José Roberto Duque / Fotos Nathael Ramírez
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Siempre pasa: la gente que, sin saberlo o a sabiendas, está destinada a decirte cosas trascendentales, importantes y un poco mágicas, cuando la convocas para hacerle una entrevista suele informar que le incomoda o la pone nerviosa eso de someterse a las preguntas de un preguntador. Daniela Canelón parecía cualquier cosa menos nerviosa cuando el equipo fue a visitarla en el Centro de Ecología del IVIC. Saludos, presentaciones, y después su invitación para subir a la pecera; así se le llama en muchos edificios a una oficina o salón rodeado de paredes de vidrio.
Se sentó de espaldas a uno de esos cristales, detrás de cuya clara y entrañable transparencia burbujea de vida un tramo del bosque (¿Nublado? ¿Húmedo? ¿de Galería? Habrá que preguntarle, ella es ingeniera en Recursos Naturales Renovables). Ahí el riesgo era que ese paisaje formidable y la inmensa variedad de pájaros a sus espaldas nos distrajeran mientras la entrevistada hablaba. Pero ningún fenómeno es capaz de distraerte cuando Daniela empieza a hablar y a echar cuentos:
Estamos en la pecera y Daniela es un pez en el agua.

El relato de los orígenes de su vocación es minucioso, a veces tierno y a veces rudo: el tipo de temperamento que puede esperarse de alguien que nació en Acarigua (1993), ciudad llanera a 190 metros sobre el nivel del mar, y de pronto es llevada a vivir en Biscucuy, en la montaña, a más de 1.000 msnm. La avalancha de recuerdos de Biscucuy comienzan con la influencia de sus padres en sus logros y decisiones: José Rafael Canelón, el papá, fue contador y luego se entregó a la propagación de la fe cristiana; María Barraez, la mamá, una “mujer asombrosa” (son sus palabras), dueña de un ingenio y una capacidad de resolver situaciones en la casa: “construcción, arreglar cualquier cosa, dedicarse a nosotros, buscar la manera de solucionar. Yo le preguntaba a mi mamá cualquier cosa y ella me decía ‘eso es así, esto es así’. Esa admiración que yo tengo por mi mamá y verla a ella fue mi ejemplo a seguir. Y eso fue lo que a mí me inspiró a seguir, a ser como ella”.
Capítulo especial para su hermano Daniel, quien le insufló buenas dosis confianza para que hiciera su primera exposición pública cuando estaba en quinto grado. A a sus diez años de edad, a la niña le asignaron como tarea investigar y exponer en clases un tema tan engorroso como los virus VPH y VIH. A Daniel le atribuye el combustible vital que significó el haber confiado en ella; al final de la exposición se pararon a aplaudirla, y ya sabemos los efectos que surten esos episodios en los niños: a sus 32 años todavía Daniela se conmueve al recordarlo.
Seguimos en su niñez: mudada la familia a una zona montañosa de nombre revelador (Valle Verde) cerca del río Sajuaz, un lugar de grandes árboles cuyas ramas se entrelazaban allá arriba y formaban un túnel verde, su padres y hermanos hicieron una casa de adobes de barro, cosa que para muchos significa pobreza pero para ella era la felicidad. Conocieron la escasez, y de hecho recuerda un arranque infantil que resultó ser profético: la vez que le dijo a su mamá, en mitad de un recorrido por el mercado, qué les iba a pasar cuando ya no hubiera espaguetis en el mundo. La cosa fue un chiste familiar más o menos hasta 2014, cuando, efectivamente, no había ni espaguetis ni harina ni azúcar ni arroz ni nada en los expendios.

En su paraíso vegetal de Valle Verde la chama empezó a notar con indignación que la zona se estaba poblando a un ritmo veloz, y que para abrir espacios donde construir las casas la gente empezó a deforestar, a talar grandes árboles. Y no se quedó con la indignación: más de una vez se acercó a aquellas personas para reclamarles, para preguntarles si tenían permiso para tumbar esos árboles. Adentro le quedaron algunas sensaciones encontradas: rabia y tristeza por lo que hacía gente depredadora, y amor por la naturaleza.
Hora de descubrimientos
Llegó el momento inevitable en que Daniela se hizo adulta y debió escoger una carrera para estudiar en la universidad. Descartada la carrera de Medicina por varias razones, se instaló en los calorones de Guanare, en la Universidad Nacional Experimental de los Llanos “Ezequiel Zamora” (UNELLEZ) y comenzó a estudiar Ingeniería en Recursos Naturales Renovables.
Dice:
“Cuando yo estaba por el cuarto semestre, aproximadamente, empecé a ver materias un poco más profundas y a compartir con profesores de amplia trayectoria, como el profesor Marrero, doctor en Ecología Tropical. Esa larga trayectoria, esa experiencia, esa pedagogía, creo que no me marcó a mí solamente, sino que marcó a una generación de estudiantes. Y nos marcó tanto así que fue una cuestión de amor, de arraigo por la naturaleza. Ese profesor nos llevó a hacer prácticas de campo a Morrocoy, a diferentes parques nacionales, para mostrarnos cómo interactuaban los organismos en ese ambiente. Yo creo que ahí fue donde empecé a despegar. Luego, en en el quinto semestre, hubo otro profesor que me dio Ecología, Oswaldo Torres. A mí no se me quedó tanto el discurso de la clase, comparado con algo que nos dijo: que uno tenía que ser dedicado y constante, y que eso era la clave del éxito. Esas palabras yo las sostengo y las mantengo actualmente. Hay personas brillantes que llegan a nuestra vida y nos dicen algo que, sin ellos saberlo, marcan nuestra vida”.

La pasantía en el herbario de la UNELLEZ, el ejercicio de aprenderse los nombres científicos de las plantas y el contacto con docentes que dejaron huella en su ánimo (Basil Stergios, Nidia Cuello, “una de las mujeres estaban liderando la botánica en ese momento”; otros) la fueron levando al instante en que egresó y recibió el apoyo de Asomuseo, una organización que apoyaba a los egresados y al Museo de Ciencias Naturales de la UNELLEZ, para que desarrollaran sus investigaciones y sus líneas de trabajo. Daniela se aplicó a hacer investigaciones de la vegetación en un tipo de bosque llamado “plantaciones forestales de Smurfit” en varios estados.
Fue en los inicios de sus investigaciones en el Parque Nacional Guaramacal (Trujillo) cuando comenzó a tener encuentros cercanos con premios y con instituciones importantes, como el Instituto Smithsoniano de Washington, que llevaba un proyecto con la UNELLEZ; le otorgaron el premio José Cuatrecasas a la excelencia botánica, y le indicaron que para poder continuar con el apoyo del Smithsoniano debía publicar en revistas científicas arbitradas, al lado de investigadores de amplia trayectoria. Se había interesado en el estudio de unas plantas parásitas, unos bejuquitos malasangres que se conocen comúnmente en el campo venezolano como “pajarito” y que muchas veces destruyen y secan los árboles frutales. Resultó que dos variedades de las que había visto y descrito en Guaramacal no estaban descritas ni clasificadas. Las llamó Dendrophthora apiculata y Dendrophthora coronata (Canelón, Dorr, Niño y Caraballo).
A la joven Daniela todavía le faltaba camino para llegar a los 30 años. A una edad a la que, según rigurosos estudios científicos, la mayoría de los vagos y flojos todavía no sabemos qué vamos a hacer con nuestras vidas, Daniela ya podía demostrarle al mundo que había descrito dos especies desconocidas para la ciencia.
Ese afán descubridor y aventurero no se detuvo ahí. Pocos años después, cuando el Covid-19 le permitió salir a continuar sus investigaciones, tuvo otros de esos encuentros cercanos con especies “nuevas” o desconocidas. Una de ellas la llamó Dentrophthora kuijtiana, (Canelón et al.) con cuyo nombre decidió homenajear al doctor Job Kuijt, legendario botánico canadiense, alta autoridad en plantas parásitas. Este prestigioso científico confirmó que esa planta no la había descrito nadie antes, con la excepción del nombre popular y el sabio dictamen de nuestro pueblo: “muchacho, eso es pajarito, un bejuco fastidioso que seca las matas”.

La racha continuó en 2024 con el hallazgo de dos tréboles: Oxalis paramoensis y Oxalis amicorum. El primero lo encontró en los páramos andinos (por eso lo de paramoensis). Y al segundo, encontrado en un complicado talud o barranco de Guaramacal en plena floración, lo llamó de esa manera (amicorum) porque invoca a la amistad. Específicamente es un homenaje a sus panas Rick y Carol, que le dieron hospitalidad, cuidados y cariño cuando estaba en el trance de investigar en herbarios de Estados Unidos si de verdad esas especies no habían sido descritas en ninguna parte.
Finalmengte, también en Guaramacal, describió en artículo conjunto con Santos M. Niño y Laurence J. Dorr una especie a la que bautizaron Ouratea chepelli.
Pareciera que ella no sale a buscar plantas extrañas sino que las plantas van a encontrarla. Tal como los éxitos, que según ella “no los he buscado, llegan solos si uno trabaja en silencio”.

El premio y el futuro
Pues resulta que esa muchacha inquieta que se emocionaba hasta las lágrimas en Biscucuy (y todavía hoy le pasa en el Centro de Ecología del IVIC) la mucha pasión, el ejemplo de la mamá y de sus profes, la han traído a un punto estelar de su carrera: ha sido galardonada con el Premio Nacional de Ciencia y Tecnología “Dr. Humberto Fernández-Morán” 2025, mención Investigadora Novel. Pero de ninguna manera piensa detenerse en este punto; la línea que quiere desarrollar es el trabajo organizativo con comunidades para que sean los pobladores quienes asuman la conservación y protección de los ecosistemas vulnerables. Ya tiene alguna experiencia en ese asunto en Barrancas (Barinas), e incursiones en la grave problemática ecológica del semiárido larense (explotación de madera para carbón vegetal en el cerro Saroche).
Fuera de pauta, Lheorana quiso indagar en su posición respecto a la maternidad y al rol de la mujer en la ciencia. Esto dijo:
“No soy madre todavía, pero es un reto también, va a ser un reto cuando lo quiera. Soy casada, tengo mi esposo, en cualquier momento quisiera ser madre y creo que sería una oportunidad también para ponerme a prueba como lo he hecho con todas estas cosas. Ser madre tiene sus desafíos. Hace unos días llamé a mi mamá para agradecerle por todas las cosas que ella ha hecho por mí. Porque levantarse todos los días a las cuatro, cinco de la mañana, hacerme una arepita con huevo, con carne, con lo que fuera, para que yo fuera a la escuela, no tiene precio, y eso nunca se paga. El valor de la mujer sola como madre es algo que ha sido menospreciado por mucho tiempo. Creo que es el momento de cambiar eso, es invaluable el trabajo de las mujeres que sostienen una casa. Es un desafío”.

4 comentarios
Daniela es prueba de que aquí nacen mujeres extraordinarias, capaces de descubrir, crear, proteger y dejar huella en el mundo. Qué bonito vernos reflejadas en ella.
Encomiable el trabajo de esta joven ecóloga. Y saben otra cosa Bastante talento hay aquí…
Qué hermosa entrevista! Felicitacones JR.
Igualmente y gracias