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Augusto Pradelli, el sol y el “carro necesario”

por Jose Roberto Duque
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Alejandro Silva Guevara / Fotos: archivo de Augusto Pradelli

Comunicador, cineasta y de paso maracucho, le está aportando al futuro, y a la necesidad de crear opciones no contaminantes, un carro eléctrico en plena evolución

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Desde carajito sintió el impulso de transformar máquinas para que fueran útiles a sus necesidades y a sus gustos. No es mecánico, pero tiene las ideas sobre cómo modificar y mejorar las cosas. Así que no improvisó y recurrió a un mecánico especialista en motores eléctricos (Lenín Gutiérrez); a un chofer (Javier Villalobos); a un latonero que también trabaja con chasis (Javier Jiménez) y a otros trabajadores que ahora son expertos formados a punta de ensayos y –con más errores que aciertos– lograron finalmente hacer funcionar la mayoría de las modificaciones propuestas por él para optimizar los carritos –ya no de golf–, mientras van adquiriendo colectivamente mayores y mejores conocimientos en un recorrido de poco más de tres años jorungando esos aparatos.

“Yo no uso carro de gasolina”, dice, mientras recuerdo que varias personas de Maracaibo con las que hablé me dijeron que lo ven a diario por las calles encendidas de la ciudad en uno de los seis carritos de golf modificados. Los últimos han alcanzado un nivel de funcionalidad tan efectiva que con una carga pueden recorrer hasta 100 kilómetros, que nunca se llegan a cubrir en la ciudad, lo que hace que la carga que sobra pueda, incluso, ser utilizada para alimentar una casa por varias horas.

Pradelli relata esta historia mientras nos da un recorrido por su estacionamiento, en el que reposan vehículos que ha modificado, y que van desde réplicas de Lamborghini hasta un carro de pique larguísimo que más bien parece una avioneta y, de hecho, funciona con una turbina de avión. Si bien todos tienen motores originales pero modificados por Augusto, la carrocería sí es una creación suya, hecha con fibra de vidrio y reducción máxima del peso de las piezas originales, con el fin de que el vehículo sea más liviano, y por ende más rápido. También le incorporó sistemas de seguridad anti choques que protegen al conductor de cualquier eventualidad, y se dedicó de lleno a competir.

Una carrera limpia

Augusto Pradelli nació en el Hospital Central de Maracaibo el 15 de diciembre de 1959. Comenzó a competir en carreras de carros rápidos a los 12 años. Sus padres, Bianca Vacarello y Enzo Pradelli –ambos inmigrantes italianos provenientes de Marano y Nápoles– estaban muy conscientes de los peligros de la velocidad, así que cuando Augusto cumplió 15 años, y sus padres se enteraron de que ganó en la categoría de Go Kart el título de “Joven Piloto del Año”, lo enviaron a un internado en Colombia para que dejara la locura de andar de piloto de carreras.

Ya a punto de cumplir los 18 años regresó a Venezuela, convencido de que sus padres habían tomado la mejor decisión para él, porque entendió que sí, que pudo haberse matado en cualquier carrera por inexperto.

Pero renunciar a la pasión de andar a más de 200 kilómetros por hora (ganas reprimidas sistemáticamente por sus padres) no era una opción para Augusto. Obedientemente ingresó a La Universidad del Zulia (LUZ) a estudiar Comunicación Social en Audiovisuales, porque en ese momento de su vida fue seducido por la magia de la imagen, así que realizó seis documentales y una serie para televisión de 30 capítulos de cinco minutos cada uno, además de una película producida totalmente en Maracaibo con un presupuesto bastante apretado, llamada Jóligud.

Paralelamente comenzó a fabricar sus propios bólidos en el momento en el que pudo mantenerse a sí mismo siguiendo los pasos de sus padres, quienes se dedicaron toda su vida al comercio.

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Del campo de golf a las calles marabinas

A pesar de ser el estado mayor productor de petróleo en Venezuela, cuando comenzó la crisis nacional, el Zulia fue golpeado con una escasez brutal de gasolina en la que los dueños de carros tuvieron que hacer hasta semanas enteras de cola para poder hacerse del “vital líquido”. Maracaibo se vio paralizada y la economía se vino al suelo. Augusto Pradelli, quien ya a esa altura se dedicaba al comercio –como sus padres– se negó rotundamente a quedarse como uno más de los marabinos que se calcinaban en las tristes colas apostando, con mucha fe en La Chinita, a que alcanzara el combustible para surtir el tanque aunque fuera con unos pocos litros.

Luego vino la pandemia, que terminó de rematar una situación ya, de por sí, muy difícil. Sin posibilidades de que la gente se acercara al negocio de Augusto por las restricciones que se implementaron ante el covid-19, Augusto probó con el famoso delivery o entregas de consumible a domicilio, pero tampoco funcionó, así que concluyó que la manera de salir a flote era llegando hasta la gente, pero no sabía cómo.

Recordó que en las carreras a las que se dedicaba con sus carros modificados, había carritos de golf que los llevaban de un lugar a otro y se dio cuenta de que esos carritos eran eléctricos, así que le preguntó a un amigo si tenía uno que le vendiera y éste le dijo que en efecto había uno que le estorbaba, que se lo llevara. El carrito estaba en muy mal estado, “podrío” –nos dice Augusto–  pero tenía el motor y la tarjeta, lo que le pareció suficiente. 

El próximo paso que dio fue el de iniciar una investigación sobre el vehículo y se encontró con que esos carros no pasan de 16 kilómetros por hora y la duración de la batería alcanzaba apenas para 20 kilómetros de recorrido, o sea, lo estrictamente necesario para lo que fue creado.

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Así que empezó con las modificaciones: cambió el diseño a su gusto, le eliminó todo el peso sobrante posible, le inventó una carrocería que pudiera soportar el sol maracucho; le agregó un sistema de seguridad de autos de carrera, realizó pruebas de volcamiento en curvas y le anexó un motor de moto. Se asesoró con gente de LUZ sobre las mejoras posibles, rebobinó el motor, cambió el voltaje del sistema de 3 a 7, cambió los campos de revoluciones del motor de tal manera que en dos gira el doble, lo que le suma mayor velocidad hasta superar los 40 kilómetros por hora. Finalmente, le agregó paneles solares que alimentan las baterías, que aunque no han logrado modificarlas para que rindan con mayor durabilidad, sí han mejorado el rendimiento con respecto a las baterías normales. 

De la curiosidad a la praxis

En una oportunidad estaban impermeabilizando el techo de la casa de Augusto; la bombona de gas con la que se fusiona el manto asfáltico estaba expuesta a las “caricias” del sol marabino y llegó un momento en el que el trabajador necesitaba moverla pero no pudo porque se quemó por lo caliente que estaba el cilindro, así que para poder manipularla la sumergieron en un tobo de agua. Pradelli se maravilló al ver que la reacción que se generó fue la de la inmediata cristalización del agua ante el cambio abrupto de temperatura y la reacción del gas.

Esto encendió más ideas con respecto a los procesos de generación de energía. Los paneles solares son costosos y Augusto conoce muy bien cada una de sus partes y su funcionamiento, y la idea en la que está trabajando es en la de lograr procesos más efectivos de captación de energía solar y formas de almacenamiento que superen los egoísmos industriales de las baterías convencionales para vehículos. 

Pradelli afirma: “No la hemos pegado con las modificaciones de las baterías”, pero ya tiene una idea clara sobre cómo sustituir los paneles solares por una pintura “nanotecnológica” en la que debe haber una capa milimétrica de oxígeno, entre el metal y la pintura especial, por la que se capte el calor del sol y convierta el vehículo en un receptor de energía almacenable sin necesidad de los paneles.

Se debe decir que esto también supondría un avance tecnológico que en un futuro no muy lejano podría mejorar la calidad de vida de quienes habitan en lugares con problemas de suministro de electricidad, aunque estén llenos de sol.

Mientras tanto –una meta mucho más cercana para Pradelli–, busca las condiciones y los recursos necesarios para producir en masa estos vehículos, ya suficientemente probados en su efectividad, convencido de que la fabricación de cada aparato tendría un costo de no más de dos mil dólares, y representarían una verdadera opción ecológica de movilización para todo el país, además de ubicarnos en la punta del desarrollo automotriz en América Latina.

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