Graciela Vanessa González
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En el año 2005 regresó un barco de Japón a Venezuela, cargando uno de los tesoros más delicados del país: nuestro cacao. Pero algo andaba mal, traía lotes que estaban contaminados con pesticidas y otros con aflatoxina, una toxina cancerígena que puede pasar desapercibida al ojo humano, pero que en los mercados internacionales (especialmente en Japón, uno de los más rigurosos del mundo) significa una sentencia de exclusión inmediata.
La noticia corrió como un incendio en el medio. En Caracas las autoridades convocaron de urgencia a los pocos laboratorios del país capaces de realizar análisis confiables en tiempo récord. Japón exigía respuestas pronto. En ese lugar, uno tras otro, los representantes de distintos centros técnicos se excusaron. “No podemos entregar resultados en tan poco tiempo para esa cantidad de muestras”, dijeron.
Fue entonces cuando, desde el fondo de la sala, una voz se alzó con calma, pero sin titubeos: “Yo sí”.
Era Maira González de Núñez, investigadora del Centro de Investigaciones del Estado para la Producción Experimental Agroindustrial (CIEPE), ubicado en Yaracuy, lejos del bullicio de la capital pero cerca del corazón de la ciencia aplicada al país. Maira no llevaba discurso ensayado, solo la certeza de que Venezuela no podía permitirse fallar. “No saldremos de vacaciones, no habrá descanso, nada, pero lo vamos a lograr”.
Lo que siguió fue un maratón científico sin precedentes. Las muestras de cacao llegaban sin cesar a la Fundación CIEPE, enviadas por el Servicio Autónomo de Sanidad Agropecuaria (SASA), que se encargaba del muestreo en el puerto. En el laboratorio de Fisicoquímica que dirigía Maira, cada tubo, cada cromatograma, cada resultado era una pieza en un rompecabezas nacional. Trabajaron día y noche, sin descanso, con una precisión que no admitiría margen de error, pero lo que verdaderamente la movía no era solo el deber técnico, sino una convicción más profunda: “¿Cómo íbamos a decirle a Japón que Venezuela no tiene quién le dé unos resultados confiables?”, recuerda hoy. “Eso me retumbaba en la cabeza: no puede ser… Nosotros tenemos que demostrar que sí podemos”.
Esa certeza venía de años de formación, de su mentor, el Dr. Wojciech Draminski (Boite, para ella) que siempre le repetía: si estás segura de que lo estás haciendo bien, da el paso. Y Maira estaba segura. Tanto, que cuando esa misma tarde la llamaron para una reunión con el viceministro, no dudó en demostrar que el trabajo estaba en buenas manos, y allí, entre ingenieros, funcionarios y diplomáticos, su aporte técnico fue clave para decidir el destino del embarque y con él la credibilidad del país ante un socio estratégico.

El desenlace fue histórico. Durante un año, Japón comparó los análisis del CIEPE con los de sus propios laboratorios. Los resultados coincidían, uno a uno, con una exactitud impecable, al final, la Fundación CIEPE fue reconocida oficialmente como laboratorio de referencia de Japón para el análisis de plaguicidas y aflatoxinas en cacao, un logro sin precedentes para un centro regional venezolano.
Hoy, al evocar aquel momento, Maira no busca reconocimientos. Prefiere dejar una enseñanza que reanude toda su trayectoria: “No les dé miedo. Si están seguros, den el paso”.
Otros desafíos
En medio de las deliberaciones técnicas del Comité del Codex Alimentarius (el organismo internacional que establece estándares globales sobre inocuidad y calidad de los alimentos) se abordaba un tema de creciente preocupación: la presencia de cadmio en el arroz, metal pesado, tóxico incluso en bajas concentraciones y que puede acumularse en el organismo representando un riesgo para la salud pública, especialmente en poblaciones que consumen arroz como alimento básico. Por ello muchos países presionaban por fijar límites estrictos y se esperaba que cada nación presentara definiera su postura.
Fue en ese contexto, durante una reunión celebrada en Holanda, que Maira González, como representante de Venezuela ante el Grupo de Aditivos y Contaminantes del Codex, se vio frente a una encrucijada profesional y ética. Los delegados, impacientes por cerrar consensos, le pidieron (casi le exigieron) una respuesta inmediata ¿qué posición tomaría Venezuela respecto a los niveles máximos permitidos de cadmio en el arroz?
En ese instante muchas voces habrían optado por una salida diplomática: asentir con lo que proponía la mayoría, o dar una respuesta genérica que aplacara las expectativas del momento, pero Maira, con la serenidad que da la convicción científica, eligió otro camino, miró a la mesa de delegados y dijo con claridad: “Venezuela no responderá ahora, necesitamos un año”.
No fue una demora por indecisión, sino una pausa por responsabilidad, sabía que responder sin datos propios (sin conocer realmente los niveles de cadmio en el arroz que circula en Venezuela) podía tener consecuencias graves. Si Venezuela adoptaba un límite demasiado estricto sin tener evidencia de que su suministro lo cumplía, corría el riesgo de bloquear sus propias importaciones o de ver rechazadas sus exportaciones en mercados internacionales y peor aún: una postura infundada podría convertirse en una barrera comercial autoimpuesta, perjudicando la seguridad alimentaria del país.
Así nació un proyecto nacional, meticuloso y urgente: analizar muestras representativas del arroz consumido en Venezuela, determinar sus niveles reales de cadmio y construir una posición técnica sólida, respaldada por la ciencia y alineada con los intereses del país. Durante ese año, Maira coordinó esfuerzos entre laboratorios, instituciones regulatorias y expertos en contaminantes alimentarios, demostrando que la diplomacia alimentaria no se trata solo de hablar en foros internacionales, sino de hacer la tarea en casa antes de alzar la voz.
No les dé miedo. Si están seguros, den el paso
Pero ¿quién es Maira González?
Nació en Caracas el 19 de noviembre de 1957 en la maternidad Concepción Palacios, fue la menor de siete hermanos. Creció en el 23 de Enero, en un barrio donde la dificultad se disolvía en alegría, donde aquella niña jugaba al escondite con sus sobrinos (tantos que ya era tía al nacer) y creía que el mundo cabía entre las calles de su barrio y el cariño de su madre, Francisca Rivero, “Paca”, la abuela de todos.
Aunque su padre biológico no estuvo presente, su padrino de bautizo la adoptó espiritualmente y la colmó de afecto. Criada en una familia donde las mujeres eran respetadas y ella, por ser la menor, “muy consentida”. En el bachillerato (en los liceos Francisco González Guinán, Manuel Palacio Fajardo y Fermín Toro) descubrió su pasión por la ciencia: física, química y matemáticas. “Me gustó muchísimo, no necesitaba casi ni estudiar. Prestar atención en clase era suficiente”.
Sus boletines llenos de veintes no impresionaban a su padre, pero eso no la desanimó. Al terminar el bachillerato presentó en la Universidad Central de Venezuela y quedó seleccionada en Ingeniería Química, su sueño. Gracias al apoyo de su madre también concursó en Fundayacucho, quedó seleccionada incluso para estudiar en Francia, pero el miedo la detuvo: “Ahí sí me pegó la mamitis”. Optó por quedarse en la UCV. En la universidad, fue una de las pocas mujeres entre hombres y lo que a otros les parecía imposible, a ella le resultaba “demasiado bonito”: “¿Y dónde está el problema?”, se preguntaba ante materias que atormentaban a otros y a ella le fluían con naturalidad.

Su vínculo con Yaracuy comenzó en unas vacaciones de agosto, visitando a su hermana, educadora en la región. Tras graduarse, ese lazo se volvió destino: su hermana soñaba con que trabajara en la Fundación CIEPE, y aunque su familia en Caracas se opuso, ella insistió: “Donde me salga trabajo, me voy”. En la entrevista quedó encantada: “Qué maravilla, qué bello, qué planta piloto”. El gerente, al ver sus calificaciones, le ofreció un puesto al instante, pero no había cupo en la planta piloto. “Si no es en la planta, yo no me quedo”, respondió.
Negociaron: quince días en el laboratorio de fisicoquímica, y si no te gusta, entonces te vas. “Desde el primer día que vi los cromatógrafos, me enamoré”. Allí descubrió la fascinante complejidad de analizar alimentos e interpretar lo invisible. Entonces decidió quedarse.
Investigación con propósito
Para Maira, ser investigadora no es acumular títulos sino solucionar problemas reales del país, no es quedarse solo en pensar los problemas, “es llegar a solucionarlos realmente”, enfatiza. Su labor ha estado centrada en garantizar que lo que comemos sea inocuo. “Detectar si hay contaminación, contactar a las empresas, proponer cambios de proceso… eso es fascinante”, dice, porque, en su visión, la investigación debe servir para que “las personas sepan que tienen derecho a consumir alimentos seguros”.
Comparte una anécdota reveladora: en un proyecto separó la vainilla de la cumarina (un adulterante cancerígeno) en extractos de vainilla. Pidió a su equipo de laboratorio que llevaran muestras de vainillas que tenían en sus casas para analizarlas y descubrieron con alarma que muchas contenían cumarina. “¿Qué pasa con el control sanitario?”, se pregunta. “Se hace al registrar el producto… y después más nunca”.
Un legado de valor
Su paso a la docencia fue inesperado. “Había decidido no ser docente nunca”, Pero al apoyar la creación de la carrera de Ciencia y Cultura de la Alimentación en la Universidad Nacional Experimental del Yaracuy (UNEY), todo cambió. “Fusionaba lo humanístico con lo técnico… y eso me hizo clic” en el aula, no enseñaba teoría abstracta, sino sus propias vivencias profesionales y eso marcó la diferencia. Sobre la docencia, su postura es clara: “Es indispensable que un docente sea investigador”. Aunque ella fue primera investigadora y luego docente, cree que la experiencia práctica es lo que da alma a la enseñanza. “Un docente que no investiga se queda en la teoría, sin verificar si lo que dice es real”.
Ser mujer en ciencia, reconoce, no ha sido fácil. Aún hoy, ya jubilada enfrenta prejuicios pero su respuesta es y siempre ha sido la acción. “La resiliencia nos lleva a solventar problemas, no a demostrar que podemos”. Maira González de Núñez no construyó su legado con ruido, sino con precisión: en cada análisis, en cada clase, en cada decisión tomada con integridad. Es la mujer que hizo hablar a los cromatógrafos, y que, al hacerlo, le dio voz a la seguridad alimentaria de Venezuela.

1 comentario
excelente!