Inicio Carbono 14 En El Tocuyo hay techos y paredes que habitan el olvido (I)

En El Tocuyo hay techos y paredes que habitan el olvido (I)

Buen vistazo a un territorio rico en vestigios de un modelo de poblamiento y técnicas constructivas

por Teresa Ovalles Márquez
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Teresa Ovalles Márquez / Fabricio Martorelli

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“Ven, ven, y con el vino, durante un rato, seremos ruinas y tal vez, entre estas ruinas, un tesoro hallaremos”.

Hafez Shirazí

La historiografía eurocéntrica apunta que la fundación de El Tocuyo fue el 7 de diciembre de 1545 y se celebra desde hace 481 años. También hay una historia silenciada, que comenzó antes de la llegada de los colonizadores españoles.

Para entonces, los gayones habitaban estas tierras junto a jirajaras, axaguas, camagos y cuibas, a orillas del río Tocuyo, que significa en lengua aborigen “zumo de yuca”.

El italiano Cey Galeotto, hombre de letras, al parecer, y de aventuras comerciales, nacido en Florencia en 1513, describe en su relación Viaje y descripción de las Indias, 1539-1553, con “gran minuciosidad”, su paso por tierras de El Tocuyo, al dar cuenta del modo de vida de sus habitantes. Las referencias que a su vez hace José Rafael Lovera en el Diccionario de Historia de Venezuela, de la Fundación Polar, saca a la luz parte de lo escrito por Galeotto, cuyos originales se encuentran en el Museo Británico.

Aquellas casas ancestrales de barro, caña brava y piedras, que hoy habitan el olvido, quedaron para la historia. Nos dieron referencias los profesores Rolando Graterol, doctorante del Programa Nacional de Formación Avanzada en Historia, y de quien fuera cronista de El Tocuyo e individuo de número del Centro de Historia Larense, Ramón Pérez Escorche. Ellos hacen la salvedad de que no se trataba de pueblos en resistencia, porque no estaban en desventaja, sino de naciones nativas en rebelión. Señalan que estas naciones, frente a las armas, tenían el dominio absoluto de la topografía como arma frente al desconocimiento de esta por parte de los invasores. Parten de referencias de Alfredo Jahn y del mencionado Galeotto.

“Las viviendas de los nativos estaban adaptadas al clima semiárido característico de este territorio, eran cónicas, con techo de paja. La naturaleza le aportaba todo para su construcción y su río Tocuyo, caudaloso, les permitía elaborar sus mezclas para construir. Techo de tamo, barro, pajas picadas, tejidas con bejuco con una construcción de piedras desde las bases para que no se derrumbaran con el agua de lluvia”, indican.

Refieren que recogían madera de cujíes y vera, así como de árboles enormes que utilizaban como canoa para navegar el río. Estos árboles los llevaban a corte de troncos, que enterraban desde abajo en el suelo, utilizando instrumentos que elaboraban con huesos o con piedras para escarbar. Sus amarres eran con bejucos, utilizaban un tejido vertical de caña brava tanto para paredes como techos. Utilizaban barro en pelotas —si era arcilloso, mejor— para rellenar las cañas bravas y con las manos utilizaban el barro para frisar y protegerse del frio y del agua. Los techos eran impermeabilizados con gruesas capas de hojas de palma.

El suelo, como piso, era apisonado; otros utilizaban piedras planas o de cascajos para caminar sin ningún problema y que no se llenaran de barro cuando llovía. Todos estos avances los fueron adquiriendo poco a poco: desde las chozas elaboradas y muchos materiales hasta su bahareque. Entre esos avances tenemos también la troja, que utilizaban para protegerse de animales salvajes o para guardar su maíz u otros alimentos.

Otros implementos que utilizaban eran el chinchorro o hamaca para dormir, vasijas de arcilla para comer, guardar alimento o agua. Su fogón, al principio, lo instalaban en el patio para su uso colectivo; luego lo fueron individualizando de acuerdo a lo que iban a cocinar.

El Tocuyo colonial y los terremotos

Y de un solo brinco, luego de plantear parte de una historia silenciada, volvemos a épocas posteriores a la llamada fundación de El Tocuyo, para dar cuenta de las casas que levantaron los españoles. Los terremotos, tanto el de 1812 como el de 1950, demarcan la memoria de algunas edificaciones, que no son solo derrumbe sino memoria colonial. Algunas de ellas constituyen bienes patrimoniales que nos hablan de su resistencia al paso del tiempo.

Luego del terremoto del 3 de agosto de 1950 fue demolida una buena parte de los restos de las casas coloniales que engalanaban las empedradas calles de la ciudad de los ilustres Lisandro Alvarado y Egidio Montesinos. Terminaron de derruirlas para dar paso a una reconstrucción de hormigón, que también atrajo buenas ganancias y la pérdida de identidad como la Ciudad de los Siete Templos.

Por las calles de El Tocuyo

En nuestra incursión tocuyana, lo primero que hicimos fue detenernos en una de las edificaciones que sigue erguida y majestuosa pese al correr del tiempo y los terremotos. El Grupo Escolar República Dominicana fue inaugurado durante el gobierno de Isaías Medina Angarita en 1945 y puesta en funcionamiento en 1946, con la presencia del maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa, para entonces ministro de Educación.

En la fabricación se usaron ladrillos de arcilla cocida, madera, teja criolla, hormigón armado, “siendo pionera en El Tocuyo por su forma, su escala y la tecnología aplicada”.

El Grupo Escolar República Dominicana es considerado Patrimonio Cultural de la Nación. Tiene un auditorio con aforo para 200 personas, aulas para 50 alumnos y una matrícula de 300 estudiantes. Forma parte de las edificaciones patrimoniales del centro de El Tocuyo y abarca una manzana y media.

Casa de la Cultura

En esta incursión nos recibió la arquitecta, directora de la Casa de la Cultura, Nancy Coromoto Anzola, en compañía del profesor tocuyano Arnaldo Nano Guédez.

Esta edificación acogió el convento de Nuestra Señora de los Ángeles. Fue fundada por los franciscanos españoles en 1587 por orden del rey invasor Felipe II. Funcionó allí el primer colegio nacional de la ciudad y el tercero en el país entre 1833-1869. En 1881, el presidente Guzmán Blanco lo designa sede del poder civil y municipal. En 1943, el presidente Medina Angarita, ordena la restauración y la designa Casa de la Cultura. De 1948 hasta 1967 funcionó como el Colegio Federal.

En 1965 fue declarado monumento histórico y en 1981 el Concejo Municipal le da el nombre del insigne músico tocuyano José Ángel Rodríguez López. Al lado funcionó el templo San Francisco, destruido por el terremoto.

En esta sede de la Casa de la Cultura se desarrollan múltiples actividades culturales, entre las que se encuentra la Escuela Nacional y Latinoamericana de Coros Polifónicos de Campanas de Mano, que se destaca en todo el continente; el núcleo tocuyano de la Orquesta Sinfónica de El Tocuyo, conducida por el profesor Carlos Ananía; la Escuela de Dibujo y Pintura; la Escuela de Muñecas de Trapo; la de Sones de Negros, fundada por el fallecido profesor Rafael Pargas y actualmente dirigida por Marilyn Báez; y la de danzas Aires Tocuyanos, que dirige el profesor Henry Farfán.

En honor y reconocimiento a ilustres tocuyanos se encuentra una amplia galería con los retratos de Pío Tamayo, Lisandro Alvarado, José Egidio Montesinos, José Trinidad Morán y Roberto Montesinos, entre otros y otras. Recientemente, la galería fue ampliada a 21 personas más entre músicos, líderes sociales, bailadores de garrote y peloteros famosos.

Esta casa posee en su patio central la fuente de agua, que se conserva intacta, a diferencia de la edificación que fue reconstruida.

Las Ruinas de Belén

De esta edificación debemos mencionar el arco frontal de las Ruinas de Belén, en el casco central de El Tocuyo, sector Cantarrana, que contrasta con la rigidez del hormigón y es un ejemplo de resiliencia arquitectónica. El bahareque o calicanto –esa alquimia natural y sabia– reta los siglos a través de un arco de medio punto (trazado de media circunferencia exacta), que se yergue triunfante y solitario bajo el cielo tocuyano.

Los espantos y aparecidos nunca faltan en estos espacios, que guardan una abrumadora mudez durante el día y donde en las noches resuenan tenues los susurros de las ánimas.

El espacio fue sede en 1625 del Hospital Real, donde había un manicomio cuyas almas confunden su gemir en las madrugadas, con el viento y las paredes de barro y piedra.

Siglos después, como una paradoja del destino, el que fue un sanatorio mental devino en refugio de un loco –Eloy Colmenares–, cuya única lucidez, al parecer, lo llevó a preservar y mantener en buen estado aquellas paredes de bahareque mientras su verdadero hogar, al lado de su madre, quedaba a pocas cuadras de las ruinas.

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9 comentarios

nelson ures 6 septiembre 2026 - 20:57

Excelente ese recorrido por nuestra historia. Buenas imágenes y buena reseña.

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Teresa Matilde Ovalles Márquez 8 septiembre 2026 - 08:55

Gracias Nelson, recibe un saludo y mi agradecimiento. Gracias por sus poemas en MicroRELATOS. Felicitaciones!

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GIoconda Espina 5 septiembre 2026 - 12:22

Antes de que el futuro nos alcance tendrías que proponerte reunir estas crónicas memoriosas en un sólo libro (o varios)… unidas a algunas fotografías, de Fabricio o de otros o tuyas…Al menos en una edición on line que nos remita directamente a tus crónicas, son muy importantes. Un abrazo Teresa y gracias por el reenvío de vez en cuando de tus «inventos». GE

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Teresa Matilde Ovalles Márquez 8 septiembre 2026 - 09:43

Gracias Gioconda, espero poder editar algun día mis trabajos en lainventadera.com. Gracias, entrañable amiga.

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Zuleiva Vivas 5 septiembre 2026 - 10:21

Como siempre, un recorrido delicioso de la mano sensible y la prosa encantadora de nuestra querida Teresa. Gracias!! Yo también quiero ir a conocer El Tocuyo y soñar con la recuperación de su patrimonio histórico u ancestral. Que rico es viajar a través de las palabras y las imágenes.

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Beatriz Rivas 5 septiembre 2026 - 08:18

Deseo conocer el Tocayo! ❤️

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Teresa Matilde Ovalles Márquez 5 septiembre 2026 - 08:26

Pues tienes que conocerlo tiene magia y tradición. Luego vendrá el Tamunangue!

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Zuleyma 5 septiembre 2026 - 08:16

Magistral mi querida Teresa Ovalles y la documentación fotográfica de Fabricio Martirelli muy linda. Cada letra y cada imagen me hizo estar allí, caminando con uds en esa bonita cronica. Definitivamente nuestros pueblos resisten, también en las voces de sus paredes.

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Teresa Matilde Ovalles Márquez 5 septiembre 2026 - 08:26

Gracias por tu lealtad y amor.

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