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Simón Rodríguez también evaluó el desastre de un terremoto

El informe elaborado por el maestro del Libertador y un equipo es rara una pieza de historia, geología, sociología, evaluación de técnicas constructivas, escrita con notable destreza literaria

por Nelson Chávez Herrera
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Nelson Chávez Herrera

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El 20 de febrero de 1835, un terremoto de seis minutos a 8.5 grados de magnitud, extendido por entre tres y seis minutos, devastó por completo Concepción. Ciudad chilena ubicada en la parte occidental de la placa suramericana, enfrente de la fosa donde la placa de Nazca se hunde, segundo a segundo, por debajo del continente.

Pocos días después la Intendencia de la Provincia nombra una Comisión evaluadora del desastre, integrada por tres personalidades; Carlos Ambrosio Lozier, ingeniero, cartógrafo y ex-soldado del ejército napoleónico; Juan José Arteaga, agrimensor y profesor de matemáticas puras; Simón Rodríguez, filósofo y escritor venezolano.

El Maestro del Libertador arribó a Concepción en 1833, invitado por el Intendente de la Provincia (José Alamparte) para integrar la planta profesoral del Instituto Literario. En esta ciudad publicó la cuarta parte de Sociedades Americanas en 1828 (Luces y Virtudes Sociales), algunos artículos de prensa firmados con seudónimo en El Faro del Bio-Bio, y contribuyó en la evaluación de este terremoto conocido como La Ruina, que además de Concepción, donde fue el epicentro, destruyó Chillán.

El terremoto empezó a las 11:15 am. Por la hora, Simón Rodríguez debió estar dando clase. Las crónicas de la época narran cómo, en medio del pánico general, las personas corrieron hacia los cerros buscando resguardarse de un tsunami que, aunque no llegó hasta la ciudad, sí arrasó el puerto de Talcahuano y otras poblaciones costeras. La antigua Concepción había sido destruida por un terremoto seguido de un tsunami en 1751 y mudada al Valle de la Mocha, donde se asentaba en 1835. La experiencia traumática transmitida oralmente por generaciones permanecía viva en la memoria, por eso la gente corrió hacia los cerros.

El informe (entregado el 8 de agosto de 1835) es exhaustivo. Contiene evaluaciones de ingeniería, geología, geografía. Ponderaciones económicas, sociales, urbanísticas, morales, políticas.

La Intendencia solicita a los comisionados un minucioso reconocimiento de la ciudad, un cálculo aproximado de los costos de demolición, remoción de escombros, acarreos, jornales, hasta poner los terrenos en estado de edificar. La comisión establece un plan de abordaje con las ciento veinticinco manzanas principales e informa: “No quedó un solo edificio ileso: el mayor número de techos se hundió y ayudó a volcar las paredes: quedaron muchas de estas en pie; pero hendidas, partidas o fuera de la vertical y, en las que conservaron esta posición, padeció mucho el asiento de los materiales: estos, por su mayor dureza, destrizaron el barro o la mezcla que los ligaba, y los macizos quedaron más o menos falsos”.

“Las casas de ladrillo o de adobe, y algunas de las de estaca y barro, estaban cubiertas con teja: en todas, los techos eran pesadísimos … (se puede asegurar que muchos de ellos pesaban más que las paredes sustentantes) … este defecto ha hecho más funestos los efectos del terremoto en todas las casas (…) Los ranchos … (así se llaman, en el país, las chozas) … deben su firmeza a algunos postes de madera enterrados a profundidad: el suelo no contuvo los pies o los contuvo poco, y muchos se rindieron o se ladearon; no obstante, quedaron los más en pie, y aunque averiados, han servido de asilo a un gran numero de personas”.

La evaluación remarca la inconveniencia de techos y casas pesadas. La precisiones del informe incluyen el volumen de paredes de ladrillo, adobe y piedra, expresado en varas (0, 835464 mts). Precio de los acarreos si cada vara de escombros llena dos carretas, tiempo empleado en cargar y descargar una carreta contando el tiempo del viaje de los bueyes hasta un punto determinado, costos de la demolición de los edificios arruinados: “habiendo empleado tres peones; uno, demoliendo con barreta, otro escombrando con pala y asada, otro apilando el material útil, suponiendo el jornal a 1 3/4 reales, que es el corriente en el país, la demolición de cada vara cúbica de pared de ladrillo, asentado en barro, costará 1/6 de real, la de adobe 1/8 y la de piedra 1/4”.

Satisfechas estas primeras requisiciones, la comisión responde a las siguientes demandas:

«Manda vuecencia, que la comisión, al informar con el resultado de sus trabajos, acompañe el plano del lugar que, en su concepto, sea preferible a los demás reconocidos, para establecer una población, y forme el cálculo del costo que tendría la construcción del canal o canales, que conduzcan las aguas –con cuántas observaciones les sugieran sus conocimientos, para llenar con el mejor acierto, los fines que se propone la Intendencia».

“La comisión ha creído deber contraerse a las tierras inmediatas a la ciudad de este lado del Bio-Bio. Esto es, a las que están a su orilla derecha y para mayor claridad, las divide en tierras comprendidas entre el Bio-Bio y el Andalien, y en tierras del otro lado del Andalien”.

El examen de los ríos incluye: corrientes en invierno y verano, sedimentos que arrastran, esteros o médanos que forman, posibilidad de inundaciones, condición de las desembocaduras, conveniencia y posibilidad de construir canales. El informe físico de las tierras aledañas, contiene datos como los siguientes:

“Todas las arrugas que hace el suelo de Chile, entre las altas llanuras y la costa, prueban haber estado, o estar aún, en descomposición, y el terreno que se describe aquí es un ejemplo. Las eminencias que aparecen en él, se componen; unas, de cristales de felospato diseminados en una greda arenisca rojiza; y otras, de granos de cuarzo diseminados en una greda roja pastosa: las primeras están aún descomponiéndose, las segundas están ya descompuestas. Véase un indicio de este fenómeno en los muchos cantos de granito que se hallan dispersos en los campos; los que están expuestos a la humedad y al calor, se cubren de manchas amarillas, se florecen y se desgranan: Siglos! se pasan para llegar a su entera descomposición; pero la naturaleza no cuenta sus días de trabajo: por lo que muestran las rocas abandonadas en los edificios antiguos, podemos prever la suerte de las montañas, y por su masa juzgar del tiempo que emplearán en trasformarse”.

“Cuanto mas arenisco es el terreno, menos dura en el estado en que se ve, por consiguiente es menos propio para edificar ciudades (adviértase que se ha dicho arenisco, no arenoso, y que la arena de que se trata no es la de cristal de roca o de pedernal sino la volcánica: esta es alterable, la otra no)”.

Seguidamente, la comisión considera la conveniencia de los mejores terrenos disponibles, si se decidiera mudar la ciudad, enumerando las mínimas previsiones necesarias en la construcción de ciudades.

“Los suelos bajos son, en todas partes, menos propios para poblaciones que los ALTOS, y los de las costas de Chile son peligrosos, por las irrupciones que hace el mar en ellos, después de los terremotos (…) En consecuencia, designa entre los suelos ALTOS que ha reconocido: Tumbes, Cosmito y Punta de Parra, y pasará a compararlos, unos con otros, por las conveniencias que deben ofrecer los suelos que se buscan para poblaciones. Estas conveniencias son de 2 especies; de posición y de situación”.

“Las conveniencias de posición consisten en las relaciones del suelo con los edificios y en las de los edificios con los agentes que conspiran a su destrucción continuamente, o con frecuencia. Estas son de dos tipos: suelo firme y suelo fácil de escurrir”.

“Suelo firme: la roca viva, los roqueros altos, las eminencias formadas de rocalla o de sedimentos viejos (calizos o arcillosos), que los naturalistas denominan terrenos de 1era, de 2da y de 3ra formación, están indicados para establecer poblaciones que hayan de durar. Suelo fácil de escurrir: es menester detenerse mucho a observar una gran ciudad, y examinarla en todos sus puntos para conocer lo impropio que es, para población, un suelo fofo y plano (…) Un declivio suave en una sola dirección y mucho mejor en varias, es el suelo más aparente para poblaciones. ¡Cuantas ciudades no han tenido otro origen!, y ¡a cuántas enfermedades no están sujetos los campesinos por ignorar los perniciosos efectos de la humedad y de los malos hálitos….!”.

“Los terrenos que se escogen en las riberas del mar, en las márgenes de los ríos caudalosos, en las orillas de los lagos, o en las faldas de altas montañas, piden un examen particular según su especie. Los inmediatos al mar deben ser de rocas, que tengan su pie en estas. En los inmediatos a ríos, a más de las inundaciones, deben temerse los derrubios. Alrededor de lagos, las infiltraciones, los derrames o el derrumbamiento de los cerros que les sirven de diques de represa, y al pie de las altas montañas, los volcanes”.

“Las conveniencias de situación consisten en las relaciones de los habitantes con las cosas: el aire, el agua, el combustible y todas las provisiones de boca, como cosas que deben tenerse buenas y seguras, o poder obtenerse fácilmente. Las miasmas, los insectos, los reptiles, las fieras, los conquistadores y los malos vecinos, como cosas que puedan evitarse, destruirse o contenerse sin grandes esfuerzos… comunicaciones comerciales que promuevan la industria y protejan la civilización”.

“Los primeros pescadores que se establecieron en las playas donde pescaban, fueron los fundadores de muchos puertos, donde se adquieren grandes caudales a costa de la moral y de la salud (es sabido cuanto influye el lugar en las costumbres). ¡Casas colgadas a las rocas y algunas zanjas por calles…!, ¡altos edificios donde apenas se ve la luz del sol a mediodía!, ¡lodo, hediondez, ruido, peligros de toda especie! Pero nadie cree estar mal porque en nada piensa menos que en su situación: los pescadores no juzgaron de la playa sino por los peces, los comerciantes no ven en el puerto, sino sus negocios: en aquellos tiempos, la casualidad convirtió una ensenada en pesquería y en estos, la costumbre ha trasformado la pesquería en puerto…. ¿deberá ser este, siempre, el modo de proceder?”

“Casi no hay ciudad en que se conozca que se consultó la firmeza del suelo: la seguridad de los edificios parece haberse confiado a la profundidad de los cimientos, y al grueso de las paredes; sin advertir que, en esto, no debe gobernar la teoría de las montañas. Los conocimientos, que distinguen nuestros tiempos de los pasados, imponen, a los nuevos fundadores de ciudades, una obligación, que no debieron tener los antiguos: ya que no les es permitido preparar, a sus descendientes, la terrible suerte de enterrarse o quemarse vivos en un momento, o de tener que escaparse desnudos, a verse morir de hambre en los bosques, llorando entre tanto la pérdida de cuanto habían heredado o adquirido para gozar de la vida…”.

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