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Oficios perversos

por Teresa Ovalles
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Has sabido

con cada poro de la piel sabido

que tus ojos tus manos tu sexo tu blando corazón

había que tirarlos

había que llorarlos

había que inventarlos otra vez”

Julio Cortázar.*

Es posible que sin alternativa tengas que ejercer algún oficio poco placentero. Hay trabajos temibles, pero necesarios, donde la morbosidad tienta.  Con los cargos de mucho poder hay que tener sumo cuidado, son peligrosísimos para la dignidad.

Quien vive en la hediondez termina habituándose a la putrefacción. Que me lo digan a mí que viví un tiempo en Mariara y en principio le quería meter candela a La Tenería, luego me acostumbré y se me olvidó eso.

En el capitalismo la perversidad se hace norma. En dado caso mis respetos al pueblo de Mariara, la del río cristalino montaña arriba y sus malandros de siempre.

Oficio doloroso ser jefe, sin embargo, esto se codicia, entre el sadismo y el masoquismo, tanto que ameritaría su desglose en un texto aparte.

Ejercí el terrible oficio de maestro de escuela. La escuela que yo conocí de niño y como maestro, no tiene nada de agradable. Hay que tener guáramo para disciplinar a un niño sin llorar.

Oficio triste vender.

Oficio cruel ha de ser bajar al niño que se le venció el tiempo en los “carritos chocones”. ¿Pero quién se da cuenta de eso en una sociedad donde los comerciales manipuladores de la infancia ya son folklore, al igual que los estragos de la “chuchería tóxica” en una niñez tiernamente adicta al azúcar, a la sal y a la manteca?

A quien le ha correspondido ser cliente en el manicomio, la cárcel, el hospital o la morgue, sabe lo que significa regatear con los mercaderes del dolor y de la muerte.

Qué de extraño tendría hacer negocios con el hambre. El capitalismo es inmoral. Todo es negocio. Allí están, unos ganan menos, otros ganan más. El funcionario corrupto, el empresario mafioso, el comerciante especulador y desde luego, la eterna y miserable cobardía aún vigente de aquellos que amparados en el uniforme y la pistola sacan provecho personal de su ventajismo.

Una vez escribí sobre el servicio de quién ha estado en la universidad. Si describimos las perversidades de cada profesión, esto se convierte en una novela. Viene a mi memoria, para señalar al menos uno, el caso de los odontólogos y los ortodoncistas. ¿Recuerdan el chiste del experimentado médico que pagó los estudios a un hijo mediante la consulta permanente a un paciente con un dolor constante de oído a consecuencia de una garrapata que nunca se la retiraba? En estos tiempos está de moda ponerse los dientes derechos. Una teta para el ortodoncista. Coloca unos aparatos y cuando lo hace establece el tiempo de duración de los mismos, pero llegada la fecha, determina que aún están torcidos los dientes y así pasan los meses, incluso años y el paciente pagando consulta para ajustarse los alambres. Parecido a quien quita dinero prestado “para dentro de 15 días” e igual pasan los diciembres hasta que te mueres tú o muere quien te debe y listo, saldada la deuda.

¿O es que usted piensa que esto sólo aplica a los académicos o profesionales universitarios? Bueno, en un mundo donde tienen que existir leyes para respetar la vida (se supone que gente no se mata) y la ley de la oferta y la demanda es normal y hasta se enseña en las escuelas sin repulsión, esto no extraña. ¿Recién empezando la pandemia en pleno pánico y cuarentena radical usted no se acuerda que los tapabocas costaban un dineral? La lógica indicaba que quien tenía tapabocas más bien debía regalarlos, pues al protegerse los otros también me protejo yo. Contra la ley de la oferta y la demanda y la “mano invisible del mercado” no han podido ni los prestigiosos procesos revolucionarios mundiales autodenominados “socialistas o comunistas”, incluso en sus constituciones.

Tanto las buenas como las malas costumbres de toda cultura están recogidas en los refranes. Una sentencia que termina siendo axioma, resume una experiencia ancestral. Estos días veía un cartel en una bodega. Un cordero: “así te pones para pedirme fiao” y un león: “así cuando te voy a cobrar”. Los bodegueros en los pueblos, si no se ponen duros, terminan arruinados. No todo el mundo sirve para ese oficio. Es que también está la tendencia de “hacer leña con el árbol caído” y al pendejo “agarrarlo de enchufe”. Ese es “buena gente” y entonces nunca le pagas, cuando, si es tu amigo, deberías, con más razón, cumplirle. Ah, pero quédele debiendo a un usurero o a un banco. Al menos que sea un banco del estado en nuestro país, desde luego, en Europa lo meten preso o lo dejan en la calle.

Como no pagas o es muy barata la electricidad y el agua, nunca te acuerdas de apagar la luz y el agua corre como río en el patio, la calle o por una grifería dañada. Entonces, los pregoneros del neoliberalismo y de la privatización gozan acusándonos. Pero no olvidamos que también sabotean para argumentar que no somos capaces.

Creo en la capacidad amorosa y colectiva del pueblo que somos, pero sin tapar los vicios. Ladrón no es nada más la industria que comercializa esas bolsas llenas de aire para sugerir abundancia, sino usted también cuando no regresa las herramientas ni los libros, o al “amigo” no le pagas las deudas o pretendes que te haga los trabajos de gratis a cuenta de la “amistad”.    

En fin, quien vive entre cadáveres, si descuida su propia alma, se le va detrás de los muertos y queda insensible ante la vida como un androide.

*Julio Cortázar. Salvo el crepúsculo.

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