Inicio Gente palante El soñador de lo posible

El soñador de lo posible

La autora de esta semblanza nos manifestó su deseo de que este y otros de sus textos fueran publicados acá, en esta revista digital. Le abrimos las puertas con gusto, y así se lo comunicamos, porque su prosa destilaba talento y energía de la buena. El reciente cataclismo de La Guaira y Caracas truncó su vida, pero no nuestro compromiso de difundir su trabajo, ni nuestro deseo de rendirle este pequeño homenaje. Esta es una versión resumida; la íntegra saldrá en un libro de crónicas y testimonios escritos por trabajadores del Instituto de Ingeniería, donde Andreína trabajaba

por Andreína Torrealba Celis
128 vistos

Andreína Estefanía Torrealba Celis / Fotos Kelly Gil

_______________

La historia de Luis es la de la Venezuela móvil, la del país que se transformaba al ritmo del subsuelo. Nació en el estado Zulia por esos azares de la migración petrolera de los años cincuenta; sus padres, guaros de pura cepa, habían dejado los campos de Lara buscando el porvenir que prometían las transnacionales. Por eso se llama a sí mismo «zuliano circunstancial».

El aroma a madera de cedro tiene una memoria implacable. A Luis Rodríguez ese olor no solo lo devuelve a las tardes de infancia, cuando perseguía las virutas que dejaba su abuelo carpintero; también lo conecta con el instante preciso en que, en los pasillos de la Universidad Bolivariana de Venezuela, decidió que la ciencia y el arte comparten la misma obsesión por la armonía.

Luis se define a sí mismo, con la soltura de quien ha vivido lo suficiente para no tener que demostrar nada, como un «soñador de lo posible». Ni un iluso utópico, ni un pragmático gris.

Un acuario indomable que lleva más de cuarenta años empeñado en demostrar que Venezuela tiene todos los ingredientes necesarios para hacer una ensalada rica, pero que históricamente no hemos sabido cómo prepararla, organizarla ni dosificarla.

La trayectoria técnico-administrativa del Instituto de Ingeniería no puede desvincularse de la coyuntura sociopolítica de la Venezuela de los años 80. En ese período, la migración interna —motivada por el auge de la industria petrolera y el polo de desarrollo industrial— consolidó una masa crítica de profesionales que buscaban una autarquía tecnológica frente a la dependencia de las transnacionales. En medio de ese torbellino histórico se sitúa la propia raíz de Luis, este zuliano circunstancial.

Sus padres eran originarios del estado Lara, de una zona campestre. En los años 50, atraído por el boom petrolero, su padre se trasladó al estado Zulia, donde formó su hogar y nacieron sus tres hijos. Sin embargo, la fatalidad truncó la infancia del futuro ingeniero: su padre murió muy joven en un accidente de tránsito. «Cuando yo tenía seis años mi mamá se tuvo que regresar a Barquisimeto con sus tres muchachos». Allí, en el entorno larense, creció y se formó.

“Desde niño me llamó mucho la atención lo manual, lo técnico, el poder trabajar con las manos y deducir cosas». Esa curiosidad innata lo empujó a las ciencias, las Escuelas Técnicas Industriales de la época eran su norte, los caminos de la vida lo condujeron al Instituto Politécnico de Barquisimeto, donde se graduó como Ingeniero Electricista. Poco después complementaría esa rigurosidad técnica con un postgrado en Sistemas de Generación, Transmisión y Distribución de Energía Eléctrica en la Universidad Simón Bolívar. Con una maleta llena de ilusiones y un título bajo el brazo, el joven guaro pisó Caracas en 1982.

El joven ingeniero acudió a una entrevista en una institución que apenas gateaba, superando un riguroso proceso donde le pidieron exponer el tema que más dominara. Llegó a las entrevistas con la timidez del recién graduado y la pasión de quien quiere comerse el mundo. Fue seleccionado y allí comenzó lo que él define como una verdadera «aventura de ingeniería».

Los pioneros: construyendo el cerebro tecnológico del país

La creación de la Fundación Instituto de Ingeniería en 1980 marcó un hito en el acervo técnico nacional, al establecer una estructura jurídica y operativa orientada a la resolución de problemas industriales y la sustitución de importaciones. Aunque legalmente había nacido dos años antes, para el 1 de septiembre de 1982 el instituto apenas iniciaba sus funciones operativas en las mismas instalaciones que ocupaba su alma mater.

«El instituto estaba comenzando, escasamente llegaríamos a las 70 y pico de personas. En su mayoría venían del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC). Un gran porcentaje de ellos, alrededor de un 30% o quizás más, tenían grados de doctor y posdoctorados». El IVIC había creado previamente el Centro de Ingeniería, un núcleo dedicado a labores de desarrollo e investigación en el área tecnológica fundamental.

El testimonio del Ing. Luis Rodríguez ilustra un tránsito fundamental: el paso del modelo de investigación básica hacia una cultura de investigación aplicada y desarrollo tecnológico industrial. Luis se integró a ese contingente original, consolidándose con orgullo como parte de ese grupo pionero y fundador de 80 personas que compartían grandes ilusiones.

Eran tiempos de debate global y nacional. En los pasillos y laboratorios se hablaba con vehemencia del impulso del desarrollo del país, de las experiencias de naciones emergentes como Taiwán, Singapur y Corea del Sur, que habían pasado de ser sociedades rurales productoras de arroz a potencias tecnológicas globales.

De los pozos profundos a los talleres del Metro de Caracas

Originalmente, el Instituto de Ingeniería estructuró su estrategia de apoyo industrial a través de cuatro pilares: el Centro de Ingeniería Mecánica, el Centro de Ingeniería Eléctrica y Sistemas, el Centro de Procesamiento Digital de Imágenes y el Centro de Tecnología de Materiales. Esta versatilidad les permitía abordar desde el sector agrícola hasta los complejos pesados de Guayana o el corazón de la industria petrolera.

Luis inició su andadura en el Centro de Ingeniería Eléctrica. Sin embargo, la dinámica de proyectos demandó su transferencia temporal al Centro de Ingeniería Mecánica, liderado entonces por el Dr. Marcos Rodríguez.

El motivo era de alta envergadura: participar en el desarrollo de la instrumentación de pozos profundos de petróleo, un proyecto crítico para PDVSA donde Luis asumió responsabilidades sobre los sistemas de sensores y componentes eléctricos.

Estando en esa intersección multidisciplinaria, surgió un desafío histórico vinculado al Metro de Caracas, fundado recientemente y en periodo de pruebas para su primera línea en 1982. El sistema subterráneo requería de una plataforma de verificación global —conocida en el argot técnico como pruebas de overhaul— para certificar periódicamente el funcionamiento de los vagones, sistemas de frenos y la apertura y cierre de puertas. Para ello, se abrió una licitación internacional destinada a fabricar 14 bancos de pruebas que operarían en el patio de reparaciones mayores de La Yaguara. Originalmente, estos equipos formaban parte de un paquete cerrado que Venezuela debía adquirir obligatoriamente en Francia.

No obstante, el Estado decidió apostar por la capacidad nacional y adjudicó inicialmente la construcción de un banco al Instituto de Ingeniería.

El resultado superó cualquier expectativa: el instituto terminó diseñando y construyendo la totalidad de los 14 bancos de pruebas. «Todavía están operativos en La Yaguara. Los franceses se quedaron sorprendidos», relata Luis con una sonrisa de orgullo que no le cabe en el rostro.

El guardián de la exactitud: Luis y la Metrología

A lo largo de 43 años de servicio, la gran responsabilidad que marcó un antes y un después en la trayectoria de Luis fue el encargo de fundar y estructurar la Unidad de Ensayos y Metrología en 1996. Con una pedagogía envidiable, el ingeniero explica que la metrología es la ciencia de las mediciones, pero que en el fondo es algo más profundo: es el arbitraje de la calidad. Y detalla una distinción que para él es vital: «Una cosa es el ajuste, que es reparar o corregir el error; otra cosa es la calibración, que es comparar el equipo con un patrón de menor incertidumbre para verificar la verdad».

Luis no solo montó los laboratorios; reclutó y entrenó personal desde cero, logrando que el Instituto se convirtiera en el laboratorio de referencia nacional. Su liderazgo fue tal que el Ministerio de Industria y Comercio lo sumó como representante del sector público en la comisión de alto nivel, unificando la metrología, la normalización y las certificaciones.

A pesar de los éxitos, la mirada de Luis sobre el desarrollo del país es autocrítica y aguda. Durante su madurez profesional, decidió estudiar un postgrado en el Centro de Estudios del Desarrollo (Cendes) para responder una pregunta que le carcomía el alma: ¿Por qué Venezuela, con la clase media profesional más emergente del continente y recursos infinitos, no terminó de dar el salto a potencia industrial?

Pese al brillo de estos hitos, la mirada madura de Luis sobre el devenir industrial venezolano destila una profunda y constructiva angustia. Impulsado por entender las contradicciones de una nación que llegó a consolidar la clase media profesional más emergente del continente y que, sin embargo, no logró consolidarse como potencia técnica. Su diagnóstico es severo y califica al modelo industrial clásico como un «gigante con pies de barro». Esta fragilidad estructural obedeció a una desconexión crítica entre la manufactura final y el desarrollo de las cadenas de valor «aguas abajo». Durante la llamada Cuarta República, se erigió una industria protegida desde el punto de vista arancelario, pero desprovista de soporte tecnológico interno. «Esa industria, tanto pública como privada, no sintió la necesidad de competir en mercados internacionales… Cuando llegaron los tiempos del Viernes Negro y tuvimos que competir, el modelo se cayó. Si fabricabas vehículos, apenas producías el 15% o 20% del total; no se desarrolló la tornillería, las correas ni los plásticos aguas abajo. Dependíamos absolutamente del exterior».

Para Luis, la lección de los países emergentes que transitaron del arroz a la alta tecnología deja una enseñanza geopolítica crucial. Naciones como Singapur o Taiwán no priorizaron la investigación básica o de frontera en sus etapas iniciales. En su lugar, erigieron centros tecnológicos capaces de aprehender —decodificar, asimilar y nacionalizar el conocimiento técnico extranjero— aplicándolo a la producción local antes de aventurarse en las ciencias fundamentales.

La física hecha música

Cuando los años de jubilación empezaron a asomarse, Luis se hizo la pregunta que asalta a todos los hombres que han entregado su vida al trabajo: ¿Qué voy a hacer ahora? La respuesta llegó de la forma más hermosa y fortuita posible. Dando un diplomado de geomática en la Universidad Bolivariana, en medio de un descanso, un aroma penetrante e inconfundible lo guio por los pasillos. Era cedro.

Siguió el rastro del olor por los pasillos hasta toparse con un taller de lutería. Allí entabló amistad inmediata con el maestro artesano y se incorporó formalmente a las clases durante dos años en la época prepandemia.

En su taller propio, acondicionado dentro de su apartamento en San Antonio de los Altos, Luis compagina su faceta de investigador con la de fabricante de instrumentos.

«Un artesano copia una plantilla, pero el lutier va un paso más allá: tiene conocimiento de causa de los fenómenos acústicos que ocurren en la tapa armónica. Sabe por qué suena como suena y cómo regular la resonancia». En ese taller casero ya ha construido su primer cuatro, una mandolina y una guitarra, aunque hoy por la dificultad para conseguir maderas nobles se dedica con pasión a la restauración. Es el retorno al niño de siete años que ya tocaba el cuatro en Lara y daba serenatas.

A sus más de 40 años de servicio activo, Luis Rodríguez sigue yendo al Instituto, redactando artículos, dictando conferencias y preparando ponencias sobre el contexto sociopolítico de la metrología. Ha representado al Ministerio de Ciencia y Tecnología ante el Consejo Nacional de la Calidad y colabora activamente en comisiones junto al Ministerio de Energía Eléctrica. Cuando mira a los jóvenes investigadores que hoy caminan por el laboratorio que él fundó, les deja un mensaje que es casi un manifiesto de vida:

“La técnica es estéril sin conciencia sociopolítica. El científico debe conocer la realidad de su país para saber dónde apretar las tuercas del desarrollo”.

Autor

Compartir:

Abogada, comunicadora (1996-2026)

Deja un Comentario