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El territorio donde somos indestructibles

por José Roberto Duque
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José Roberto Duque | Monte y Culebra

Foto de portada Lheorana González

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Incluso un neanderthal como el actual presidente de Estados Unidos ha dado con una clave, seguramente detectada y diseccionada en principio por sus asesores, agencias de inteligencia y de espionaje: entregarle el control del Estado venezolano a una monstruosa estructura como la que representa la heredera del clan Machado es no entregarle el control a nadie, y someter al país a una espiral de caos y destrucción como el que impera en Irak desde el asesinato de su presidente, Saddam Hussein. Incluso esa bestia que ha decidido aplicar la fuerza bruta en todo lugar adonde no logre meter en cintura al pueblo en rebelión, se ha dado cuenta. Venezuela sin Revolución Bolivariana pacífica sería un no-país, un territorio donde Rondón por fin pelea y el resultado del despertar de esos poderes devastadores sería una tragedia continental.

La historia reciente y también la remota nos han enseñado que el resistir alude a las destrezas, saberes y energías potenciales que habitan en la inventiva. Tal vez nos estamos repitiendo, porque de eso va precisamente el objeto de este portal (La Inventadera). Pero en vista de que nos han acostumbrado a la idea de que la noción de resistencia se refiere únicamente a la capacidad bélica de intercambiar plomo por plomo, ojo por ojo y muerte por muerte, habrá que seguirle la corriente a esa tribuna sedienta de espectáculos violentos, y agregar: incluso para fajarse en el trámite lamentable de la destrucción del otro hace falta la actitud sabia y serena del que sabe cómo conseguir, producir y distribuir alimentos y otras formas de energía.

En el combate contra quienes crearon y dominan las tecnologías de última generación tal vez sigamos siendo aplazados, seguramente porque nos quedamos rezagados en una materia crucial como lo es la velocidad. Pero en las tareas lentas y laboriosas del cómo mantener nuestro funcionamiento y nuestra organicidad tenemos títulos summa cum laude y post doctorados. A lo que se refiere el sicópata de la Casa Blanca es a que Venezuela puede ser derrotada en una vertiginosa y fugaz carrera de 100 metros planos (llegada, asesinato de personas y secuestro del Presidente y su esposa), pero reconoce que la maquinaria yanqui tendría serios problemas para confrontarnos en el largo maratón de las rebeliones populares genuinas: allí donde el resistir es tarea y misión de generaciones, allí donde la película no se termina en el tiempo controlable de una película de acción, los pueblos del mundo (y también el pueblo de Venezuela) han demostrado que a la larga terminan venciendo.

Sobre tecnologías vertiginosas y resistencias corajudas supo otro imperio, el español, en los dominios de los jirajaras en la actual Nirgua: noventa años resistieron en ese lugar los esclavizados, primero con armas rudimentarias que no habían sufrido modificaciones desde los tiempos en que los ancestros de los ancestros salían a cazar mastodontes, y después con algunas mejoras gracias al contrabando de armas de fuego. Pero sobre todo se resistió gracias al dominio del territorio, al saber cómo y de qué alimentarse a pesar de la saña genocida con que los europeos se aplicaron a la destrucción de conucos y sembradíos. Los jirajaras fueron al fin desalojados de sus tierras en 1652, pero para ello fue necesaria la construcción de una fortaleza y habilitada una ruta permanente de ejércitos y suministros.

Noventa años para poder proclamar que derrotaron a un pueblo en resistencia: los españoles supieron de qué se tragaba eso de “resistir” en clave aborigen, arawaca y ancestral.

Todavía transitamos el tiempo de la muy lenta revolución Bolivariana, ese tiempo en que una generación comenzó a pegar los primeros bloques del edificio de la nueva historia en 1999. Un ataque criminal ha tumbado un par de hileras de esa construcción, pero ahora, en la fase lenta y serena de la resistencia, unos muchachos y muchachas que no habían nacido en 1999 tomarán las riendas del caballo que galopa y sigue construyendo.

Treinta y cinco años tenía quien esto escribe cuando Hugo Chávez hizo desbordar el río o torrente aluvional de la Revolución. Ahora que tengo sesenta me toca cumplir funciones distintas a la de aquel momento. Una ley biológica o natural que no es posible saltarse (o algún acontecimiento imprevisible) me obligará a abandonar este plano dentro de un tiempo mucho menor al que llevo de vida. Pero la Revolución no desaparecerá ni envejecerá, porque no reside en una ni en mil personas sino en toda una cantera llamada corriente histórico-social. Incluso si llegara a ocurrir que los revolucionarios abandonen o sean obligados a entregar el control del Estado, la revolución continuará formando y cambiando el sucio mundo de los asesinos de la tierra.

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Periodista, escritor y editor

3 comentarios

Rosa 26 enero 2026 - 19:31

Existe una alta probabilidad que Trump salga de la Presidencia en 2026 y Maduro seguirá siendo Presidente.

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Anny 17 enero 2026 - 13:58

Desde el 3 de Enero de 2026 Nuestra historia de Venezuela ha vuelto a ser marcada. Y Nosotros como Revolucionarios nos toca seguir marcando la continuidad rebelde de nuestro pueblo, defendiendo la igualdad, la reinvidicacion de mujeres y hombres, la justicia social en igualdad, la soberania y el sentido de pertenencia de nuestra Patria. Cada uno y una de nosotras que somos Revolucionarios tenemos la tarea de transmitir ese legado a nustras generaciones.
Gracias por tan digno reportaje.

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Luis Miguel Badaraco 17 enero 2026 - 11:26

Más claridad, amor y conciencia imposibles. Abrazos!

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