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Viviendas y recintos que capturan crepúsculos

por Teresa Ovalles Márquez
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Teresa Ovalles Márquez / Fotos Fabricio Martorelli

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Escribir sobre Fruto Vivas con la excusa de localizar sus Casas para la vida, en Barquisimeto, es invocar un árbol y su ramaje que se eleva al cielo en una tarde crepuscular. Fruto habitó y atrapó con su oficio al Barquisimeto de ocasos y del barro sencillo del que están hechos nuestros seres y sus casas del pasado ancestral. Así se libró del olvido Fruto Vivas, como las frutas llevan en su esencia el dulce sabor para un goce humilde y sencillo.

En la obra de Fruto toma forma el deseo de volar, de desafiar la gravedad, de construir en el ligero viento estructuras arquitectónicas capaces de enfrentarse al más devastador terremoto, como en Playa Grande, La Guaira, donde se mantiene, erguida y robusta, la quinta El Palmar, que se asoma al litoral central desde este difícil agosto.

Admirar, equilibrar y respetar los elementos de la aldea: la tierra, el aire, el fuego, el viento y sus árboles. En eso consiste el Árbol para vivir, el audaz edificio de Puerto la Cruz y otras de sus muchas obras. Armonizar con lo natural y tomar de allí para construir.

Al leer su libro «Las casas más sencillas», se entiende el concepto de los Árboles para la vida y la arquitectura de la necesidad, que Fruto, como buen comunista, tenía siempre en cuenta. Desde ese significativo texto se entiende también la vivienda productiva y saludable que enseñó a construir. Una vivienda ecológica, dicen.

Son casas como las que visitaba Alirio Díaz en La Candelaria, Carora: de barro, abrigadoras siempre, conuqueras… A la mayoría que somos no nos cuesta remontarnos a la aldea natal, como hacía ese otro maestro, porque es como acercarse a la madre, a los amigos de la infancia… al sonido de las aves cuando empieza a amanecer.

Habitar un papagayo

Las casas y los sueños de Fruto están esparcidos por el suelo larense. En el Parque Recreacional Francisco Tamayo, en el oeste de Barquisimeto, se levanta una de las obras más ensoñadoras de nuestro emblemático alarife. Una estructura que tiene la forma de una cometa impulsada por el viento que busca atrapar la luz crepuscular de las tardes barquisimetanas. Las luces artificiales alrededor del simulado papagayo –anclado al suelo– atrapan el fulgor rosa y naranja de los atardeceres hacia el interior de la estructura, creada para que jueguen niñas y niños. Una cometa tradicional de 5 veraras. Es La casa de los juguetes para la infancia larense, joya arquitectónica que necesita atención y cuidados para preservarla.

Para Fruto, Melisa Parra no sólo fue su joven colega, sino también su “maquetóloga”. Ella hacía geniales piezas tridimensionales cuando era apenas una pasante de la UCV; elogiada también por su “nono” Francesco (Franco) Gonnela. “Un italiano que logró ‘maquetar’ su pueblo natal con el solo recuerdo”, indica Melisa.

Esta arquitecta, que tuvo el privilegio de compartir su oficio con Fruto –tiene 42 años y cara de muchachita– se expresa con cariño de sus maestros Fruto y de su “nono” Franco. Admira en ellos el respeto que ambos brindaban a sus equipos de trabajo. Eran las “ganas de que uno aprendiera”.

Melissa logró materializar obras institucionales, más que casas. La Flor de Venezuela forma parte de sus logros profesionales especialmente cuando llegó de Alemania y la implantó en Barquisimeto.

Al hablar de las casas, explica que la teoría del «árbol para vivir» es como una filosofía de diseño que prioriza la sostenibilidad ambiental, la lógica estructural de la naturaleza y el uso de tecnologías simplificadas o de mínimos elementos.

“Es entender las condiciones climáticas, cómo puedes ser parte de un lugar y modificarlo sin atropellarlo, es decir, generar el hábitat, entender los recursos que nos brinda la naturaleza. Para proyectar socializando y coqueteándole al hábitat, evitando invadirlo, porque algunas veces lo abordamos de una manera abrupta. Debemos reconocer las técnicas tanto locales y tradicionales como estructurales del trabajo de Fruto”.

Ojímetro

Fruto dibujaba sus planos y sus propuestas a mano alzada, pero con escala. “Tú podías medirla y tenía la escala, justo la medida que él señalaba. Algo difícil de lograr en este quehacer de la arquitectura, porque uno puede construir los bocetos a mano alzada, pero no siempre logras trabajar a una escala determinada, como si tuvieras una regla, ¿sabes?»

El maestro alarife le construyó la casa a Iván Faro, en la avenida Morán, comenta Melisa. Faro también era un arquitecto importante, de la misma época de Fruto. “Esa casa era bellísima, la desmontaron, se podía desmontar. Era de la época de las casas de madera de Fruto. Se la llevaron a Apure, la compró una empresa privada”, recuerda.

Entre las casas más elogiadas están la Casa Riccio; la de los Furiati –ubicadas al este, en el Pedregal– y la del arquitecto Iván Faro. Las dos primeras fueron vendidas y están siendo remodeladas.

–Lo poco que conozco de los proyectos, es que ambos lo preservaron mientras fue de ellos (la de los Furiati y la Riccio). Creo que hay un tema al no valorar la esencia de la arquitectura de Fruto. Hay una sustitución, quizás, por códigos estándares que tal vez no son tan cercanos a lo que concebía Fruto. En ese sentido, me parece que bien valdría la pena tener cuidado. Creo que es importante reconocer el patrimonio arquitectónico contemporáneo que tenemos en nuestro país y poder preservarlo y difundirlo, porque en la medida en que lo conozcamos, pues lo vamos a respetar y apreciar más.

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1 comentario

Carmen Pacheco 22 agosto 2026 - 18:39

Me encantó la crónica del árbol y Fruto Vivas. Está genial. Gracias por compartir.

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