Inicio Opinión y análisis Y ahora quien lea, ¿dónde lo hallaremos?

Y ahora quien lea, ¿dónde lo hallaremos?

por Teresa Ovalles
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Pescao no le gana a cochino ni nadando.*

Recuerdo cuando empecé a leer que me costaba entender los textos expositivos. Digo cuando empecé porque en mis tiempos leer daba prestigio y uno quería ser lector. A veces me sentaba debajo de un poste de la luz con un libro, mientras más grueso mejor, del cual no entendía ni jota, con una ceja erguida para que la gente me viera. Fuimos asiduos lectores de suplementos, novelitas de vaquero y hasta foto novelas. Las historietas con imágenes tuvieron gran preferencia en una época más que el libro a pura letra. Incluso la novela de radio tuvo mayor impacto que la escrita.   Al final, unidos imagen y sonido, dieron lugar a la fuerza descomunal del video.

En mi casa no había libros, todo el mundo era analfabeta. Cuando llegaban cartas de las tías que trabajaban en Caracas, la abuela mandaba a uno de nosotros a avisarle a la madrina Isidra y ella en la tardecita iba a leernos la carta y luego escribía la respuesta que la mama vieja dictaba. Luego cuando el hermano mayor aprendió, sería él quien las leería.

Un amigo me contó que el primer libro que leyó fue La Madre, imagínate, el primer libro que leí completo hasta lo recuerdo: Platero y yo, que me traje de la escuela, además de las lecturas de los libros de castellano.

Pasaron años para poder leer comprensivamente ensayos y otros textos expositivos. Prefería cuentos o novelas y poemas acordes a mis gustos determinados por el alcance de mi comprensión. Y estoy hablando de un tiempo donde todos queríamos ser lectores y nos esforzábamos en ello. Claro, los libros también eran mercancía y había muchos en el mercado con su respectiva publicidad que uno intentaba leer para “estar al día”. Además de los libros omnipotentes que no haberlos leído implicaba vergüenza. ¡Cállese que usted no ha leído la biblia! Fuimos a la escuela y aprendimos a leer más para seguir alienándonos que para ser libres. De allí que esa frase de que hay que leer, está mocha, leer no basta, depende de lo que se lea.

Libros bien populares en una época fueron: El milagro más grande del mundo, El vendedor más grande también o algo así, y más tarde, Quién se comió mi queso o La culpa es de la vaca, más o menos así son los nombres de esos libros, pero eso ya no hace falta. Se fueron diseñando y conformando maneras más sencillas de manipulación que superaron a la lectura y el hábito de leer. Este es un asunto tan irrebatible que la explicación está demás.

Nosotros seguimos escribiendo y hay quienes desarrollaron tanto el hábito de la lectoescritura que están bien lejanos de aquellos tiempos cuando nos costaba entender un texto expositivo. Entonces, terminamos escribiendo para élites en un tiempo, pa más ñapa, donde ya nadie lee.

He descubierto que los libros que uno escribe no los leen ni los amigos, pero si exigen uno para llevárselo a la casa y ponerlo de adorno.

Hace días le hablaba a Ramón Mendoza de eso y sugerí convertir esos escritos en audiolibros. “Yo no escribo pa este tiempo”, me respondió. Bueno, también en la actualidad casi nadie escucha sin ver. Nunca tuvo el libro mayor impacto que el disco desde que la canción y sus intérpretes en vivo fueron suplantados por el radio y el fonógrafo, pero aquello de cerrar los ojos y escuchar música, es una vieja costumbre relegada tal vez a la tercera edad. Canción sin video no tiene vida hoy en día.

Un aprendizaje a través de la lectura involucra que se debe leer. Convertirte en lector implica que te guste para convencerte y así adquirir el hábito. En la actualidad, de paso, hacerlo en digital, lo cual es una verdadera tortura para gran parte de mi generación acostumbrados más al papel.

Figúrate tú, maravilloso, lo ideal, un pueblo lector. La gente leyendo y haciendo círculos de estudio para discutir las lecturas. Pero eso no es así. Esa es la razón por la cual he decidido escribir sobre ello. La realidad es tiránica y en muchos casos la hacemos acomodaticia en el cerebro y entonces nos suele atropellar como río desbordado ahogándonos sin remedio. *Frase atribuida en mi pueblo a El Grifo, quien mataba y vendía cochino frito.

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2 comentarios

Ramon carpio 22 septiembre 2022 - 13:59

Estos escritos están de pinga!!

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Ramon carpio 22 septiembre 2022 - 14:00

El mismo esobesta debpinga

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