventadera publicamos una versión abreviada de su texto, una semblanza del ingeniero Luis Rodríguez.
También estuvo Gabriela Jiménez, cómplice y de alguna manera también coautora de este tipo de travesuras: publicar un libro impreso cuando se supone que sonó la hora del libro digital es un acto de rebeldía al que se atreven unos pocos espíritus en expansión.

Sobre el contenido del libro y sobre la calidad de sus textos dije un par de cosas en el prólogo, que me propusieron escribir y es un homenajazo que agradeceré siempre. Pueden leerlo por allá arriba en el enlace. Ahora solo quiero comentar uno de los aprendizajes primordiales que obtuve de ese grupo de talleristas, entre los que había estudiantes, ingenieros, oceanógrafos, periodistas, practicantes de diversos oficios: cada taller, cada curso o práctica grupal de ejercicio de la crónica, debe incluir o comenzar con un acto de ingeniería inversa: lee a Villoro, a Leila Guerriero, a Earle Herrera, a Monsiváis, a María Angulo Egea; desguázalos en sus mínimos resortes, imanes, alambres y piedritas mágicas, y trata de descubrir desde ese reguero de piezas de dónde viene el veneno, de dónde el asombro, la desazón, la angustia, la fiesta, la melancolía y la parazón de machete.
Justo en la última sesión que tuvimos (que fue virtual, como las otras: malhayas sean mi índole desordenada y mi lejanía) les hablaba del momento terrible o interesante en el que ellos habían decidido aventurarse a hacer un ejercicio que, duélale a quien le duela, es periodístico: el momento del intento ridículo (que tal vez tenga éxito) de prohibirle a la gente que haga periodismo si antes no ha estudiado en una escuela de periodismo o comunicación social. Ojalá los vientos que soplan no nos hagan retroceder a ese estadio balurdo de la historia de nuestras libertades.
Eventualmente iremos publicando en este portal versiones resumidas de los textos que integran ese libro. Ahí encontrarán sorpresas, historias semiocultas en varios rincones del país. Pendientes.