Inicio Opinión y análisis Konuco familiar: ¡retroceder, nunca; rendirse, jamás!

Konuco familiar: ¡retroceder, nunca; rendirse, jamás!

por Jose Roberto Duque
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Quien crea que la agroindustria y las cadenas de supermercados alimentan a la humanidad, aún está a tiempo de corregir su error.

Los monocultivos digitalizados de trigo y remolacha que adornan los campos de Europa tienen dos fines: uno, alegrar las mañanas de turistas cándidos que viajan en trenes, y dos, producir biocombustibles para camiones y maquinaria industrial que opera en países del tercer mundo donde no tenemos trenes.

En las sabanas colombianas de Sucre y Córdoba los monstruos de la AgroTech siembran miles de hectáreas de yuca que no le resuelven un desayuno a nadie. La soya y el maíz transgénico que crecen en varios estados venezolanos, tampoco: su destino es la producción de etanol.

Todos esos monocultivos, que son negocios planificados con rigor, son la punta del lápiz con el que el capitalismo dibuja nuestra pobreza. Cada año, corporaciones mundiales de negocios disímiles como Amazon o Microsoft, invierten cantidades obscenas de billones de dólares en monocultivos altamente tecnologizados: son sembrados por máquinas, regados por drones y cosechados por enormes aparatos robóticos que ya no obedecen a la voluntad humana, sino a las fluctuaciones de las bolsas de Tokio, Londres o Nueva York.

Es la agricultura sin campesinos, el agronegocio, el monstruo de mil cabezas contra el que nos levantamos en escardillas y charapos los conuqueros.

Porque es el conuco el que pone en la mesa de más de la mitad de la población mundial, arroz, yuca, trigo, maíz, frutas, hortalizas, pollos, quesos y uno que otro vaso de vino.

Las cifras de la ONU, que sabe mucho sobre el problema del hambre pero no cómo resolverlo, dan cuenta de que la producción campesina familiar, que hacemos con técnicas ancestrales y orgánicas, es decir, sin agroquímicos de ninguna naturaleza, alimenta al setenta por ciento de la población mundial, y sólo usamos el veinticinco por ciento de la energía y el agua disponible en el planeta. Al agronegocio del capitalismo le cabe la ecuación inversa.

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En su libro “La ciencia del konuco y su visión integral” el agroecólogo e investigador venezolano Miguel Ángel Núñez dice que los conuqueros del mundo somos mil quinientos millones de campesinos, que vivimos en 350 millones de pequeñas parcelas cuyo tamaño unitario es inferior a dos hectáreas, y producimos alimentos con técnicas ancestrales, limpias y originarias. 

La mayoría de los alimentos que hoy consumimos, dice Núñez, provienen de cinco mil especies de cultivos domesticados, y hay más de dos millones de vegetales que hoy conservamos y manejamos los conuqueros, que aún están libres de agroquímicos y de modificaciones genéticas.

Sólo en América Latina, el sector campesino conuquero que trabaja la tierra con su familia es un ejército de 66 millones de personas, de las cuales 40 millones somos indígenas que habitamos 17 millones de conucos.

Todas las estadísticas están a nuestro favor: nuestra actividad genera el 67 por ciento de la producción alimentaria, y el 77 por ciento del empleo, según la CEPAL.

En México, un pueblo de insignia campesina, siete de cada diez productores de maíz son conuqueros, y producen casi la mitad de las tortillas que comen religiosamente, cada día y en alegres cantidades, y rellenas principalmente de fríjoles, también provenientes del conuco.

En Ecuador la participación del conuco en la agroalimentación es del 80 por ciento, y en Perú llega al 92 por ciento.

A pesar del avance aplastante del agronegocio, los conuqueros estamos ganando la guerra silenciosa por la alimentación. Pero el desastre ambiental ocasionado por el capitalismo y su voracidad de recursos no renovables, es una de nuestras mayores amenazas. 

Los pueblos que crecemos en conciencia cada día tenemos tierra en las uñas. Lejos de nuestro imaginario está la ciudad que nació en el capitalismo y hoy muere en el olvido.

Toda América Latina es territorio de liberación conuquera, y nada debe detenernos en el impulso por ganarle al Sistema, con nuestras familias, el espacio que nunca debemos ceder ni perder: la mesa.

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