José Roberto Duque
________________
El café artesanal que cultiva y procesa esta familia en Carayaca es grandioso, y el de especialidad (o “de origen”, como le gusta llamarlo a Cioli) es mejor todavía. Pero este cuento no puede empezar así, hay que echar la película para atrás.
Cioli Contreras Dávila nació en un pueblo merideño llamado Mesa de Quintero, municipio Guaraque, estado Mérida, en 1979. Veinte años después, en 1999, estaba ejecutando un salto a contracorriente: mientras muchas familias y multitudes de residentes del estado Vargas (así se llamaba oficialmente entonces) huían de un territorio destruido por los efectos de una mortífera vaguada, Cioli se movía justamente en sentido contrario, hacia Carayaca; eso se llama tener visión de futuro. Y ese es apenas uno de los movimientos extraños y audaces que ha ejecutado desde que tiene uso de razón.
Aquello no fue un salto al vacío sino un levantar del vuelo nupcial, pues lo que fue a buscar a Carayaca fue la armazón de una familia al lado de su esposo, Pedro Antonio Ibáñez, luego de una breve estancia en Caracas. Mesa de Quintero queda a una altitud promedio de 1.500 metros, y la zona adonde se mudó en el estado central anda más o menos por esa misma altitud, así que tampoco es que andaba muy desconectada de su elemento, que es el clima de montaña.

Tony (así le dice todo el mundo en Carayaca) sabía de pescado y de granjas, y Cioli sabía de agricultura. Apenas llegaron en el 99 se fajaron a cultivar hortalizas: papa, tomate, cebolla, cilantro.
Pero había un llamado de la cultura y de la sangre que Cioli no podía ignorar, olvidar o sepultar; su familia y su pueblo son cafetaleros, su crianza y su formación se maceró entre cafetales, y ya de adulta le ha costado dejar de acudir al encuentro con su cultura.
Ella lo dice más fino:
Mi papá es caficultor y el papá de mi papá fue caficultor y, bueno, siempre le digo a la gente: nací en un patio de café y mi primera piscina fue el tanque del café, ahí aprendimos a nadar y todo. Para mí agarrar café es como como una feria, es una fiesta. ¿Por qué lo relaciono yo así? El pueblo es muy retirado de donde somos nosotros. La carretera era de tierra, había solo yises (jeeps), la cosecha empezaba en octubre y terminaba en enero. En diciembre llegaban los carros full de gente, el café me huele a mí a Navidad; la alegría que da, el verlo, olerlo, la flor, todo. A mí me lleva a mi abuela, que ya no está; ella empezaba a pintar la casita, a esperar a sus hijas, que no las veía ni las escuchaba porque no había teléfono, no había manera de mandarle nada. Entonces, analice usted: yo tengo 47 años, o sea, tengo 40 o más años de recuerdos. Hay gente que trata de meterse en el café y no puede, se le mueren las matas. Yo no les digo nada para no desmotivarlos, pero el café es como genética, ¿oyó? Eso como que se lleva en el ADN.
Dos mil ochocientas, humildemente, para empezar
Después de una serie de avatares que es preciso saltarse, porque son muchos, llegó el año espantoso 2016, año de sabotajes y de bloqueos. Al cultivo de hortalizas, y en general a toda la economía del país, empezó a irle francamente mal. Con las hortalizas ocurre algo que ya todo el mundo sabe o debería saber: tú no puedes sembrar varias hectáreas de un solo rubro porque se hace necesaria la aplicación de agroquímicos, que espantan o matan la plaga y las pestes (y después te matan a ti, pero ese es otro cuento), pero en ese tiempo los agroquímicos desaparecieron o era muy difícil conseguirlos. Entonces Tony tuvo una iluminación: “Vamos a sembrar café”.

Esa iluminación no vino del cielo: vino de la energía y la impresión que le causaron las cosechas y la potencia de Cioli y su familia en Guaraque. Él no lleva el café en el ADN, pero Cioli sí. Y ella sabe, porque lo ha escuchado toda la vida, que cuidar un cafetal con procesos orgánicos o agroecológicos es perfectamente viable; no hace falta usar ni una gota de veneno.
Carayaca, además, tuvo un tiempo de floreciente producción cafetalera, como lo atestiguan las muchas matas de café criollo (Típica, se llama la variedad), sobrevivientes del furor de las hortalizas, que quedan en esas montañas. Muy poca gente recuerda o sabe que ese sector de La Guaira fue una potencia cafetalera, con estructura y renombre.




Así que otra vez empezó el nado a contracorriente: mientras un gentío quería largarse o contrabandear lo que fuera porque no había comida ni plata ni productos ni nada, Tony y Cioli se pusieron a trabajar y decidieron comenzar la siembra de café, a punta de semillas traídas de Mérida. Ese simple gesto inició el renacer del café de La Guaira.
Desde Colombia un familiar quiso aconsejarla o desanimarla; le dijo que la situación del país no estaba para iniciar ningún tipo de emprendimiento. Dice Cioli: “Una vez escuché un refrán y se me quedó: yo escucho todo lo que me dicen y hago todo lo que quiero”.
Empezaron por debajito, modestamente, tú sabes: con apenas 2.800 matas. La familia de la joven allá en Guaraque tiene una también modesta finca de “apenas” 15 mil plantas en producción; en 10 años de trabajo Cioli y Tony ya tienen 40 mil, y un vivero de proporciones colosales que todos los días se levanta a regar y atender va a aumentar ese número a 50 mil matas dentro de unos meses. El terreno donde viven y trabajan mide 5 hectáreas y media.

La producción da para sostener la finca y el trabajo de la familia de Tony y Cioli, de sus tres hijos con sus respectivas familias, y de los muchos obreros de las comunidades cercanas a Carayaca que se acercan a aprender y a cosechar. Allí los obreros no solo cobran por cantidad de café cosechado, sino que aprenden cómo hacerlo para no estropear las matas.
Aromas de Carayaca
Poco a poco la iniciativa de Cioli y Tony se va convirtiendo en una escuela, sin mucho trámite ni protocolo. Mariana, hermana de Cioli y guaraquera también, participa con su hijo adolescente en todos los procesos de la producción, desde el cuidado de las matas hasta la selección de los granos. Mariana es una joven doble propósito: es de los Andes, es todo corazón, y eso significa que puede pasar horas enteras en la muy delicada y meticulosa tarea de seleccionar grano por grano, manualmente, y puede también echarse al lomo un saco de café de 46 kilos y viajar hasta Catia la Mar en moto, para entregárselo a un cliente.
Para quienes no la conozcan, esa es una vía culebrera por la que hay que bajar durante una hora y media atravesando esa montaña, a cuya izquierda se ve el mar Caribe. Si uno se cae por uno de esos barrancos no se muere del golpe sino del hambre.


Acercarse a la finca de esa gente es recibir unas clases magistrales sobre el cultivo, que incluyen un par de cachetadas para que no sigas creyendo que las cosas que te han dicho toda la vida funcionan igual en todas partes: no papi, no todo el café necesita sombra; hay variedades a las que si les pega el sol cargan más generosamente que en la sombra, y hay otras de sombra que no cargan tanto pero su grano es de mejor calidad. No papi, si te cae la roya no es necesario usar venenos tampoco: “Cuando vemos que aparece la roya lo que tenemos es que fertilizar. Nosotros fertilizamos con agroinsumos, tratamos de no usar nada de de químicos; usamos humus de lombriz, hacemos también compostaje. Hay muchas ventas de productos biológicos».
Por ahí se acerca el Encuentro Internacional de Café de Especialidad Venezolano (EICEV) 2026, y Cioli no está segura de que puedan participar, aunque tienen ganas. En ese certamen un jurado internacional evalúa los cafés de especialidad, la crema y nata de los productores de café. La última vez que participaron su café, bautizado Aromas de Carayaca, obtuvo 83.80 puntos. En ese rango están los muy buenos cafés de especialidad; de 90 para arriba están los grandes maestros. Cioli mira esa meta sin mucha hambre; con sus limitaciones y el no poseer maquinaria ni infraestructura ya les roncó en la cueva, así que no se descuiden los merideños y trujillanos, porque desde La Guaira les pueden dar una sorpresa.

En La Guaira la gente está motivada o se está motivando, hay núcleos o fincas en varios lugares renovando los cafetales. Han hecho talleres de maestros cafetaleros; Cioli nombra a Kleidys Ramírez, ingeniera y apasionada del rubro, como una de las personas que la han apoyado a ella e impulsado el renacer en toda la zona. Fue ella quien aportó la idea del nombre, Aromas de Carayaca.
El perfil de Instagram de Kleidys mete un poco de miedo; sus señales suenan a nave interestelar:
Q Arabica Grader, Q Procesing, Coord WAC2023, Dist. Comandantegrinder, SCA, coffeeTZZ Brewing Technique Creator, Roaster 22/23 EICEV.
En idioma guaraquero eso quiere decir que se trata de toda una autoridad en materia de café de especialidad.
Un sueño de Cioli: aplicarse a una ruta agroturística basada en café, en contar la historia y en seguir animando a los nuevos productores.



