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Tecnologías, mapas y saber ancestral para defender la soberanía
El Premio Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación en la mención Ciencias Sociales y Humanas le fue otorgado este año a un trabajo excepcional: el pueblo ancestral yanomami empleando tecnologías para producir mapas de comunidades en la frontera más lejana, hacia el sur
En 2022 Carlos Botto vino desde Puerto Ayacucho, Amazonas, a la Feria Internacional del Libro, en Caracas, en la Galería de Arte Nacional, a la presentación del libro “Desarraigos y resiliencias. Trayectoria de cinco científicos uruguayos en el exilio: Luis Yarzábal, Carlos Botto, Eduardo Dei-Cas, Jorge Guisantes y Josep M. Torres”.
Ahora, el 19 de noviembre de 2025, Carlos Botto volvió a Caracas, acompañado por su compañera de vida y de equipo, Beatriz Graterol, y por Andrés Blanco, ciudadano del pueblo ancestral yanomami. Estuvieron en la Sala Ríos Reina del Teatro Teresa Carreño recibiendo el Premio Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación en la mención Ciencias Sociales y Humanas, de manos del presidente Nicolás Maduro y la ministra para Ciencia y Tecnología, Gabriela Jiménez.
El trabajo ganador del premio se titula “Cartografía social Yanomami en la Sierra de Parima, Alto Orinoco, Amazonas”. En la entrega del premio dijo la ministra Gabriela Jiménez del yanomami Andres Blanco: “Él se presenta como enfermero auxiliar, pero es mucho más que eso. Andrés es la memoria viva de su pueblo, es el puente entre el conocimiento ancestral y la herramienta científica. Él aprendió desde niño, de su hermano y de su padre, a conocer la selva, los ríos, la cacería y la miel. Aprendió el mapa mental de su gente”.
Andrés Blanco se presentó en el Teatro Teresa Careño con otros dos amigos yanomami invitados, ellos nunca habían venido a Caracas y allí estaban, atentos a las palabras de la ministra: “Carlos Botto y Beatriz Graterol no ‘estudiaron’ a los yanomami, caminaron con ellos, aprendieron de ellos, y juntos tradujeron ese saber ancestral en una cartografía poderosa”.
Andrés en la entrega de los Premios Nacionales de Ciencia, Tecnología e Innovación 2025 (Foto MinCyT)
Después de la entrega de premios y menciones, nos encontramos con Carlos Botto y Beatriz Graterol, quien andaba con su madre plena de felicidad, porque su hija, también, como ella, estaba feliz.
Antes de contarnos cómo empezó todo, Carlos Botto quiso reconocerle méritos a Luis Yarzábal, uno de los fundadores del Centro Amazónico de Investigación y Control de Enfermedades Tropicales (CAICET).
“Básicamente, este trabajo respondió a una demanda de la población yanomami. La gente de Parima es la que tenía más contacto con nuestra sociedad moderna, y relataban que había problemas, que muchas veces eran problemas de salud, epidemias, pero eso ocurría en comunidades donde no se sabía dónde estaban, no existían para el Estado, eran invisibles. Ellos tuvieron una experiencia que motivó la creación de una organización, que fue en el año 2010, hubo una penetración de Garimpeiros. Se organizaron y se pintaron de negro, prepararon curare, prepararon sus flechas, sus arcos, algunas escopetas, y se reunieron veinte comunidades, que eran una cantidad sustancial. Esas comunidades de Parima B muchas veces tienen pequeños conflictos entre ellas, pero frente a esta amenaza, que era la presencia de garimpeiros y la muerte que había ocurrido de tres yanomamis, que los atribuían a esa presencia, dijeron: ‘vamos a vengar esas muertes, vamos a ayudar a nuestros hermanos’.
Pero antes de partir hicieron un gesto que fue muy importante, que fue un intento de articulación con el Estado venezolano, y esa articulación fue una carta que firmaron todos los liderazgos y la enviaron hacia la máxima autoridad militar de Puerto Ayacucho, para ese momento, año 2010. Esa primera autoridad leyó esa carta y dijo: ‘esto parece algo serio’. La solicitud fue que los acompañaran. En cuestión de semanas, la brigada de selva decidió acompañarlos. Y, efectivamente, partió una avanzada de gente de varias comunidades, cerca de veinte comunidades, en dirección al campamento. Atrás venía la brigada de selva, muy rezagada, porque no caminan de la misma forma que los yanomani en selva.
Al cabo de dos días de caminata llegaron al campamento. Al verlos, los mineros dejaron el pelero. Quizás tuvo influencia el sobrevuelo de un helicóptero que acompañaba a los yanomami. Entonces se fueron, sin disparar un tiro, sin que nadie saliera herido. Así recuperaron su territorio.
En el 2011 se crea la organización CORONAMI, una organización yanomami para la defensa de su territorio y de sus derechos. Y esa experiencia del año 2010 le dio la visión de la importancia que tenía la organización. Comenzaron a trabajar y tuvieron una vocería que estuvo representada por Andrés Blanco, que era quien presidía o quien coordinaba esa organización. Dos años después, en la segunda gran asamblea que tuvo esa organización, esa asamblea reunió más de 700 personas. No son personas que llegaban en avión, en carro, que las mandaba a buscar. Venían caminando desde las nacientes del Orinoco, de distintas partes de la Sierra.
En esa gran asamblea estuvimos presentes Beatriz Graterol, mi persona, también Mayris Becerra, un geógrafo que pertenecía a una organización indigenista. Fue una experiencia muy importante para mí, para todos nosotros. Y terminada la asamblea, y además, por decisión de esa asamblea, solicitaba atención en salud y atención en cedulación y en otros temas en las comunidades que no conoce el Estado. Entonces, para eso se hizo un taller de cartografía. Básicamente fue un grupo de yanomamis seleccionados por la propia asamblea, designados. No fue que un estudio, una investigación que hicimos, sino una respuesta, una demanda, con una direccionalidad dada por la propia organización.
Allí nos reunimos en dos fases, durante tres días, para en el gran aula y abono, que es la aldea comunitaria, que es un aldea bastante grande. Y allí ellos comenzaron a recibir elementos teóricos que les permitieran interpretar los mapas que ellos llaman napes, o sea, de lo blanco, pero empezaron a dibujar sus mapas mentales, su territorio que tenían. Este era un ejercicio de plena soberanía, porque en su territorio colocaban los ríos con su nombre, que no coinciden con los que están en los mapas de cartografía nacional, los recursos, la cacería, todo eso aparecía en esos mapas”.
Botto refiere que un grupo de yanomamis fue entrenado en el uso del GPS para que pudieran registrar por sí mismos las coordenadas de las comunidades muy remotas y aisladas, «Ellos se apropiaron de esa herramienta, aprendieron a interpretar los mapas, nos ayudaron. Yo tengo algunas fotos de reuniones en el centro de investigaciones, revisando una pantalla grande, las imágenes del radar, las imágenes que muestran el relieve, y sumando a eso su conocimiento del territorio».
Esa experiencia de organización y acompañamiento fue la que mereció ganar el Premio Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación 2025.
Testigos, acompañantes y protagonistas
Carlos Botto nació en abril de 1947, y está en el país desde 1979, cuando se vino al exilio desde Uruguay. Aquí ejerció la medicina en el estado Sucre, en la Península de Paria, en Araya, en Yaguaraparo. Luego, en 1980, cuando estaba de guardia, fue llamado por Jacinto Convit para trabajar en el laboratorio de Parasitólogía.
“En1981, el mismo año, me integré con apoyo de la gobernación del estado Amazonas, como asesor en enfermedades parasitarias con dedicación exclusiva en el Programa de Investigación y Control de Enfermedades Tropicales en el Territorio Federal Amazonas (PROICET-Amazonas), dirigido por Luis Yarzábal. En mayo de 1981 participé en una expedición a la frontera sur de Venezuela, en la sierra Parima, donde la población indígena yanomami estaba afectada por oncocercosis (o ‘ceguera de los ríos’), malaria, hepatitis y diferentes enfermedades endemoepidémicas, que producían altas tasas de morbilidad y mortalidad.
Beatriz Graterol cuenta cómo llegó al proyecto:
“Yo me gradué como ingeniera agrónoma en la UCV, en Maracay. Siempre fui perteneciente a los grupos ambientalistas, siempre estuve interesada en esa área. Cuando hice agroecología en la facultad y empezamos a hacer mapas, a mí eso me pareció tan impresionante, que se relacionaba más con lo que yo quería. No solamente con un cultivo en particular, sino con ríos, suelos. Después que me gradué hice una maestría en Zoología Agrícola, y también volví a descubrir allí en la facultad que había un posgrado en Evaluación de Impactos Ambientales.
Luego gané una beca para irme a Alemania a estudiar Evaluación y Gestión Ambiental. Estando en Alemania ocurrió el deslave de Vargas y me sentí un poco culpable, porque yo andaba preocupada por el bienestar de los animales, y de pronto ocurre esa tragedia humana. Regreso a Venezuela y surge la oportunidad de trabajar en la Amazonía, en el Centro Amazónico de Investigación y Control de Enfermedades Tropicales (CAICET). Y justamente estaba Carlos buscando una persona y creando una unidad nueva que se llamaba Ambiente y Salud. Cuando llegué a Amazonas veía plantas que se parecían a las que yo había visto, pero que no sabía qué eran, porque eran otras, eso nunca se estudiaba en la universidad. Y empecé a comer otros alimentos.
Me estuve especializando en cartografía, en sistema de información geográfica, y ahí comenzamos. Yo fui trabajando después de ahí de la cartografía formal, esta que se hace con la descripción, con los mapas físicos y todo eso. Fui avanzando también en la cartografía participativa, con la gente, lo que la gente veía. Era como empezar, cambiar el lugar, el foco desde dónde se veía, desde dónde se hablaba, no solamente desde otros que decían que era su territorio, sino desde la gente que vivía allí; qué era lo que creían, qué era lo que le significaba para ellos. Entonces surgió esta necesidad de este trabajo.
Sobre Andrés, el guía, líder y baqueano yanomami que los acompañó en el proyecto, Botto comenta que cuando lo conoció era un niño de tres años. El tiempo pasó y ahora ese niño es un líder de su gente: “El aislamiento lo que ha preservado en esas comunidades ustedes lo ven en este joven yanomami, Andrés. Es joven para nosotros, tiene 45 años, pero en su comunidad alguien que tiene esa edad es un liderazgo importante, es considerado una persona que guía. Una persona de 45 años entre los yanomami es una persona sabia, debido a que la la esperanza de vida es bastante diferente a la nuestra en la selva, donde hay malaria, donde hay enfermedades mortales y animales pozoñosos. Andrés es hijo de un chamán poderoso, que ya no vive. Él no habla de su padre porque hay un tabú muy fuerte, no se puede hablar de las personas fallecidas. Con él aprendió de cacería, de conocimiento de las mieles. Ahora es consultado y es capaz de de dirigir o de coordinar”.
La ministra Gabriela Jiménez dijo sobre este proyecto: “Este conocimiento profundo del territorio no es solo un recuerdo, sino un instrumento de soberanía”.