Teresa Ovalles Márquez / Fotos Fabricio Martorelli
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Mi hogar está en una montaña que la niebla ha ocultado,
y yo estoy aquí, atrapado en la llanura del silencio…
Nimá Yushich, poeta persa
En esta segunda entrega rescato la breve pero significativa historia de la nación gayona que tenía dominio sobre tierras tocuyanas desde antes del genocidio español.
Durante la invasión de los bárbaros ibéricos, que se impusieron a punta de arcabuces, torturas y muerte, la nación gayona organizaba rebeliones. El conocimiento de la compleja topografía local, que ignoraban los recién llegados, era su poder y su escudo de protección en las asimétricas batallas. Era el arma más poderosa que tenían.
En ese contexto, hay un detalle significativo de la dimensión osada de nuestras mujeres que es el que nos ofreció el profesor Rolando Graterol, doctorante del Programa Nacional de Formación Avanzada en Historia. Una rebelión de 40 años la encabezó la gayona Anasoli –Flor del Campo, en lengua nativa– para defender sus predios.

Vuelta a El Tocuyo
Doy el brinco y me asomo a la carretera que nos lleva a El Tocuyo desde donde se aprecian las cárcavas de Quíbor, a 30 minutos de Barquisimeto, poco después de La Tinaja gigante. Son accidentes geográficos que nos hablan del testarudo tiempo (erosión), que se impone y va socavando con el lento cincelado de ancestrales lluvias y del viento.
Luego nos topamos con una ciudad de monumentos del pasado colonial que hacen que El Tocuyo desbarate el olvido. Son memoria, como la gente que trasciende. Pío Tamayo, Lisandro Alvarado, Pablo Canela y su gavilán… derrotan la desmemoria y construyen una historia que vale la pena contar y vivirla.

La caminata meridiana para descubrir sus valiosas edificaciones la hicimos acompañada de la directora de la Casa de la Cultura, la arquitecta Nancy Coromoto Anzola; del poeta tocuyano Arnaldo “Nano” Guédez y del artista fotógrafo Fabricio Martorelli.
Entramos a la casa en recuperación que fue el club Ideal, luego club Concordia. Desde 1894 funcionó como la Sociedad Progresista y Recreativa que funda Egidio Montesinos Canelón. Más tarde, Ezequiel Bujanda la convierte en la Sociedad de Artesanos y ya para 1918 el club Concordia era como un ateneo frecuentado por personalidades como el médico, naturalista, etnólogo, historiador y lingüista Lisandro Alvarado; el educador barquisimetano, historiador y escritor José Gil Fortoul, entre otros, que se reunían para fomentar tertulias y debates. Este lugar irradió saberes hacia todo el centro occidente del país. Fue una referencia como centro de encuentro de escritores y educadores.


A continuación entramos al museo Lisandro Alvarado, un edificio moderno en el que se custodia parte de la memoria de la tierra del tamunangue o sones de negro, y del golpe tocuyano. La sala de pintura Ángel Hurtado resguarda la mayor parte de las colecciones pictóricas locales, posee una copia del primer mapa de Venezuela (cuyo original reposa en España); objetos e indumentaria de Lisandro Alvarado y las campanas originales del que fuera el convento de Los Ángeles, hoy Casa de la Cultura. En sus paredes cuelgan impresionantes fotografías de las devastaciones del terremoto de 1950, en formato de afiche. Fue fundado al cumplirse 50 años de la muerte del médico y sabio tocuyano Lisandro Alvarado.
Adelantamos unos pasos para encontrarnos con la Biblioteca Moderna Egidio Montesinos, institución que rinde homenaje al poeta Alcides Losada y al educador epónimo.


La iglesia de la Inmaculada Concepción, considerada el templo mayor, entre los siete esparcidos por la ciudad, se remonta al siglo XVI. Fue declarada Monumento Histórico Nacional en 1960. Tras ser demolida por los daños del terremoto de 1950, fue reconstruida como la original. En su fachada frontal conserva una capilla donde se sepultaba a los sacerdotes de la época colonial. Un púlpito de madera tallada y un museo de arte sacro son su sello. Hay tallas de madera en la pared, tras el altar, que nos remiten a la excelencia de artesanos y ebanistas tocuyanos. Su torre principal es la estructura más alta de la ciudad, punto a partir del cual se limitó la altura de nuevas construcciones en El Tocuyo.
Ruinas de Santo Domingo es un templo dominico que existe desde antes de 1579. Es parte también del grupo de los siete templos. Resultó severamente afectado por el sismo de 1950. De su estructura se conserva un ala con murales de estilo grecorromano y esculturas ornamentales. Se encuentra en proyectos de inspección patrimonial para preservar su techo; al frente se ubica la plaza con el monumento erigido en honor al maestro Egidio Montesinos. El espacio fue construido por sus discípulos tocuyanos.


Las casas de latón
Cincuenta casas prefabricadas que hoy están en el barrio El Pozón fueron traídas desde Maracaibo, durante el auge petrolero, para reubicar a las familias afectadas por el terremoto de 1950. Estas viviendas continúan habitadas tras más de 70 años de construcción provisional.
Son las casas de los olvidados, en El Pozón o La Morán, hechas de láminas de metal, vigas y tornillos de hierro. Tienen un área de construcción aproximada de 200 metros y en total 300, con el patio.

Al comienzo de la tarde, damos con la panadería Maíta, uno de los sitios donde elaboran las emblemáticas acemitas tocuyanas, pan de horno y catalinas. Y, finalmente, disfrutamos de la invitación del amigo Arístides Díaz, de la panadería Los Compadres, quien nos brinda café, catalinas y la hospitalidad del gentilicio tocuyano.
En la Casa de la Cultura permanece San Antonio de Padua, listo para las fiestas que cada 13 de junio prepara El Tocuyo con su tradicional y alegre tamunangue y sus sones de negro y golpes tocuyanos.

El Tocuyo es una ciudad para el sosiego. Para caminarla en las tardes con los cuentos de sus templos, edificaciones y sus espantos. Está rodeada de pueblos hermosos y turísticos como Jabón, Curarigua, terruño de don Pío Alvarado; y los Humocaros (Alto y Bajo), entre otros. Y siempre habrá en los pueblos una historia para recordar a los ancestros que llevamos en la sangre, cuya historia debemos ir reconstruyendo.















