Texto y fotos: Kelly Gil
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La vida de José Arismendi tiene el relieve accidentado de sus mapas, con cumbres de éxito y valles de frustraciones que lo han hecho más humano. Su experticia le ha permitido estudiar tsunamis, diagnosticar infraestructuras críticas al borde del colapso y monitorear la transformación permanente de las costas. Su nombre ha resonado cuando ha sido preciso hacer el diagnóstico del territorio en situaciones de desastre o catástrofe natural: Vargas, El Limón, Las Tejerías, Cumanacoa, Turimiquire. Es un niño que convirtió la observación infantil desde un Jeep en ciencia de soberanía.
Comienza la entrevista muy improvisada y sin planificación, pero solo tenía el tiempo preciso ese día para conversar un rato con el popular Gato (José Arismendi). En su oficina desordenada y llenita de planos y mapas, te atiende con una sonrisa y dispuesto a siempre explicarte detalladamente. Entre risa y nervio pregunta de qué vamos a hablar, y yo le digo que de todo un poco, porque primero debemos conocer al niño, ese que se enamoró entre carreteras, viendo cauces, ríos y piedras en las montañas venezolanas. Arrancó a toda velocidad Arismendi y comentó que en lo íntimo de su familia lo llaman Alexis: «Para la familia solo Alexis, porque ese José me lo pusieron por el santo del calendario”.

Este valerano, trujillano de nacimiento, recuerda que su primera aula no tuvo pupitres, sino el asiento del copiloto de un Jeep Willis recorriendo la zona baja del sur del Lago de Maracaibo, con su papá, el señor Trino, al volante, cobrando las ganancias de rocolas y billares en Bobures, Caja Seca, La Tendida. «Yo iba mirando los ríos bajo los puentes, la forma de los cerros… sin saber que estaba haciendo geomorfología infantil». Ese niño andino que observaba el paisaje desde un vehículo en movimiento es el tercer hijo de cinco hermanos y nunca se imaginó que terminaría cartografiando una nación entera.
En casa de Arismendi el conocimiento era un bien compartido: una hermana mayor estudió medicina en Mérida, un hermano se fue por el comercio y montó una bodega. Alexis eligió la geografía, ese territorio intermedio entre la ciencia dura de su hermana médica y el legado que heredó su hermano bodeguero. El destino le jugó sus cartas en la Universidad de los Andes (ULA), cuando el sueño de estudiar biología en Caracas chocó con el temor de su madre María Edelmira, quien entre nervios le dijo que no iba a estudiar en Caracas, que era muy peligroso.
Entonces inició su etapa universitaria donde la ingeniería forestal fue un tropiezo de tres semanas: «Esta matemática no es para mí», le confesó a un compañero en el pasillo. Su amigo Rojas López, carupanero de Río Caribe, lo rescató con una frase providencial: «Vámonos a Geografía, ahí la matemática es distinta». Bajo la tutela del profesor Cabello, Arismendi descubrió que su pasión estaba en el campo, en el relieve, no en los laboratorios llenos de tubos y experimentos.

Esa confesión de pasillo hizo que empezara en Ingeniería Forestal, pero debido a la dificultad de las matemáticas y su interés por el relieve, se cambió a Geografía, especializándose en el área física, donde estudiaría para ser en el futuro gran lector de los mapas venezolanos y del continente sur.
De los lentes estereoscópicos al satélite
Ya a los 36 años, casado por primera vez, Arismendi vivía un doble amor: el del territorio venezolano que cartografiaba y el de una vida personal hermosa. En su tiempo de preparación académica se casó dos veces, lo mismo que tardó en comprender que los mapas del corazón son tan complejos como los geomorfológicos. Años después se especializa en Estados Unidos, específicamente en Berkeley, California. Fue uno de los primeros venezolanos especialistas en el área satelital; fueron 15 días intensos aprendiendo a manejar los primeros satélites de observación terrestre, participó en la creación del Laboratorio de Procesamiento Avanzado de Imágenes de Satélite (PAIS). Luego fue a Colombia, donde pasó 45 días sumergiéndose en cursos avanzados de imágenes satelitales, y Ecuador, especializándose en geología costera.

En los años 60, la plena rebeldía de estudiante de Arismendi fue la época dorada de COPLANARH (Comisión del Plan Nacional de Aprovechamiento de los Recursos Hidráulicos), el proyecto titánico de diez años que levantó el inventario geomorfológico en Venezuela. Arismendi trabajó codo a codo con la legendaria Misión Francesa, en sus últimos años de carrera, liderada por el famoso profesor Jean Tricart, el papá de los helados, aprendiendo técnicas de perforación de suelos y geomorfología.
Entre recuerdos, saca de la gaveta de un escritorio de esos grandes de metal, como dicen por allí, un vejestorio, unos estereoscopios de bolsillo, y muestra cómo se utilizan. Dice que este instrumento es para la interpretación de fotos aéreas: «dibujábamos sobre papel mylar o miller transparente con rapidógrafo, trazando cada curva que el relieve nos dictaba». Perforaban suelos con barrenos para distinguir arcillas. Pero Venezuela le quedaba pequeña y el conocimiento lo llamaba desde otras latitudes.
La transición tecnológica fue brutal y fascinante. Trabajó 17 años en el Ministerio del Ambiente y luego se incorporó al Centro de Procesamiento Digital de Imágenes (CPDI) del Instituto de Ingeniería, donde hoy en día continúa con más de 44 años de experiencia aportando a las investigaciones del país. Más tarde es pieza fundacional de la Agencia Bolivariana para Actividades Espaciales (ABAE). José recuerda la paciencia de los pioneros: en aquel entonces, bajar una sola imagen de satélite requería 24 horas de espera en «casillas» digitales y el uso de cintas magnéticas masivas para procesar apenas cuatro bandas de información: la locura. Sin embargo, en medio de esa naciente geomática, Arismendi demostró que el software nunca superaría la intuición del experto.

Relató que un gerente de PDVSA Occidente le confirmó tras un trabajo en Barinas, con esa mezcla de asombro y suspicacia tan venezolana, le dijo: «Oye, vale, ¿cómo es que tú viste en el mapa exactamente lo que encontramos en el campo si ni siquiera fuiste con nosotros?». La respuesta con un modesto orgullo sano fue: “todo lo que sé y aprendí es de mi experiencia acumulada”. Se ríe con esa satisfacción de recordar que cada momento de su vida no está solo el software ni píxeles de imágenes, está en la intuición del experto que ve la historia de las rocas en cada imagen satelital.
El relieve humano: magia, Antártida y legado
También está la anécdota de la torta maldita, esa que se interpuso entre Arismendi y la Antártida. Tenía un pie en el barco hacia la primera expedición venezolana, listo para viajar a Argentina y embarcar hacia el continente blanco. Pero un trozo de torta de un cumpleaños la noche anterior le subió el azúcar y el examen médico de la mañana siguiente lo dejó en tierra. Para rematar la ironía, el psicólogo de la misión le dijo que estaba loco por querer ir a un lugar con tanto frío. Sin embargo, eso no lo dejó fuera de la expedición y coordinó las investigaciones desde Venezuela, donde le permitió que sus mapas de geomorfología fueran los primeros de la institución en ser publicados. La torta le robó el viaje, pero no la gloria científica.
Cuando Arismendi habla de las costas venezolanas su tono cambia y la nostalgia se convierte en urgencia. «Venezuela continúa en el desarrollo y dando a tiempo las precauciones de gestión de riesgos naturales, pero debemos tener en cuenta que existen zonas costeras venezolanas limitadas y estudiadas para entender la amenaza que nos puede afectar y golpear». Habla con la voz firme de quien ha visto demasiado y ha sido escuchado poco.

El nombre que más le quita el sueño es Kick ‘em Jenny, el volcán activo submarino cerca de Granada. Indica que los cálculos son precisos y aterradores: una erupción violenta generaría una ola de entre 14 y 17 metros que tardaría apenas cuatro horas en golpear el eje Pampatar-Manzanillo en la isla de Margarita y parte de la costa de Sucre. Mientras tanto, la planificación urbana sigue construyendo sobre la línea de marea como si el mar fuera un vecino pacífico y no una fuerza geológica implacable, como lo ha sido en desastres naturales en el país.
En Higuerote el avance del mar ya es visible y la profecía se cumple en cámara lenta. «El agua salada devora manglares y sótanos de edificios, convirtiendo estructuras de concreto en masa inservible», describe Arismendi con la precisión de un forense que examina un cadáver urbano. La soberanía, insiste golpeando la mesa imaginaria de su convicción, comienza por entender que el mar no solo golpea la roca: la disuelve, la digiere, la reclama como suya.

Otra anécdota, pero importante, fue sobre el sistema Hidráulico Turimiquire, que fue reciente. Esta columna vertebral hídrica del oriente alimenta de agua potable a las ciudades de Barcelona, Puerto La Cruz, Guanta, Cumaná y la Isla de Margarita. Hasta allá llegó Arismendi, inspeccionó el túnel de 12 kilómetros, donde se encontró con un escenario (explosivo) que analizó con ojos de arqueólogo industrial. Tras un gran deterioro y falta de mantenimiento, la explicación técnica fue letal: entre autoridades y profesionales que pretendían meter motos o usar dinamita para despejar obstrucciones, desconociendo el riesgo inminente, lanzó su advertencia con la contundencia de quien sabe que la ignorancia puede matar: «Si alguien saca una bombona de oxígeno aquí adentro, esto explota». Dentro del túnel hay gas metano acumulado en las rocas, lo que lo convierte en una bomba de tiempo. La ingeniería civil sin una visión geológica y geomorfológica está condenada al colapso.
A sus 55 años de carrera, Arismendi sigue mirando el paisaje desde el Jeep, pero con la sabiduría de quien ha cartografiado una nación entera y comparado su geografía con medio mundo. Sigue activo, «en el tope de las cosas», advirtiendo sobre las cuencas críticas del Ávila o las inundaciones del Guaire, recordándonos con cada mapa y cada advertencia que un país que no conoce su relieve es un país que camina a ciegas.

