Ivel Urbina Medina | Antropo-Lógicas
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En Quíbor, estado Lara, basta con excavar cualquier hueco para sembrar, hacer una letrina o construir una casa, y aparece alguna pieza arqueológica o un hueso. A veces un cráneo, a veces una vasija, a veces un collar de 23 mil cuentas que enterraron sobre el torso de una persona que falleció hace mil quinientos años.
Este lugar del occidente venezolano es, literalmente, un cementerio del tamaño del pueblo (a veces me he preguntado si será una de las razones por las que el suelo de la depresión de Quíbor es tan bueno para cultivar). Concentra tantos yacimientos arqueológicos que sus habitantes no son simples espectadores ante la arqueología, han sido partícipes en la construcción de la historia de esta disciplina en la región. Son quienes encuentran, significan, custodian, resguardan y reutilizan los fragmentos de su propio pasado.
También han sido habitantes quienes las han vendido y saqueado. El punto es que estas comunidades tienen una relación histórica con sus herencias precoloniales. Más concretamente, en la depresión de Quíbor las relaciones humanas y ecológicas no han desaparecido desde hace por lo menos 4000 años.
En mi experiencia profesional allá noté con interés los significados y prácticas de las personas en torno a las osamentas humanas. En este continente la disciplinas que estudian e interpretan estas fuentes son la antropología física o biológica, específicamente la bioarqueología. Su objetivo es el estudio huesos humanos antiguos para entender nuestras adaptaciones y variabilidad biológica en distintos contextos sociales y culturales en el pasado. Más recientemente, nos hacemos preguntas tipo cómo vivían, qué comían, qué les dolía, a donde se movían, cómo eran sus actividades físicas, cómo morían, y sus significados espirituales.

Entendemos que los huesos humanos son la última huella material de los cuerpos de las personas que habitaron los territorios en períodos precoloniales. Por eso preferimos llamarles cuerpos esqueletizados y no restos óseos, aunque técnicamente sea así. Esta resignificación no es casual, responde a las demandas, cuestionamientos y reflexiones de muchas comunidades al reclamar las osamentas de sus ancestros enterrados en el mismo suelo en donde viven hoy. Para ellas y ellos, no son objetos.
De hecho, los más de 60 años de historia del Museo Antropológico de Quíbor (MAQ) es una expresión concreta de esto. En 1965 se descubrió el cementerio Boulevard, en pleno centro de la ciudad, con más de 400 enterramientos y miles de objetos de cerámica, concha marina y piedra que hoy están resguardadas en los depósitos del MAQ. El impacto fue tan grande que movilizó voluntades de todo tipo y terminó fundando uno de los espacios arqueológicos más importantes del país. Desde entonces la arqueología no es solo algo para “científicos”, es parte de la vida cotidiana de esta localidad (miren la bandera del municipio Jiménez).
Es interesante escuchar qué dicen de los huesos. Lo viví cuando hacía visita guiadas a los laboratorios del MAQ o cuando estábamos en las excavaciones. Me gusta el potencial pedagógico de la arqueología, pero en particular de los cuerpos esqueletizados. Recuerdo a una madre explicándoles a sus hijos –mientras señalaba unos cráneos en una excavación de rescate en la Plaza Florencio Jiménez en plena pandemia–: “Esos son tus tátara abuelos”. Sin clases de dos horas ni diapositivas coloridas, esa mujer conectó a sus crías con sus antepasados y los volvió parte de una historia familiar. ¿Que las comunidades las denominen como ancestras y ancestros? ¿Cuál es el problema? Los tecnicismos científicos no tienen que ir por encima del respeto a los conocimientos locales, aunque les duela en su meritocracia.
Soy idealista, pero no exagero, también he visto las contradicciones. En una visita escolar en conmemoración del 12 de octubre, un niño me preguntó: “¿Los indígenas todavía existen?”, con cara de genuino desconocimiento. La pregunta revela un problema estructural, lo indígena se ha enseñado como si perteneciera sólo al pasado, encerrado entre vitrinas, curiosidades y libros escolares. Para mí, una labor de la arqueología y la bioarqueología es mostrar las continuidades y transformaciones de los pueblos dese el pasado hasta el presente. No se trata de dejar de estudiar la variabilidad biológica, sino de rechazar las tipologías racializantes y dejar de hacer espectáculo con los cuerpos.

Les va una más fuerte. En Quíbor circuló durante años la hipótesis de que la gente enterrada en el Cementerio Boulevard eran “pigmeos”. La idea fue ampliamente refutada (eran personas con las estaturas propias de poblaciones amerindias), pero todavía hoy resuena en el imaginario local, incluso como adjetivo peyorativo para referirse a comunidades más alejadas del centro de Quíbor. Cuando el arqueólogo enunció esta idea no tenía la intención de generar un mito, pero convertir a las poblaciones originarias en “monstruos” o en rarezas biológicas es una vieja costumbre colonial de la Academia antropológica. La exotización de lo indígena, eso de mirar los cuerpos ajenos como curiosidades exóticas o patologías, como si hubiera una distancia radical entre nosotres.
Esa separación puede transformarse en un desprecio peligroso. Un señor de la comunidad afirmó una vez: “Por eso es que no somos tan desarrollados, porque venimos de ahí”. La frase condensa siglos de colonialismo, tener ascendencia indígena equivaldría a ser atrasado y desarrollarse consistiría en alejarse de ella. Aquí el problema no está en los huesos, sino en la mirada que nos han inculcado para entender nuestra historia.
Somos descendientes de esas personas, ciertamente, hay quienes son más cercanos que otros, pero tenemos esos genes. Científicamente comprobado, si lo prefieren así. Esa herencia no solo es genética, también es ecológica y cultural. Hay quienes hoy siembran en Quíbor y que probablemente tienen en los hombros y las piernas las mismas marcas óseas de actividad física que yo analicé en los huesos de sus antepasados, porque son territorios que no han dejado de estar habitados. Que estas personas se autoreferenciaban y se entendieran a través de mi trabajo académico no sólo me ayuda en términos interpretativos, además lo sentí como un logro.
La calle muchas veces nos enseña más que las aulas. Las excavaciones en Quíbor se volvieron espacios donde el pueblo reflexionaba sobre sus vidas y el pasado. Era normal que la gente pasara a ver el pozo y nos preguntaran cosas y nos contaran historias. Huesos que aparecieron en un patio, puntas de flecha o piedras de forma extraña que sacaron sembrando, y cuentas de collar que se utilizaban para curar el mal de ojo. Cada testimonio era una pista para reconstruir las geografías sociales del pasado, y referencias valiosas para saber dónde había sitios de interés arqueológico. Historias que jamás encontraremos en una biblioteca.
Insisto, reconocemos las contradicciones, no se trata de romantizar cualquier práctica ni declarar verídicas todas las interpretaciones. Si alguien reentierra huesos sin documentarlos o los extrae para llevarlos al museo, se pierde información irrecuperable. Pero reducir ese gesto a “ignorancia” sería una torpeza, puede expresar respeto hacia los muertos o al patrimonio cultural. Nuestra responsabilidad es dialogar para proteger los hallazgos sin despreciar las formas comunitarias de hacer.

Todo esto demuestra que los museos y las academias no son neutrales. Allí se aprende a reconocer o a negar una ascendencia y se decide quién puede reclamar vínculos con el pasado. Cuando custodiamos cuerpos humanos, las palabras importan: “restos”, “material osteológico”, “colección” tienen un efecto objetivante. Las investigadoras llegamos, excavamos, analizamos y algún día nos vamos. Los pueblos permanecen en los territorios, conviven con los hallazgos y heredan las consecuencias de nuestras interpretaciones.
Preservar sin investigar produce depósitos silenciosos; investigar sin divulgar encierra el conocimiento en circuitos académicos donde cinco personas se citan entre sí; divulgar sin reflexión vuelve espectáculo el patrimonio. Por eso entiendo la conservación y mi chamba no como prácticas de apropiación, sino como cuidado, porque cuidar las huellas de nuestro pasado es fundamental para comprender nuestro presente.
La invitación, entonces, es reinventar la práctica desde el diálogo intercultural. No renunciar a la ciencia, sino hacerla más consciente de sus efectos, más respetuosa con los cuerpos y más comprometida con los territorios. Los muertos llevan siglos resguardados en esas tierras, lo mínimo que podemos hacer es aprender a escuchar lo que la gente que vive sobre ellos tiene para decir.