Rossmary Molero
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El 19 de septiembre de 2024 puse un pie en Cuyagua después de mucho tiempo. Para quien no la conozca, es esa playa paradisíaca del estado Aragua, ubicada en el municipio Ocumare de la Costa de Oro, resguardada por el Parque Nacional Henri Pittier y bajo la bendición de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción. Mi misión oficial por el Día Mundial de las Playas era noble y cultural: llevar un teatro de títeres de mi cuento infantil “Gyranthera: El niño más alto del salón”.
Al llegar, la estética del lugar me recibió con una declaración de normas locales. Ya los había visto en redes sociales, pero tener de frente unos carteles que rezaban de forma tan soez: “El que robe será coñaceado”, “No te cagues en la arena” y “Relaja la pelvis”, fue el primer síntoma de que el día prometía. Imposible no soltar la carcajada.
Terminó la función de títeres con los niños y, mientras me sacudía la arena, fui abordada por un personaje pintoresco. Nos ofreció café y, entre sorbo y sorbo, comenzó a enumerar la lista de deseos para su negocio, desembocando en el drama de la basura y la laguna de Cuyagua.
Al escuchar las palabras «laguna de Cuyagua», el corazón se me fue al piso. Sentí que se me estrujaba como una hoja seca. Caminé en soledad hacia la laguna que es un humedal. Al llegar, el panorama me terminó de demoler: más del 60% del espacio que recordaba había desaparecido. Los manglares estaban reducidos a su mínima expresión, reemplazados por una triste postal de basura, olor a excremento humano y devastación.

Aquel escenario dantesco me arrastró a un choque existencial directo a la yugular: «¿Qué he hecho yo durante 25 años de trayectoria profesional en el Instituto Nacional de Parques?». He intentado ser impecable como funcionaria pública, he escrito cuentos infantiles, libros, investigaciones en áreas protegidas… ¿Y para qué? ¿Acaso he estado arando en el mar? Rompí en llanto. Ver a los pajaritos haciendo nidos precarios en lo poco que quedaba del manglar me partió el alma. En contraste, era bonito ver a las corocoras con ese color fuego andando en manadas.
De regreso a casa, con el estómago revuelto de frustración y la tristeza a cuestas, empezó a rondarme la duda existencial: «¿Será esta la famosa crisis de la mediana edad?». Pasaron los días y, tras una profunda reflexión, entendí que, si esto era una crisis, me la iba a tomar como proyecto de vida. Decidí que mi plan de jubilación, tras 25 años de servicio, sería rescatar al humedal.
Empecé el protocolo oficial solicitando los permisos a la Dirección General Sectorial de Parques Nacionales para elaborar la propuesta. Luego tocó la prueba de fuego: abordar a la gente del pueblo. Mi estrategia de aproximación era casi poética:
—¿Cómo fue tu primer contacto con el mar? ¿Qué recuerdas de eso? ¿Cómo era la laguna cuando eras niño?
Algunos respondían con profunda nostalgia; otros, con altanería:
—¡No me jodas, no me acordaba!




A lo que yo contestaba con mi mejor sonrisa conciliadora:
—Tranquilo, amigo, no me veas como la funcionaria que te viene a interrogar; solo soy alguien a quien le preocupa la laguna.
—Ah, okey…, era la respuesta general.
Sabiendo que a veces la institución es vista como el «enemigo público número uno» en las comunidades, decidí aplicar la técnica de la diplomacia de guerrilla: fui de metiche a las celebraciones religiosas y culturales. En los Encuentros de San Juan y San Pedro, y en el Corpus Christi, como Pepito Preguntón, me acerqué a los líderes y a las cofradías, mentalizándome para cualquier bofetada verbal y esperando en cualquier instante que me mandaran bien lejos. De esta manera conocí a Tomasa, la Capitana San Juanera; a Tania, la subdirectora de la escuela; a Fernando con su moto en la playa; a Rogelio con sus kayaks. A Maximiliano, líder de los pescadores; Maricruz, la jueza de paz; Gustavito nueva generación de comerciantes, e hice una amistad con Reinaldo Arteaga, el popular Reciclador. Todo este trabajo de orfebrería social transcurrió entre 2025 y 2026.
A inicios de 2026, los organismos del Estado recibimos la misión del Plan Nacional de Reforestación Chuquisaca. Mi jefe inmediato, José Parra, me dio la orden directa: germinar 1.000 plantas de manglar allí mismo. Diagnosticada la situación y con la opinión popular resuelta en un tajante «La laguna se está perdiendo y no podemos hacer nada, ¡qué lástima!», supe que era hora de activar la tríada: Escuela, Comunidad e Institución.
Fui a la escuela del pueblo para armar el ejército de recolección: necesitábamos 1.000 potes plásticos de refresco para reutilizarlos como envases de germinación. La escuela CEICO Cuyagua se comprometió con 500 para el lapso de un mes (del 1° de mayo al 1° de junio). Los otros 500 intenté gestionarlos con los comerciantes de la playa, pero la diplomacia ejercida por mí no surtió efecto con ellos.
El 3 de junio regresé a la escuela. Resulta que solo habían recolectado 300 envases. Sin embargo, para los guardaparques y para mí, esos 300 potes eran oro puro. Nos pusimos manos a la obra: cortar plástico y recolectar semillas de mangle rojo (Rhizophora mangle). Y aquí viene el verdadero drama botánico: ¡Solo dos árboles en todo el lugar estaban produciendo semillas! Había 12 individuos de mangle rojo, pero como tardan unos cinco años en dar fruto, dependíamos exclusivamente de ese par de padres.
Logramos recolectar 420 semillas, de las cuales germinaron 315. Mientras las plántulas crecían, la naturaleza nos dio una dosis de sorpresa: ocurrió un doblete sísmico. El suelo de la playa se resquebrajó, el mar se retiró varios metros y cundió el pánico de un posible tsunami. Más de 100 personas que hacen vida en la playa, salieron corriendo a toda prisa hacia el pueblo; los únicos que se quedaron en el sitio fueron los funcionarios de Parques. Yo no estaba ese día allí.

Entre julio y agosto continué el monitoreo e incluí al Manglar de botoncillo (Conocarpus erectus), también conocido como «falso mangle», que a diferencia de su primo hermano prefiere la tierra más seca.
Hoy, 19 de septiembre de 2026, exactamente cuatro meses después de haber iniciado el vivero de manglar, el balance es un triunfo rotundo: más de 600 plantas de mangle rojo y 68 bolsas de falso mangle. Entre niños, adultos de la comunidad y visitantes, nos metimos al barro a sembrar en la laguna, marcando un hito histórico en la restauración de nuestros humedales.
Cerramos esta jornada del Día Mundial de las Playas 2026 haciendo patria de la mejor manera: 265 plantas de mangle rojo sembradas con el apoyo de la Fundación Eco Embajadores, el Grupo Scouts Humboldt, Club de Leones Maracay El Limón, y los niños de la comunidad. Todos juntos en el barro, cantándole a la naturaleza: «¡Oeee, palo de agua! ¡Está lloviendo en Aponte, está lloviendo en el humedal de Cuyagua!». Dany un compañero de los Scouts y yo vimos a los pajaritos posándose en los manglares recién sembrados, como agradeciéndonos.
Habrá muy pronto otra jornada de siembra para los 400 mangles restantes que tenemos aún en el vivero en el puesto de Guardaparques de Cuyagua.
1 comentario
¡Gran proyecto! Gente como tú es la que necesita este país. ❤️