Ivel Urbina Medina | Antropo-Lógicas
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Vivir donde trabajas tiene sus pros y sus contras. Un contra es que, si alguien te requiere —no importa la hora— te va a conseguir. Así fueron los años que viví en el Museo Antropológico de Quíbor (de ahora en adelante, Museo). Sin embargo, en esta ocasión voy a relatarles la experiencia de la última excavación en la que participé en Lara, en el sitio Playa Bonita, al norte de la ciudad de Quíbor.
Como sucede la mayoría de las veces, el descubrimiento de un yacimiento arqueológico se hace de manera fortuita. Sobre todo en el estado Lara —en el semiárido occidental—, al ser un territorio habitado desde hace por lo menos 12 mil años, hay vestigios precoloniales por todos lados. En una construcción, en una siembra, abriendo una letrina o haciendo cualquier hueco en la tierra, te puedes topar con algo antiguo.
Esta historia comienza en la comunidad de Playa Bonita, en unos galpones donde estaban haciendo unos pozos para reforzar las paredes que amenazaban con derrumbarse. El acontecimiento que detonó todo fue el hallazgo de unos enterramientos humanos. Ese día ya eran pasadas las 5 de la tarde; las instalaciones del Museo estaban cerradas, pero, como era costumbre, yo me encontraba conversando en el edificio de investigación con Rubia Vásquez, directora en ese momento. Repentinamente entraron funcionarios del CICPC a decirnos que unos obreros habían encontrado huesos humanos e inmediatamente nos mostraron una vasija semiglobular con base de pedestal, claramente prehispánica.

Lo primero que pensé fue: “Por lo menos, un mínimo de sensibilidad de los policías, que supieron a quién dirigirse en una situación así”.
Ante lo ocurrido nos correspondía asistir al lugar y evaluar el asunto. Yo, en ese momento, era coordinadora de investigación, así que me correspondía atender la tarea y fui escoltada en el carro de la policía. Para qué negarlo, me sentí importante; sin embargo, jamás imaginé lo que seguiría de ahí en más.
En esa época llovía seguido y ese día el cielo estaba muy nublado. Cuando llegamos al sitio había un hoyo en el suelo de aproximadamente 3 x 2 m y, junto a este, los obreros y el supervisor, expectantes. Cuando los obreros me contaron los hechos no dejó de parecerme chistosa la impresión y el susto del compa que divisó por primera vez el cráneo bajo sus pies. Los huesos humanos frecuentemente causan esa sensación (eso me parece divertido).
Los compas, sin saber qué hacer, convinieron que lo mejor era llamar a los cuerpos de seguridad, ya que podía ser un enterramiento reciente. Desgraciadamente, la policía —tampoco sin saber qué hacer— decidió ordenar que una retroexcavadora abriera aún más el hueco, cosa sin mucho sentido porque, si hubiese sido un contexto forense, igualmente habría sido un procedimiento contraindicado. Fue entonces cuando encontraron la vasija y se dieron cuenta de que esos huesos no eran recientes. El problema fue que, con esa decisión, destruyeron el contexto, lo que significa que perdimos información valiosa que jamás podremos recuperar.
En arqueología, el contexto —entiéndase, el espacio circundante al esqueleto— es fundamental para hacer cualquier estudio.

A modo de apéndice, fue más chistoso saber que los funcionarios no fueron al Museo por sapiencia propia, sino porque uno de los obreros, al estar familiarizado con las piezas arqueológicas —cosa muy común en Quíbor— les recomendó que nos buscaran.
Ese día el escenario se veía desastroso, pero pasó de mal en peor cuando empezó a llover a cántaros y todo el sitio se inundó. No podíamos hacer mucho más: debíamos esperar a que la lluvia acabara para comenzar con el proceso de rescate arqueológico y, como ya era de noche, sería al día siguiente. Así se lo hice saber al supervisor de la obra, no podía continuar con su labor sin que nosotras recuperáramos y resguardáramos todo el material y los cuerpos que hubiese. Como es de costumbre, esa idea no les gustó, pero así lo dicta la Ley de Protección y Defensa del Patrimonio Cultural en Venezuela; no les quedaba otra que aceptar.
Este sitio ya había sido reconocido, nada más y nada menos, que por José María Cruxent e Irving Rouse a mediados del siglo XX. En la década de los noventa, la zona fue objeto de prospecciones arqueológicas por parte de los colegas Liliam Arvelo y Félix Gil y, a principios de los años 2000, la tesis de Victor Rosas evidenció que esta localidad es “multicomponente”, es decir, que posiblemente estuvo habitada de manera continua por distintas comunidades a lo largo de 2500 años.
Puntualmente, estimamos que el contexto que excavamos corresponde a lo que llamamos la Fase Boulevard, una tradición cultural datada entre 245 y 1010 años d.p (desde el tiempo presente). Esta se caracteriza porque está constituida principalmente por enterramientos humanos y objetos asociados, como concha marina, cerámica y piedras foráneas (variscita, piedra verde, etcétera), entre otros. En la excavación extrajimos un total de siete enterramientos y 12 individuos. ¿Cómo es esto? Pues hubo enterramientos individuales y múltiples; es decir, se inhumó a más de una persona en un mismo pozo.
Entre las cosas que podríamos decir es que se identificaron tanto adultos como infantes, enterramientos primarios y secundarios (una práctica funeraria en la cual se inhuma el cuerpo, después de un tiempo se extrae y luego se vuelve a enterrar). Había ofrendas humanas a modo ritual, como por ejemplo una mandíbula separada en la cresta medial, llena de hollín de carbón. Se encontró una muestra con impresión de tela, lo que nos indica que posiblemente ese cuerpo estaba envuelto en un fardo funerario, y algunas cuentas de concha marina (un material curioso, porque la costa más cercana a Quíbor está a más de 400 km de distancia).
En su conjunto, todo esto nos muestra la complejidad de las prácticas de la gente que vivía en esta región y cómo la muerte es un acontecimiento de suma importancia; aunque los significados de la ritualidad en torno a esta siempre nos dejan más preguntas que respuestas.
Por otra parte, la presencia de cuerpos esqueléticos es un motivo para alegrarse, por lo menos para mí. Por medio de los huesos se puede obtener una gran cantidad de información, como la edad, el sexo, la salud y la enfermedad, las actividades físicas, las adaptaciones fisiológicas, la dieta, la movilidad y el parentesco, entre otras cosas. Con esta información podemos hacer interpretaciones sobre alimentación, organización social, política, economía, evolución, etcétera; aunque investigar todo esto requiere mucho dinero.
El trabajo con las osamentas es una labor principalmente de la antropología física, una disciplina dentro de la antropología que estudia el cuerpo humano como un organismo biológico y cultural, y cuyos intereses sobre el pasado, actualmente, se conocen como bioarqueología.

Volviendo a la historia, nosotras sabíamos lo que podía representar este sitio y, gracias a la labor y al reconocimiento que estaba teniendo el Ministerio de Ciencia y Tecnología hacia las ciencias sociales y, particularmente, hacia las mujeres científicas, pudimos hacer gestiones ante el Fondo Nacional para Ciencia y Tecnología (Fonacit) y solicitar una subvención para llevar a cabo una investigación sistemática del sitio Playa Bonita. Esto nos permitió adquirir las herramientas y materiales para llevar a cabo un trabajo digno, pero también desarrollar otra de las alas más importantes del Museo: la divulgación científica, y la educación con niños, niñas y adolescentes.
El proyecto que elaboramos incluyó el trabajo con la unidad educativa de Playa Bonita, que se encuentra a pocos metros del sitio. Para el equipo del Museo estos aspectos no son menores, la arqueología no tiene sentido si no sirve para aprender, conocer y apreciar nuestros pasados y territorios y, por consiguiente, entender nuestro presente para construir un mejor futuro.
En general, fue un proyecto muy bonito. Se elaboró material audiovisual, se hicieron talleres de distintos tipos con las infancias, visitas guiadas al sitio y al Museo, programas y micros radiales, reportajes y, finalmente, todo culminó con una feria científica en la cual el estudiantado expuso todo lo aprendido. Por otro lado, pudimos habilitar un salón de clases dentro de las instalaciones del Museo (llevábamos rato planteando la necesidad de tener uno) y reparar un depósito (que estaba horrible) para que estuviera en condiciones de resguardar colecciones arqueológicas.
Fue un trabajo realmente interdisciplinar, contamos con la participación de profesionales en comunicación social, artes plásticas, educación y administración; compañeros obreros y compañeras de mantenimiento y, por supuesto, profesionales de la antropología. Todo el personal del Museo participó en algún punto, desde la elaboración del proyecto hasta la ejecución.
En lo que respecta a mi responsabilidad, fui quien dirigió la excavación y la investigación. Normalmente, cuando las personas oyen sobre arqueología, piensan en huecos en la tierra y en pirámides; sin embargo, es un trabajo mucho más amplio, que incluye, sí, la excavación, pero también el procesamiento de las piezas, su conservación y restauración, inventariado y catalogación, análisis y, finalmente, la publicación (acá el enlace al artículo).
A su vez, en el transcurso de este proyecto se hicieron enlaces y se consolidaron relaciones con diversas instituciones, expandiendo la presencia del Museo. Pero, sobre todo, pudimos rescatar y dignificar un pedacito de la historia de la región y de la antropología venezolana, con el propósito de seguir estudiando y divulgando nuestro pasado milenario para incentivar la reflexión sobre nuestro presente.