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Los locos de bola y la sensibilidad de los jóvenes

por Jose Roberto Duque
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No es un dictamen sino una observación simple, hecha desde las entrañas del pueblo del que formamos parte: somos tan solidarios como crueles a la hora de referirnos a amigos necesitados de ayuda médica. Solidarios cuando, a la hora de colaborar para la atención o manutención de personas allegadas o deconocidas, nos activamos en red para apoyar al hermano o hermana, de sangre o de luchas o de territorio. Lo de la crueldad es un dato un poco más delicado. Pero hay que decirlo sin delicadeza.

Cuando alguien padece de alguna dolencia o lesión de sus órganos o miembros corporales (hígado, riñones, estómago; alguna fractura o condición ingrata) somos solidarios: nos preocupa realmente el estado de la persona y su recuperación. Pero cuando el órgano lesionado es el cerebro nuestra primera reacción (y las sucesivas) es de burla.

Buena parte de los chistes macabros que nos han hecho carcajear durante siglos tienen que ver con conductas y reacciones producto de algún trastorno, disfunción o discapacidad mental. Decimos admirar al Quijote y eso de ser quijotescos ha sido tipificado como una virtud revolucionaria. Pero a la hora de la chiquita despachamos a las personas sufrientes de alguna perturbación mental con una única y universal denominación: son locos, y a veces le arrimamos la coletilla que sirve para aumentar el grado de desajuste sicológico o neurológico: están locos de bola. La locura o las cosas que hacen los locos y perturbados no nos provocan compasión ni ánimo solidario sino risa. En el llegadero del análisis frío hay que ser tajante: nos preocupa más una lesión en el hígado (o en una pierna, o en la nariz) que una en el cerebro.

Seguramente pasamos por alto el hecho de que todos y todas tenemos algún grado de neurosis, solo que a algunos se nos nota más que a otros. Un habitante o conglomerado de cualquier urbe latinoamericana, obligado durante décadas por las dinámicas sociales y económicas a padecer los rigores del tráfico, la violencia criminal, la frustración que deja la inestabilidad económica, la insalubridad, caldo de cultivo de muchas angustias, tristeza, dolores, estrés por acumulación de preocupaciones; es imposible que ese individuo o colectivo salga ileso de semejante travesía, cuyo signo predominante es una agresión cotidiana contra su tranquilidad, su serenidad, su derecho a organizar la vida de manera afectuosa y sana. 

Todos somos víctimas en mayor o menor medida de ese ataque constante contra nuestra psique, y más palpablemente contra ese músculo receptor y procesador de todo ataque, que es el cerebro. Muchos y muchas personas queridas y cercanas, o no tanto, no soportaron la inclemencia de ese bombardeo y colapsaron; su cuerpo, su mirada y su expresión indican que son víctimas, bajas lamentables de esta guerra. Y nosotros, que también somos víctimas pero tal vez las señales de nuestra destrucción no son tan evidentes, nos reímos de ellos. Los locos son ellos, yo soy una persona normal. No como aquel, que viste de tal manera, o habla solo, o se embarca en proyectos estúpidos que no le dejarán una buena plata.

Yo, el “normal”, me siento con autoridad para patear moralmente a aquel, que no aguantó y se volvió loco pa la pinga.

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Un trabajo de investigación de Esther Barreiro (Fisiopatología de la COVID 19 en diferentes órganos y sistemas) revela hallazgos alarmantes, que instituciones venezolanas como el Mincyt están abordando con urgencia, pero que los ciudadanos todavía no manejamos con suficiente actitud de alerta. El estudio ha detectado en pacientes los efectos post covid en las capacidades cerebrales desde dolor de cabeza y fiebre hasta perturbaciones más dramáticas como trastorno de la atención, anosmia (pérdida del olfato), pérdida de la memoria, ansiedad, depresión, trastornos del sueño, apnea del sueño, enfermedad psiquiátrica, trastornos del estado de ánimo, paranoia, trastornos de estrés postraumático, trastorno obsesivo compulsivo.

Es preciso hacer un ejercicio, y como más que un simple ejercicio: sumar estos trastornos producto del COVID 19 a las perturbaciones propias de la vida en la ciudad industrial, y también a las secuelas invisibles pero patentes que nos ha dejado una década de ataques terroristas (guarimbas, golpes armados, operaciones sicológicas a gran escala), ataques masivos contra nuestra autoestima, amplificación propagandística de la tragedia de las migraciones, golpes económicos, “desaparición” organizada de la moneda física y los alimentos en el período 2015-2019.

Todo este cuadro y sus efectos pueden titularse o resumirse de una manera: los venezolanos hemos sido atacados y afectados de una manera tan monstruosa y descomunal (favor detenerse a revisar lo que significa y lo que sugiere ese término: des-comunal), por una pandemia y por un enemigo perverso y despiadado, que a pesar de nuestra resistencia ha terminado por convertirnos en una población apaleada, enferma, sicológicamente afectada, casi tanto como físicamente.

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Momento de navegar con cuidado en el análisis de un dato proporcionado por la vicepresidencia de Ciencia, Tecnología, Educación y Salud. Este año, según cifras de la OPSU, una de las tres carreras universitarias más solicitadas por los jóvenes egresados de los liceos venezolanos, contra todo pronóstico y por primera vez en la historia, es Sicología. El análisis (no científico sino totalmente libre, tal vez irresponsable) es este: algún mecanismo cercano a la intuición colectiva está operando en nuestros muchachos, en las personas que conducirán en el futuro toda esta construcción histórica, política y social llamada Venezuela, y los está empujando desesperadamente hacia uno de los posibles dispositivos sanadores. 

De ninguna manera creemos que estudiar sicología sea algo que salve países. Pero es bueno poner el ojo atento sobre el mecanismo, que habla de otra ruptura generacional: algo ocurre, algo fluye, algo se activa; algo que ha sensibilizado a los jóvenes en torno a la salud mental. 

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2 comentarios

María Elena Aragol 28 agosto 2022 - 14:54

Comparto en su totalidad este artículo, tengo mucho tiempo comentando exactamente lo mismo, nos sensibilizamos ante una uña encajada, pero las enfermedades mentales producen burla y rechazo… Gracias por usar tu excelente pluma para reflexionar sobre el tema… 😘❤️😘

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Aquileo Narvaez 1 septiembre 2022 - 21:09

Excelente texto, necesario en estos momentos de tanta fragilidad del ser y que tan poca atención se le presta.
Parece que escasa la preocupación por indagar el porqué de lo que denomino la Complejidad Humana, tal vez porque muchos se consideran exentos de la misma, o por temor a verse reflejado en los problemas psíquicos que ve en el otro.
Se me ocurre, ante tantos movimientos que existen en defensa, por ejemplo, de los animales, de la ecología, uno en defensa de quienes tienen alguna discapacidad mental. Eso es urgente e impostergable si deseamos un mundo mejor.

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