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El peor momento, la mejor oportunidad

por Jose Roberto Duque
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Bloqueo y pandemia le apagaron a un gentío las ganas de innovar e invertir en Venezuela. Pero no a Carlos Brito, tecnólogo varias veces premiado

Alejandro Silva /Fotos: Leorana González

Dice Carlos Brito: “Me gusta solucionar; me gusta cuando me dicen que no se puede, porque eso me impulsa a buscar la solución”. Y así ha hecho a lo largo de su vida. Cuenta con 43 años de edad y ostenta una serie de logros que son dignos de nombrar; van desde destilación de petróleo (crudo pesado, medio y liviano) hasta la extracción de agua de pozos profundos. Su trabajo le ha valido varios reconocimientos y hasta el día de hoy no ha detenido su impulso de seguir aportando soluciones al país.
Solo entre 2011 y 2015 fue reconocido sucesivamente con el Premio Nacional a la Inventiva Tecnológica “Luis Zambrano”; el Premio Nacional de Ciencia “Humberto Fernández Morán” (dos veces) y la Orden “José Félix Ribas” en su Primera Clase.
Nació en Caripito, estado Monagas, el 18 de agosto de 1979. Su infancia no solo trascurrió entre playas, ríos y la pesca, sino también en el contexto de la producción del “oro negro”, que nunca le fue ajeno, considerando el hecho de que su abuelo, Carlos Ramón Brito Yejan, trabajó durante 35 años para la Creole Petroleum Corporation. Creció en un desarrollo habitacional que esta compañía hizo dentro del campo petrolero para sus trabajadores.

Al frente de su planta de alimentos balanceados para animales en Maracay. La levantó en siete meses, pieza por pieza

Se graduó de Técnico Medio en Mantenimiento Mecánico con la primera investigación que marcaría el inicio de muchas otras, y que fue su tesis: en una gabarra se fue a una refinería inactiva de las que hay dentro del campo petrolero, y realizó un estudio sobre cómo influyen los ciclos lunares y las mareas en el tránsito marino, o sea, en la entrada y salida de barcos petroleros. Carlos asegura que desde allí floreció su amor por la investigación “práctica”, porque la investigación teórica es, para él, “completamente inútil”. Con esta investigación participó en las Olimpiadas Científicas del Cenamec (Centro Nacional para el Mejoramiento de la Enseñanza de la Ciencia).
En 2003 obtuvo el título de Ingeniero Petrolero en la UDO (Universidad de Oriente), que pudo haber obtenido casi dos años antes, porque lo sorprendió el golpe y sabotaje petrolero que iniciaron varios gerentes de PDVSA, y el retiro súbito del país de varias empresas privadas entre las que se encontraba la Datanomic, compañía canadiense en la que él completaba sus pasantías. Carlos contribuyó al restablecimiento de algunos procesos de la mal herida empresa petrolera venezolana.
Para obtener el título de Ingeniero Petrolero, Carlos sorprendió a todos con su nueva investigación. Se trata de la sustitución de gasolina por hidrógeno líquido obtenido a través de la electrólisis del agua, utilizando membranas protónicas, invento que a pesar de las incredulidades, definitivamente funciona.
Después de su dedicación en el área petrolera, Carlos Brito tomaría otros rumbos.

Una interfaz para controlar el flujo de ingredientes de una planta de alimentos para animales. Diseño y programación de Carlos Brito

De los campos petroleros a las aulas de clases

En el 2002 el IUPFAN (Instituto Universitario Politécnico de las Fuerzas Armadas Nacionales), pasó a ser la UNEFA (Universidad Nacional Experimental de las Fuerzas Armadas). El título tenía aún la tinta húmeda cuando Carlos Brito fue invitado a formar parte de lo que sería para él la experiencia que cambió su vida: ser profesor titular de la institución en la que no solo se desempeñó como educador, sino que también fue parte del equipo que creó el nuevo pensum de estudios en el que agregaron la “Creación de Prototipos Funcionales” como tesis válida para obtener el título.
En esta etapa se enamoró de la Ingeniería Mecánica, así que inició sus estudios en la misma universidad, pero nunca en las mismas sedes en las que él impartía sus conocimientos y en donde formó a más de mil (1000) estudiantes. “Mi pasión es diseñar (…) Soy amante del desarrollo real, funcional”, dice Carlos, y cuenta que comenzó a reparar equipos dañados que les donaban y a través de esas reparaciones captó los secretos del funcionamiento de diversas máquinas extranjeras que pusieron a funcionar de nuevo, siempre con la filosofía de “sustitución de importaciones”, o sea, con materiales y partes fabricadas totalmente en el país, lo que refleja una constante en todos los inventores que reseñamos en esta revista.
El año 2005, con 25 años, Carlos volvió al ruedo con otro invento; con muy pocos recursos y quizás algo de ingenuidad, construyó lo que llamó “Unidad de fraccionamiento atmosférico”, un prototipo de apenas 40 centímetros al que se le agrega petróleo crudo que es evaporado hasta lograr la división de sus componentes, lo que resulta en “fracciones”, y se obtiene gasolina, aunque de bajo octanaje, y otros derivados del “oro negro”. Con este invento participó en Premio Nacional de Ciencia y Tecnología, y a pesar de que el aparato no funcionaba al 100 por ciento de lo que fue su diseño inicial, estuvo entre los tres finalistas.

Canavalia en lugar de soya. Sustitución de importaciones

Después de esta experiencia pudo conseguir recursos a través de Fundacite y desde el 2005 hasta el 2009 se dedicó a perfeccionar la Unidad de Fraccionamiento Atmosférico; comenzó de cero con un prototipo que medía 3 metros y le agregó sistemas automatizados, controles de temperatura y otros accesorios que no tuvo el primero. Esta vez sí funcionó como debe ser: con las mejoras incorporadas, sometió a fraccionamiento atmosférico al petróleo crudo, de mediano a liviano, y con “presión de vacío” al crudo pesado, aplicando temperaturas controladas muy específicas según lo que se quiere obtener produciendo cambios del estado líquido al gaseoso y viceversa, lo que resulta en la “fracción” –que da nombre al prototipo– o los diferentes productos derivados, entre ellos, kerosene, diésel y otros, pero en pequeñas porciones, por supuesto, y gasolina de ochenta (80) octanos solamente porque para obtener de mayor octanaje se necesitan materiales que están bajo el estricto control del estado por ser estratégicos. Esta “torre” de fraccionamiento puede procesar treinta (30) litros de crudo.
Este prototipo, que se encuentra como parte de los laboratorios de la UNEFA, hizo que Carlos recibiera la Orden “José Félix Ribas”, en su primera clase.

¿Energía limpia? También te la tengo

¿Recuerdan el fenómeno “El Niño”? En 2010 la sequía produjo una alerta nacional sobre la fragilidad de nuestro sistema de generación de energía por los bajos niveles que presentaron los ríos que alimentan al sistema Guri. Ante esta situación, de nuevo Carlos Brito comenzó a pensar en soluciones; valiéndose de un balancín reparado utilizado para la extracción de petróleo, logró generar energía eléctrica sin combustible, sin generación de gases de efecto invernadero y sin “irreversidades” termodinámicas. A este sistema le llamó “Energía Balanceo Motriz” y funciona como una bomba de agua que incrementa la presión de salida y hace girar el hidrogenerador que finalmente produce electricidad. Este prototipo ganó el primer Lugar en la III Edición del Premio Humberto Fernández Morán, año 2011. En 2013, recibe el título de Ingeniero Mecánico, lo que indica que llevó adelante el invento mientras estudiaba.

Vecinos de la comunidad trabajan y mantienen activa la planta

En el año 2014, Carlos Brito tuvo un accidente de tránsito que lo mantuvo unos ocho meses en reposo. En ese proceso visitó el Hospital Ortopédico Infantil, donde conoció sobre la situación de muchos niños que, por diversas razones: accidentes, malformaciones congénitas y otras, estaban –y están– esperando por prótesis. Bajo el signo de la curiosidad propia de un inventor, Carlos preguntó el por qué estos niños debían esperar tanto. La respuesta fue que estos niños deben crecer lo suficiente porque las prótesis de sustitución ósea que se pueden importar son de metales especiales muy costosos, como el titanio, y que si se las colocan aún en sus etapas de crecimiento, las perderán, porque lo ideal es que las prótesis sean de un material que no se produce en el país llamado Hidroxiapatita de Calcio.
He allí el origen del siguiente desarrollo de Carlos. Comenzó a investigar sobre las posibles fuentes de calcio disponibles y encontró que las cáscaras de huevo y las conchas marinas son fuentes abundantes de este mineral. Si bien se requiere de una planta procesadora para obtener Hidroxiapatita, Carlos logró el objetivo de crear “cristales” de este material y la funcionalidad de los mismos fue avalada y aprobada por el Instituto Nacional de Biomateriales.

En plena producción

Sin embargo, y lamentablemente, el IVIC (Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas), al enterarse de la posibilidad de producir prótesis de sustitución ósea a partir de los cristales de Hidroxiapatita de Calcio, le comunicó que esa institución era la única autorizada para llevar adelante este proyecto, por lo que Carlos tuvo que desistir de la construcción de la planta que se requiere para producir en cantidades suficientes para solventar el problema de la producción de estas prótesis. Sin egoísmo les cedió todo lo relacionado con la investigación que realizó y la gente del IVIC se comprometió a destinar los recursos necesarios para continuar con el proyecto, lo que hasta el día de hoy, y quién sabe por qué, no ha sucedido.
Por este trabajo de investigación recibió el primer lugar en el Premio “Humberto Fernández Morán”, en el año 2014.

Aprendiendo de la escasez

Más adelante, Brito decidió llevar adelante un nuevo proyecto de producción de alimentos con la construcción de unas plantas a las que llamó “Mini Abas” (ABA: alimento balanceado para animales) y que concibió con la meta de que fueran instaladas en comunidades muy golpeadas por la escasez para contrarrestar la falta, principalmente, de harina de maíz.

La planta armada con todos sus “juguetes”

Estas mini plantas también tienen la capacidad de procesar otros productos como batata y yuca, porque muchos de los sembradores de grandes hectáreas de maíz se unieron a la conspiración.
Carlos se dedicó durante muchos años a la reparación de máquinas de estas empresas de producción de alimentos, por lo que aprendió a conocerlas muy bien, así que logró inventársela para construir una máquina, –desde cero– a escala, que pudiera ser fácilmente instalable en cualquier comunidad que lo requiriera, pero indudablemente eran tiempos difíciles y solo se instalaron dos.
Con el bloqueo iniciado en 2015 nuevos problemas surgieron en todos los ámbitos nacionales. Sin posibilidades de importar, quienes siembran no tenían –y aún es un problema a superar– lo que llaman paquete tecnológico para la siembra a gran escala, que integra agroquímicos, fertilizantes y plaguicidas, químicos que no se producen en Venezuela y que las transnacionales que los producen se niegan a venderle al país.

El peor momento, la mejor oportunidad

Actualmente, a unos kilómetros de Maracay, estado Aragua, Carlos Brito tiene, junto con algunos socios, uno de sus dos centros de producción de alimentos para animales. Apenas un mes antes de que se decretara la emergencia sanitaria nacional por la pandemia del Covid (el peor momento para iniciar emprendimientos) arrancaron con un nuevo proyecto de producción de alimentos para animales de engorde, en una planta gigante diseñada por Carlos y fabricada por él con personal que labora en la misma. Cada parte de esta inmensa procesadora –partes mecánicas, eléctricas y electrónicas digitales– fue cuidadosamente elaborada para empacar diariamente dos toneladas de este alimento o su equivalente, que serían dos gandolas, con lo que se puede engordar una cantidad importante de animales con las distintas fórmulas exactas para gallinas ponedoras, pollos, cerdos, vacas, cabras y otros –próximamente el Camacuto–, según las necesidades de desarrollo o engorde de cada especie.

El engorde de animales para consumo es el área de experimentación del polifacético innovador

¿Pero cuál es la gracia de este desarrollo? En Francia hace algunos años, unos cerdos enfermaron de diarrea; apartados del grupo por los criadores, les suministraron lactobacilos que son reconstituyentes de la flora bacteriana. Pasado un lapso de tiempo, los criadores pudieron notar que recibiendo la misma cantidad de alimento que el resto de los cerdos, éstos crecieron y engordaron más, por lo que concluyeron que se debió a los lactobacilos y decidieron hacerlo con el resto de los cerdos, logrando optimizar la producción cárnica.
Carlos estudió este caso y no dudó en implementarlo en la producción de sus alimentos para animales, logrando, por ejemplo, que un cerdo alimentado con los productos de las empresas que llevan años produciendo este tipo de productos, en tiempo de “levante” o engorde del animal, que son tres meses, éste alcanza un peso de entre 95 a 100 kilos, en cambio con el producto elaborado por Carlos, en el mismo lapso de tiempo los cerdos alcanzan de 115 a 120 kilos.


Las empresas que tradicionalmente comercian el producto lo venden a un precio de 32 a 35 dólares, mientras que la empresa de Carlos los comercia en 25 dólares el saco, para el desarrollo del animal, y a 24 dólares el saco de engorde.
En su empeño o cruzada para sustituir importaciones, en este caso la de la soya, que forma parte de los ingredientes del alimento comercial y no se está produciendo en el país. Entonces analizó las propiedades de un grano que es originario de la selva amazónica, que es fácil de sembrar en el clima tropical: el frijol Canavalia. Con unas pocas semillas iniciaron la siembra y hoy ya cuentan con varias hectáreas produciendo a la sustituta de la soya.

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1 comentario

José Luis Colmenares C. 20 abril 2022 - 17:48

Excelente espacio para la difusión del conocimiento y de la batalla diaria de nuestros innovadores e investigadores.

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