Nicanor A. Cifuentes Gil
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En la obra titulada: “Los pobladores palafíticos de la Cuenca del Lago de Maracaibo” la antropóloga Erika Wagner, en 1980, recoge e interpreta los resultados de las excavaciones arqueológicas conducidas de 1973 a 1975 en Lagunillas, estado Zulia, donde se encontraron evidencias de una cultura humana que floreció entre 2.200 y 2.500 años antes del presente. Los hallazgos se ubican entre las tradiciones cerámicas más antiguas del occidente venezolano. Hablamos pues de un estudio que en dos años (desde 1973 a 1975 del siglo pasado) llega a reunir evidencia arqueológica de al menos unos 270 años, que revelan los albores de grupos humanos vinculados a comunidades directamente relacionadas con ecosistemas propios de una biogeografía lacustre / estuarina, capaz de asumir las complejas interacciones tropicales que permitieron crear las condiciones para ensanchar la aparición de culturas creadoras de identidad y vínculos con el lugar de vida.
Estas excavaciones estuvieron asociadas a estudios y exploraciones en campo debido a las necesidades de la industria de hidrocarburos en Venezuela, de hacer reconocimientos puntuales en áreas propicias para la explotación de la energía de combustibles. Las enormes potencialidades del petróleo en la Costa Oriental del Lago / Estuario de Maracaibo permitieron avanzar con estas exploraciones más allá de las entendibles aspiraciones exploratorias de la industria de hidrocarburos nacional.
Es allí donde “entran en escena” tecnologías nucleares con fines pacíficos conocidas como radioisótopos, que permiten a las y los arquélogos precisar con escasos márgenes de error la exacta escala temporal de los utensilios encontrados en los yacimientos. La evidencia y el estudio contrastado conduce a la comprobación de conjeturas paleobiogeográficas (ecología pasada) que no son más que aproximaciones especulativas, desde las evidencias, de escenarios ecosistémicos y culturales para poder levantar una idea acorde a lo que naturalmente pudo haberse manifestado en las riberas del conocido Lago de Coquivacoa.
Se habla en la investigación de la presencia de “tradiciones cerámicas más antiguas del occidente venezolano” que revelan los albores del pueblo nación indígena añú (gente del agua), establecida en construcciones de madera por encima de la superficie estuarino lacustre (palafitos), que no son más que la interpretación simbólico-cultural de las grandes capacidades de refugio que el ecosistema de manglar (mangle rojo fundamentalmente Rizophora mangle), con sus raíces zancudas dentro del agua, les revelaba a los primeros pobladores de estas geografías acuáticas.

Señala bien Wagner cuando relata que “(…) de los cronistas y de la escasa información que proveen los investigadores modernos, se desprende que los paraujanos han sido tradicionalmente pescadores y recolectores sedentarios, siendo la caza de importancia secundaria como fuente de alimentación”. Lo escueto como “denominador común” de estos diversos autores también está vinculado a otras dimensiones: “(…) No nos han dejado datos sobre la ecología de la región, ni especifican las especies que pescaban, recolectaban o cazaban”, según concluye Wagner.
La única excepción la constituye Agustín Codazzi (1841) cuando nos dice en su obra “Resumen de la Geografía de Venezuela” que: “Los Zaparas, Aliles, Tamanares, Bobures, Toas, Quiriquires, Carates y Alcoholados, naciones y tribus habitaban alrededor y en las orillas del Lago de Maracaibo y Río Sucui (sic). Algunos restos existen todavía en la Laguna de Sinamaica, Lagunilla, Moporo y Ticaporo, en cuyos lugares hay varias familias reunidas que viven en chozas elevadas sobre horcones de vera en medio del agua. De estos pueblos anfibios se cuenta que para hacer la caza de los patos comenzaban por echar al agua muchas taparas. Cuando las aves acuáticas se acostumbraban á la vista de aquellas boyas, tomaban los indios otras semejantes en que metían la cabeza después de haber practicado dos agujeros proporcionados para los ojos. Con este artificio se acercaban á los patos unas vezes á nado y otras caminando; pero siempre con disimulada lentitud, como si la tapara fuese impelida por el viento ó la corriente, y ya entre ellos, lo iban tomando por las patas y sumergiéndolos en el agua para asegurarlos por la cabeza á una cuerda que tenían atada a la cintura”.
Más adelante el geógrafo destaca un dato revelador clave para entender el ser / estar anfibio del pueblo indígena añú, habitante de la zona: “(…) El objeto verdadero de vivir en medio del agua, no es por la insalubridad del clima, como algunos han creído, sino para librarse de la plaga de zancudos y jejenes que abundan mucho en los terrenos circunvecinos sobrecargados de una lujosa vegetación”.
De las fuentes también se infiere que la cultura material y la tecnología de los añú han sido simples y que poseían una organización social no estratificada. Y para el año 1980 destacaba Érika Wagner que “(…) No disponemos de información confiable sobre su sistema religioso tradicional. El tejido y la cerámica no eran conocidos entre los Paraujanos y siguen fabricando cestas y esteras de enea y elaboran una serie de utensilios especializados para la pesca con arpones, lanzas y flechas”.

La vivienda palafítica y la común unidad
La construcción de palafitos como viviendas está entre uno de los rasgos de vida aborigen que han conservado los añú y sus descendientes criollos. Estas viviendas descansan sobre pilotes de mangle u horcones de vera, resistentes a la acción constante del agua. Wagner destaca:
“(…) el resto de los materiales de construcción clásicos eran las hojas de palma para cubrir los techos y esteras hechas de enea. Hoy en día con frecuencia prefieren utilizar tablas de madera en vez de esteras en sus paredes. Las casas son generalmente pequeñas y consisten en una choza que sirve de vivienda y otra contigua, abierta, que es la cocina. Los principales horcones de estas dos chozas se encuentran enclavadas en el fondo del lago a un metro debajo del nivel del agua. El piso de ambas está formado por una serie de varas o latas redondas que descansan sobre vigas fuertemente amarradas a los horcones y, entre una y otra, hay también algunos estantes clavados en el fondo que sirven para dar mayor estabilidad al piso, el cual está aproximadamente a 1,20 metros sobre el nivel del agua. El techo de los palafitos es de dos aguas, de 45 grados de inclinación. La choza que sirve de vivienda está forrada por los cuatro lados por esteras y la puerta es usualmente una abertura de 1,20 metros por 0,70 metros, la cual se cierra por medio de otra estera Usualmente las viviendas son de 3,60 a 4 metros de ancho por 4 a 5 metros de largo y la altura es de dos metros. Existen algunos palafitos más grandes cuando el número de personas que integran la familia es mayor”.
Importante pues no perder de vista que hablamos de comunidades acuáticas con viviendas construidas en hileras regulares cerca de la orilla lacustre estuarina separadas por unos canales de ocho a diez metros de ancho, “(…) aunque a veces están conectadas por una estrecha tabla o maroma que sirve de puente a través del cual se desplazan los ancianos y las mujeres, utilizando una vara larga que apoyan en el fondo del agua”, describe Wagner en su estudio de 1980.
Sobre el Yacimiento Lagunillas
Durante 1972 y 1973, años en que se iniciaban las excavaciones en la región de Lagunillas y Bachaquero (del otrora distrito Bolívar del Estado Zulia), se desconocía por completo la arqueología de la costa oriental del Lago. En ese sentido considero ilustrativo los aportes que ofrenda Érika Wagner cuando nos describe el yacimiento Lagunillas:
“… se caracteriza por una cerámica muy elaborada, distinta a Bachaquero, en la cual los artesanos enfatizaron la decoración plástica, muy rica en formas y motivos decorativos. Esta cerámica difiere de la tradición Dabajuroide y de Zancudo y otras fases del sur del Lago de Maracaibo establecidas por Sanoja y sus asociados (Sanoja, 1970) Lagunillas no sólo constituye una nueva fase arqueológica para la cuenca de Maracaibo, sino que representa por ahora el poblado palafítico más antiguo excavado del país”

(…)
Foto Candi Moncada
“Como el yacimiento estuvo bajo el agua por mucho tiempo, la cerámica de Lagunillas estaba húmeda, blanda, fragmentada y desgastada por la acción acuática. Esta cerámica estaba asociada con carbón quemado, raíces de mangle y, donde la preservación era adecuada, con fragmentos de madera quemados. Los restos de madera, el hecho de que el yacimiento estuviera bajo el agua antes de la construcción de los diques y la presencia de restos de palafitos cercanos al yacimiento pertenecientes a un poblado palafítico de unos 350 años de antigüedad (en base a dos fechas radioactivas obtenidas del lugar), permiten sugerir que la población aborigen precolombina de la fase Lagunillas también vivió en palafitos”.
Fue entonces un importante hallazgo revelador que permite entender en justa dimensionalidad el poblamiento de esta región asumida hasta hace poco (finales del siglo XX) como inexplorada e inhóspita, terra incógnita donde todo comenzó con la llegada del boom petrolero. Hablamos de una presencia aborigen acuática que fue estableciendo nexos vitales con la geografía que le daba sustento.

Lo relevante de este trabajo arqueológico se entiende en el vital “vuelco” de atención sobre dimensiones, gestos, visiones de mundo de las y los primeros pobladores humanos mutiladas cuando no borradas por el avasallamiento colonial eurocéntrico. Representa sin duda un acto científico revelador pero, viéndolo en ventaja retrospectiva, también se erige como un acto científico reparador que desde sensibles y reflexivos esfuerzos devela asimetrías en cuanto a cómo entendemos los espacios y tiempos que nos antecedieron en la Venezuela que hoy conformamos. Resulta pues revelador como un hallazgo arqueológico desenterrado puede brindar importantes referencias de vida humana vinculada a los ecosistemas altamente productivos asociados a los bosques de manglar estuarino lacustres y establecerse como el primer y hasta ahora más importante hallazgo de poblaciones palafíticas en Venezuela.
Los indígenas añú (conocidos también desde el idioma wayú o wayuunaiki como paraujanos) asociados a la cuenca del Lago Estuario Maracaibo tienen en estos hallazgos y en esta evidencia arqueológica poco divulgada una importante y fructífera conexión existencial.