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Viaje a las profundidades del cuatro venezolano (I)

por Jose Roberto Duque
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Aquí comienza una serie de crónicas complejas y enredadas sobre cuatristas, luthiers, maderas cantarinas, matemática aplicada y patrimonio sonoro

Texto y fotos: José Roberto Duque

Sobre el cuatro venezolano vale la pena, siempre, hablar desde la emoción y el afecto. Y se da fácil: ese sencillo instrumento suena cambur pintón y la mayoría de los venezolanos sabemos dónde poner el dedo meñique o el anular para obtener la nota Re mayor. Fácil, como el chiste sexista y viejo que se chorrea cuando alguien toca sabroso y siempre salta el que le dice: “tú eres bueno en cuatro”.

Fácil. Al menos eso pensaba o creía, hasta que la vida y los buenos oficios de la cuatrista y organizadora de mujeres cuatristas Liceth Hernández me hizo el favor o la maldad de encerrarme dos días con un enjambre de luthiers y fabricantes de instrumentos (epa, no es necesariamente lo mismo: luthier es el fabricante y reparador específicamente de instrumentos de cuerdas, según la acepción originaria o medieval del término). Ocurrió en Museo de Arte de Valencia, durante un encuentro que celebró el noveno aniversario de la declaración del cuatro como patrimonio nacional de Venezuela.

Entonces supe que el mundo del cuatro es laberíntico, complejo, polifónico como las canciones que han ejecutado los grandes cuatristas, desde Hernán Gamboa y Tomás Montilla hasta Freddy Reina, Cheo Hurtado y esa legión de tejedores de melodías.

Ya saltó la primera palabra clave: en el cuatro, la música se charrasquea o se puntea, pero siempre se teje: es tejido de sonoridades.

De homenajes y conflictos

Así que sigue valiendo la pena abordar el cuatro desde el disfrute y el orgullo. Pero es necesario también hacerlo desde la alerta y el señalamiento del conflicto. Esto: las cuerdas del cuatro venezolano son importadas de China, y eso para algunos cultores del instrumento es “un alivio”, porque hasta hace poco eran importadas de Estados Unidos.

Misma idea pero dicha en tono de provocación: el hilo tensado en el que nace la vibración y el sonido venezolano por excelencia, el sonido patrimonial de la música hecha en Venezuela, teníamos que comprárselo hasta hace poco al enemigo más mortífero de nuestro país. Y bueno, ahora se lo compramos a un aliado comercial. ¿Algo es algo?

Dos cosas al respecto.

Una: las cuerdas primigenias de los cuatros antiguos eran de vísceras de animales. No parece una alternativa viable o recomendable regresar a esa lógica o paradigma, aunque ya Alirio Seijas y Gino González andan conspirando para fabricar algunas de esas cuerdas, tan solo por el placer de resucitar ese sonido primitivo, primario, primigenio. ¿Cómo era ese sonido que animaba las parrandas del pueblo antes de que la ciudad “modernizara” los materiales y recursos?

Dos: estas cuerdas de ahora son sintéticas, y contienen un polímero que les da la densidad y la cualidad adecuadas para que emitan sonidos armoniosos. “Si no, cualquier nailon para pescar serviría como cuerda”, informa y explica César Rivas, luthier caraqueño. Algún charco de petróleo debe quedar en el subsuelo de este país, y algo de industria petroquímica también. ¿De verdad será imposible que las cuerdas del cuatro venezolano puedan ser hechas aquí? ¿Qué tiene de inexplicable o esotérico ese maldito polímero, que parece serle tan esquivo a los ingenieros, químicos y tecnólogos del patio?

Con las maderas no es tan dramática ni tan irritante la situación, aunque también da para que nos enteremos de algunas cosas, llamémoslas “curiosas”. Por ejemplo: informa el fabricante de cuatros José Ramón Sánchez, de Socopó, que tiene problemas para conseguir maderas allá en su pueblo. Hay escasez de madera en Socopó. El “chiste” o ironía sangrienta se entiende cuando uno recuerda o se entera de que Socopó queda a un costado de la reserva forestal de Ticoporo, y que de ahí todavía salen toneladas métricas de maderas rumbo a no sé qué destino. Hay madera, pero no para todo el que la necesita, no para actividades nobles como la cultura.

Liceht Hernández, convocante de este y otros eventos afines, recogió en su momento el testigo que le pasaron viejos cultores de la cofradía del instrumento. Ella comenzó en 1996 a participar en eventos de la fundación Su Majestad el Cuatro y la Asociación Venezolana de cuatristas, legado de Sir Augusto Ramírez, quien puso en contacto a cuatristas de todo el país. En 2014 Liceth dio un paso hermosamente dramático: convocó en Lara al Primer Encuentro de Mujeres Artesanas del instrumento, al que se unieron mujeres acompañantes del cuatro. Ese solo dato da para una línea de investigación tan profunda como necesaria: ¿dónde están las mujeres que fabrican y reparan instrumentos de cuerdas en Venezuela? De aquel encuentro Liceth menciona a Carmen Rosa Díaz, de Caracas; Iliana Ferreguz, de Maracaibo, y Karen Salcedo, del estado Lara.

Dice que planes hay muchos, pero que falta presupuesto para ejecutarlos. “No solo las cuerdas: se han importado masivamente cuatros hechos en China”, revela, y deja constancia de su aspiración o su sueño: que la Orquesta de Mujeres Cuatristas sea surtida con instrumentos fabricados por luthiers venezolanos, que hay muchos y buenos, “Y si son mujeres artesanas y fabricantes, mucho mejor”. Andan gestionando esa donación; ya nos enteraremos si la petición encuentra buen eco o resonancia.

Otra tarea pendiente, dice, es establecer o decretar un Día Nacional del Cuatro; hasta ahora se celebra indistintamente y por separado en fechas que no tienen consenso: el 4 de abril (4/4), la fecha del nacimiento de Freddy Reina, otras. Los ejecutantes y fabricantes andan tratando de unificar datos y acciones, a ver qué le proponen a la Asamblea Nacional.

Los que fabrican, los que tocan

No hay casi nada sencillo en el universo material, e incluso espiritual, que gravita en torno a este intrumento, repito, aparentemete minimalista, facilito, plano y sin muchas posibilidades. No todo es dulzura y belleza alrededor del instrumento, y así lo atestigua el maestro Aníbal Simancas, un ilustre tótem de la luthería, nacido en Valencia, que tiene 60 años fabricando cuatros y 70 de edad: “El primer cuatro que hice, cuando tenía diez años, me lo partió mi papá en la espalda. ‘Así no se hace’, me gritó el hombre. Eso me obligó a ponerle más empeño y disciplina al oficio”.

Tal vez esos procedimientos inciáticos sean el origen de un punto de vista de Simancas, fabricante de unos ejemplares de delicada hermosura y delicado acabado final: “Cada fabricante tiene su secreto. Hay secretos que yo no voy a enseñarle a nadie. No estoy formando muchachos. He buscado para dar clases pero ninguna institución me ha apoyado. Tengo mi taller, pero en mi taller no atiendo a nadie”. Con todo, aceptó dar dos o tres recomendaciones: abstenerse de usar barniz, mejor selladores, y lacas catalizadas, “le dan mejor rendimiento y quedan con mejor sonido”.

También informa algo que parece ser del consenso general entre luthiers: las mejores maderas para las distintas partes en que está dividido el instrumento son el cedro, la caoba y el pino, aunque también hay quien emplea la teca, el canalete y el pardillo.

En próximas entregas:

  • Maderas que cantan
  • Matemáticas para el sonido perfecto
  • Luthiers buenos y tramposos
  • Semillas y maracas
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