
José Roberto Duque | Monte y culebra
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Los párrafos que escribo acá abajo tienen algo o mucho que ver con estos otros. Es bueno asomarse por allá y venir después a complementar. O hacerlo al revés. O no leer ninguno de los dos materiales. Hay cosas más importantes de que ocuparse.
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Las urgencias del ahora mismo, del ya pa ya, del vértigo de la guerra en curso y sus mutaciones, nos hacen sentir algo culpables cuando le dedicamos tiempo y esfuerzo, energía física, cerebral y emocional a volver sobre episodios del siglo XVII en mitad del candelero, en lugar de estar atentos a lo que ocurrió hace unos minutos y a lo que puede ocurrir en cualquier momento. Me pasa; en estos días ando buscando rastros jirajaras, axaguas, ayamanes y gayones, mientras el enemigo anuncia dos o tres veces al día que vienen a desmamagüevarnos la vida.
Gonzalo Sánchez, joven físico y docente, ha querido reconciliarme con esa búsqueda apoyado en un concepto y una noción: epigenética. Sostiene el hermano investigador científico que, como los factores sociales (historia, guerras, necesidad de sobrevivir en situaciones duras o extremas) y ambientales pueden alterar el código genético, la conformación específica de los pueblos actuales puede tener su explicación primera en rasgos de sociedades precedentes, moldeados (como los actuales) por condiciones de especial acritud.
El buen Gonzalito lo remata con unas filigranas que le quedaron tan buenas que no puedo sino citarlas:
La historia deja una marca biológica. La epigenética, sobre todo en Occidente, estudia la herencia del trauma. ¿Por qué no estudiar la herencia de la solidaridad? Me niego a creer que la transmisión de lo vivido por nuestros ancestros sea únicamente del horror, el miedo y la tristeza. ¿Acaso no puede transmitirse también la sanación y la paz? ¿Cómo abordamos todo el conjunto de elementos que promovieron y resultaron, en última instancia, en la comunicación para la cooperación, en la evolución cultural? En términos de biología esa herencia de respuestas a situaciones adversas viene de la línea paterna. No se sabe mucho de la línea materna, es más fácil estudiar un espermatozoide que un óvulo. Por supuesto que podemos extrapolar ese mecanismo biológico al plano metafórico, poético, desde el tiempo. En la mecánica estadística el tiempo, en este caso el de observación, es un problema, así como en la literatura.
Simplificando (también nos gusta simplificar a los frenéticos): no está mal investigar los rasgos resistentes del pueblo jirajara, porque en esa “configuración” resistente puede haber claves de por qué los venezolanos resistimos como resistimos. Luchamos como luchamos.
Y nos dividimos como nos dividimos.
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De tanto responder y bailar al ritmo enloquecido que nos impone un enemigo vertiginoso, rápido y furioso, terminamos creyendo que la vida es una película y que podemos ver el nacimiento y el desenlace de los tiempos históricos. Como nos impusieron una idea de éxito asociada a lo automático, lo relampagueante y lo exprés (de ahí el éxito de la comida rápida y el formato de Twitter-X), queremos echar ese polvo rápido y no venir con el cuento de que los objetos, procesos y resultados sólidos y perdurables es preciso trabajarlos con paciencia, con tiempo, con un esfuerzo de varias generaciones y no solo de mi ser individual.
Acá mismo en este equipo hemos lidiado con esas perturbaciones. Personalmente me he sorprendido urgiendo a una fundadora de este proyecto porque “necesito ese material ahora mismo”. Me derrotó la enfermedad de la urgencia y supongo que esto debería ser una disculpa.
Nada le conviene más al culto a las redes sociales y a esas adicciones tecnológicas que ese estado de culto desmesurado a la inmediatez. Si el relevo generacional de los justos y los rebeldes se dedica más a la coñiza actual que a investigar de dónde vienen estos conflictos de ahora, de quién hablamos cuando decimos “nosotros” y quiénes merecen ser llamados enemigos, tendremos una generación distraída, sin anclaje en la historia. El que no sabe de dónde viene es posible que a la hora de la verdad no sepa para dónde disparar. Mira que tenemos casos de “camaradas” que creen que la revolución consiste en disparar para acá, mientras el enemigo hace exactamente lo mismo.
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El estado ideal pareciera ser el demostrar capacidad para mirar al pasado y al presente, requisito único para moldear o planificar un futuro. En los primeros años del gobierno de Chávez, el líder nos hablaba de construir y defender el Proceso. Ese concepto por sí solo resultaba de una belleza y una verdad monolíticas: hermano, esto que estamos emprendiendo es un camino largo, no es algo que empezó en 1999 ni algo que veremos listo pasado mañana. Por no dedicarse el alto liderazgo a explicar que el Proceso, el Gobierno y la Revolución no son una misma cosa sino tres asuntos distintos; y como es mucho más fácil mezclarlo todo sin preguntarse de qué hablamos cuando pronunciamos cada una de esas palabras, se nos formó un sancocho o merengada de conceptos que ha derivado en confusiones más ridículas que estúpidas: no, muchacho pendejo, Milei no es libertario, estudia al menos de dónde proviene esa hermosa palabra.
No, muchacho pendejo, Irán y Rusia no son países socialistas, aunque sean aliados.
No, muchacho pendejo, el despilfarro de energía en semana santa y carnaval y los conciertos de reguetón no son triunfos de la Revolución.
Hoy casi nadie habla del Proceso. Buen momento para empezar a discutir (otra vez) qué verga es esa, antes que venga cualquier influencer de tiktok a improvisar una explicación gafa y equivocada.
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Lo que tenemos de pueblo resistente es una herencia social e histórica, un patrimonio cultural y probablemente genético; la Resistencia Indígena es una cualidad que anda “por ahí”, es el misterioso combustible colectivo que nos mueve en momentos de asedio o amenaza. Enarbolar esa resistencia como escudo ante los revolcones de la historia pasa por entender que esa cualidad hay que hacerla conciencia. Y por entender, en definitiva, que si decidimos hacer una Revolución esa labor debe continuar pase lo que pase, venga el misil que venga, se interrumpa o continúe en vigencia la institucionalidad que nos regalamos en 1999.