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Simón Rodríguez también construyó molinos de trigo

por Nelson Chávez Herrera
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Nelson Chávez Herrera

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Entregado el Informe sobre el terremoto de Concepción de 1835 a la Intendencia de la Provincia, Simón Rodríguez se muda a una zona rural, cercana a la población de Tucapel, por cuestiones de trabajo. El general chileno Bernardino Segundo Pradel lo ha contratado para construir, en una de sus haciendas, ubicada en las p roximidades de los ríos Itata y Deñicalqui: un molino de trigo. Inexorable pensar si este trabajo le recordó a su amigo ausente; la etimología euskera del apellido Bolívar es: “valle del molino”.

Chile fue uno de los mayores productores de trigo de la América del Sur, desde el periodo colonial hasta finales del siglo XIX. Esta fue su principal actividad agrícola y para cubrir la demanda interna y externa del grano se construyeron a lo largo y ancho del territorio nacional más de mil molinos.

En aquellos tiempos un molino no era simplemente una máquina molturadora, constituía una unidad de producción. Un espacio de articulación económica, moral, social, política, para una o varias comunidades. Un lugar de encuentro, relatos, saberes. Su construcción requería personal calificado de herrería, albañilería, carpintería, canteros labradores de piedra, tejeros fabricantes de tejas, ocasionalmente, un ingeniero coordinador de la obra. La edificación incluía la casa del molino, galpones para deposito, vivienda para el molinero, caballeriza, gallineros, corrales, un huerto, a veces, un aserradero. La empresa: un molinero, arrieros, personas encargadas de la huerta y la cría de animales, personal administrativo para llevar las cuentas de las compras de trigo y las ventas de harina.

Los molinos traídos por la colonización eran modelos grecorromanos (extendidos por la península ibérica en la edad media, mejorados con tecnologías árabes) de cuatro variantes: “molino de viento, molino de sangre o de tracción animal (tahona), molino de agua de rueda vertical (aceña), molino de agua de rueda horizontal (rodezno)”. Los más adaptados en tierras chilenas, los dos últimos: los hidráulicos.

El Molino. José Manuel Ramírez Rosales, 1830

La casa del molino estaba hecha a orillas del río y tenía dos niveles, uno inferior o bóveda donde iba el rodete, otro superior o sala de moler donde se asentaban los elementos de trituración. Para la instalación hidráulica se desviaba una parte del caudal del río, muchas veces hasta una pequeña presa. El agua canalizada se llevaba hasta un depósito o cubo de madera desde donde abierta su compuerta o tajadera, la masa de agua se precipitaba sobre las paletas de la turbina o rodete donde la energía cinética se transformaba en energía mecánica y ascendía por un eje o árbol para hacer girar la piedra volandera sobre la piedra fija y moler el grano.

Las instalaciones más precarias no disponían de la primera presa, ni del cubo, el agua canalizada descendía directamente desde el río hasta la turbina. En la aceña el agua caía directamente, desde la presa o desde el cubo, hacia la rueda vertical cuyo eje, ensamblado a uno o varios engranajes, trocaba su rotación horizontal en giro vertical, para ascender por el árbol hasta la piedra volandera.

Qué tipo de molino estuvo construyendo entre 1836 y 1837 Simón Rodríguez, quizá pueda inferirse de la correspondencia hallada de esos años.

Los motivos de su traslado a esta zona rural, aledaña a los caseríos llamados para entonces Trilaleubu, Casablanca y Monte Blanco, cerca de Tucapel, se encuentran al final de una carta dirigida a Bernardino Pradel, el lunes 21 de noviembre de 1836.

Amigo –acuérdese usted de nuestros proyectos– íbamos a componer el molino para trigo, a curtir, a hacer loza, cola, velas y otras cosas, según mis locuras… (aprobadas por usted). “Porque era usted el dueño de la obra, entré en ella, con la buena intención de servirle y de ayudar al ingeniero mister Rojs, que me convidó para consultarme sobre algunas dudas.

Trilla. Paul Treutler (c. 1855)

Del registro textual de las cartas se infiere que Simón Rodríguez se ocupó de resolver cuestiones mecánicas en la instalación hidráulica del molino, la fabricación de piezas y engranes y la construcción de un aserradero. Aunque también fue ocupado en funciones administrativas y despachos de harina.

No puedo decir a usted todo lo que hay en el asunto de la hacienda porque es largo, y no precisa por ahora. El aserradero está montado: se ha aserrado un tablón de 4 ½ varas y como la sierra estaba gruesa la pusimos a adelgazar: el cajón del agua no aguantó: las primeras tablas se desencajaron y quebraron algunas paletas del tambor: el coche está pronto, faltan los caballos: don Aurelio lo ha visto, y va a enviar la madera necesaria para refaccionar el cajón. Don Aurelio, don Carlos y yo en junta hemos determinado ganar tiempo durante la ausencia de usted: si usted lo desaprueba, responderemos con nuestras cabezas.

La referencia al cajón de almacenamiento, técnicamente, muestra que se trataba de un molino hidráulico. Las tablas desprendidas de este cajón cayeron sobre las paletas del tambor (o rodete) y las partieron. La expresión “el coche está pronto, faltan los caballos”, puede hacer pensar en una tahona, pero coche es un modo antiguo de nombrar la tolva de madera desde donde cae el trigo a las piedras de moler, y caballos, otra forma de mentar las vigas de soporte del banco donde se asientan las piedras del molino.

En la correspondencia de este periodo, Simón Rodríguez, enfermo del estomago, refiere las dificultades del terreno, del clima y de la propia empresa molinera. En las dos últimas cartas conocidas responde a Bernardino Pradel sobre las criticas hechas al funcionamiento del molino:

Haga usted un esfuerzo, y oigame con paciencia: el que trata de pequeñeces, debe ser pequeño, por un rato a lo menos: la máquina consta de muchos palitos, y de muchas acciones más menudas que los palitos. Dice usted que el molinero francés le ha dicho que la máquina no sirve para nada: ya el herrero inglés lo había dicho cien veces –lo han dicho varios chilenos sin haberla visto– falta que lo digan algunos alemanes y algunos griegos, para que lo hayan dicho cinco naciones – y, la culpa ¿de quién será? Eso no se pregunta… ¡Mía! El último mono es el que se ahoga: yo no he sido el solo que ha mojado su dedo. ¿Quién lo sabrá mejor que don Carlos, que ha vivido en mal estado con ella, por tanto tiempo?… ¿que la ha sobajado hasta que más no ha querido? Yo sé (y usted también lo sabe) que hay cosas malas en la máquina; pero no son las que yo he hecho, y si lo son también, mi intervención no puede contribuir ahora sino a empeorarlas. Los que dicen que la máquina no sirve, es porque la comparan con la del Intendente, con la de Luco y con la del francés Delauné, que están hechas a todo costo. La de usted se ha hecho ahorrando.

Permítaseme acusar para defenderme.

Excepto los dientes del carro, el movimiento de abrir y cerrar la compuerta, el de apretar la cadena, el tambor de la toma, el rastrillo del carro para detenerlo a cada tabla, y el nuevo cajón de estanque, lo demás lo hicieron los ingleses o lo ha hecho don Carlos. Si el estanque se salía era porque usted quiso probarlo antes de tiempo, y porque los calafates eran peones de campo. Don Carlos desconcertó 2 o 3 dientes del carro, a puntapiés, para hacer ver a usted que no servían, y usted, en consecuencia, compró dos vigas para hacer otro carro.

Los dientes se aflojaron porque se hicieron con madera verde –los acuñé después de secos y quedaron firmes– el maestro Isidro tenía ya hechos muchos de los tarugos con que se habían de asegurar y don Carlos quedó encargado de hacer la operación: los dientes, atarugados en lugar de los clavitos provisionales que tienen, no se caerían nunca”.

La sierra aserró varias veces, yo corregí el movimiento de la palamputa, qué hizo don Carlos, durante mi ausencia en Casablanca. ¿Por qué la sierra andaba antes de mi salida, y ahora se ha parado?… Usted mismo me dijo (acuérdese) que él (Don Carlos) le había dicho que yo no era maquinista, y que lo que hacía lo sacaba de mi cabeza: Usted fue quien me dijo que, a patadas, había movido algunos dientes del carro, para probarle que la idea era mala.

El molino, se deduce, entró en funcionamiento, pero empezó a fallar y por lo visto no rendía como los molinos modernos importados por algunos empresarios e inversionistas extranjeros.

Isidro Mora en un molino rehabilitado de 1848, en San Rafael de Muchuchíes. Foto Candi Moncada

La frase acuñada por este señor Don Carlos de que Simón Rodríguez no era maquinista y todo lo sacaba de su cabeza, resulta interesante porque demuestra su genio. Sin embargo, no estaría de más preguntarse si acaso se metió a hacer algo cuyos principios desconocía.

Él mismo apunta: “Todo hombre limitado que ha visto hacer algo, cree poder hacerlo y se ofrece a hacerlo. Yerra, y el que perdió se queja, no de su credulidad sino de las teorías”. No obstante, este no parece el caso.

En uno de sus trabajos de ingeniería llamado Vincocaya, publicado siete años antes en la ciudad peruana de Arequipa, Simón Rodríguez había escrito: “El Dique para represa de molino, u otras oficinas, debe hacerse con materiales más escogidos –la construcción debe ser más sólida y hecha con más arte– hay que hacer compuertas y desagües –que consultar descenso y presión para construir los conductos, …. proporciones entre potencia y resistencia para arreglar los saetines que han de mover los rodetes, &a. La duración es objeto de primera importancia”.

A finales de 1837, Simón Rodríguez se retira del proyecto del molino. Su ingenio ha sido puesto a prueba, su renuncia puede entenderse cómo se quiera: fracaso, experiencia, eso no importa. “¿Quien se expondrá a errar sino el que emprende?”. “Todos saben que el que no hace nada, no está expuesto a reconvenciones, porque nunca yerra; la inacción es un yerro que vale por muchos” “El que no hace nada, nunca yerra, pero tampoco acierta…”.

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