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Endiosar la ciencia, o banalizarla

por Jose Roberto Duque
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Matemos de entrada el falso dilema que sugiere el título: entre el viejo y perverso mecanismo consistente en hacerle creer a la gente del común que para hacer ciencia y tecnología es preciso ser un sabio consumidor de muchos libros, y ese otro mecanismo consistente en narrar las hazañas científicas de manera que parezcan actos de magia o truculencias sin mérito, media un amplio abanico de posibilidades para los comunicadores, o para la comunicación.

De eso va precisamente la tarea cotidiana (todavía no lograda a plenitud) de este portal y este proyecto: cómo hacer para narrar las hazañas científicas sin que parezcan eventos fuera de la dimensión humana y apegada a las leyes naturales, y sin banalizar su ocurrencia en nuestro intento por parecer “relajados” y graciosos. A ver qué tal nos ha ido con eso.

Nos enteramos hace poco que esa es una preocupación bastante extendida y nada nueva. La propia ministra de Ciencia y Tecnología de este país recomendaba hace poco una lectura esclarecedora al respecto, un artículo publicado en El País, dedicado a la reseña de un libro, pero también al despliegue de su planteamiento central: los periodistas y comunicadores que estamos puestos en el trance de difundir historias y noticias de Ciencia y Tecnología debemos tener cuidado de no endiosar ni banalizar el trabajo y los resultados obtenidos por los investigadores. El trabajo del periódico español se refiere estrictamente al quehacer de los científicos; nosotros acá preferimos extender el análisis a lo que también andan haciendo los tecnólogos populares, innovadores y creadores de soluciones en varios ámbitos.

Dice en algún momento el análisis español: “Uno puede quedarse corto, simplificar en exceso, y la comunicación no hará justicia al esfuerzo de investigación desplegado. Pero también existe el riesgo de ser demasiado puntilloso y pasarse en el detalle, dejando tal vez satisfechos a los especialistas, pero en la ignorancia previa a cuantos no lo son. En otras palabras, el comunicador científico debe intentar trasladar la complejidad de la ciencia, pero al mismo tiempo ha de hacerse entender por una parte significativa de la sociedad”.

Metidos en semejante saco de gatos (la lucha entre el respeto debido y las ganas o la necesidad de resultar amenos) hemos ido detectando escollos y soluciones, trabas y formas de superarlas. Con algunos personajes y temas ha sido menos engorroso que con otros. Ahora mismo (y quiero aprovechar para hacer algo de autopromoción) nuestro equipo audiovisual se enfrenta a una tarea urgente y necesaria: propagar el relato, el recuento y la explicación de qué cosa han sido y qué representan los tratamientos de regeneración de hueso, pulpa dental, piel y córnea con implantes de células madre en Venezuela. Voy a adelantar algunos comentarios sobre cuáles han sido nuestras ventajas y algunas de nuestras dificultades como comunicadores en esa delicada faena: contar la historia y hacer que la gente que no sabe nada de medicina ni de células entiendan de qué se trata, y por qué considero que ese proceso está generando varias de las más grandes noticias del año.

En primer lugar, tuvimos y tenemos la suerte de contar con la tremenda sencillez, humildad o condición humana de la gente que está al frente del proyecto y en sus profundidades: los doctortes José Cardier, Olga Wittig, Freddy Leal, Rita Moreno, Soraima Fuentes y otras (y otros) son capaces de narrar y explicar los procesos médicos y de alta tecnología, de manera que eso de poner a trabajar las células estromales mesenquimales (así se llaman, lo siento) parezca un juego, más que una proeza de la ciencia aplicada a la medicina. 

Contamos también con una cantidad de historias personales y familiares que son, en sí mismas, historias sorprendentes y de impacto; las personas que se han sometido a esos tratamientos son gente golpeada por la atrocidad de un sistema y un orden de cosas que, tristemente, estamos tardando en superar. Gente muy pobre, proveniente de los territorios más dolorosos de la exclusión.

Este es el punto y el momento en que debemos confesar una perturbación ética que es preciso limar: las historias de sanación o de salvación de estas personas son, cinematográfica o literariamente, atractivas, “vendedoras”; son dramáticas y conmovedoras, tienen “punch”, tienen público. Esto revela dos cosas: que el sensacionalismo es un recurso que sigue atrayendo público (porque vivimos en una sociedad a la que le gusta presenciar el sufrimiento de los demás, cosa bastante amarga y lamentable así le agreguemos después que también nos emociona la victoria sobre la adversidad) y que uno de nuestros mayores esfuerzos debe concetrarse en la búsqueda de una exposición respetuosa de los hechos.

No sé qué tendría que ocurrir en Venezuela y el mundo para que la regeneración de la pulpa dental con células madre de un señor de Yaracuy sea la noticia del año en este país o en cualquiera, porque es primera vez que algo así ocurre en el mundo. Pero seguramente, a pesar de nuestros esfuerzos, esa no será la noticia del año; difícilmente logrará destronar de ese pedestal al récord mundial de Yulimar Rojas en salto triple. Es lógico y se entiende: la proeza de Yulimar es espectacular, es visualmente atractiva, y en cambio la hazaña médica y científica de todo un equipo no se ve, no es un hecho digno de un estadio.

En serio y en broma dije hace unos días en un conversatorio que eso tiene al menos una explicación: es muy difícil imaginarse al doctor José Cardier pegando un brinco de 15 metros, y eso dificulta su promoción como hombre-noticia. Pero las vidas que ha salvado o mejorado el tipo de procedimientos animados y liderados por Cardier (y lo seguirá haciendo) no las puede pagar ninguna medalla de oro olímpica o campeonato mundial.

Andamos en ese ejercicio de equilibrismo. Caminamos en una cuerda floja entre los discursos aburridos por incomprensibles, y los discursos graciosos y chispeantes, por banales o irresponsables. Al cabo de otros meses más volveremos sobre el tema para hacer otro balance.

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