Inicio Opinión y análisis Somos lo que comemos… ¿y lo que desperdiciamos?

Somos lo que comemos… ¿y lo que desperdiciamos?

por Éder Peña
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Todo ser vivo debe luchar para nutrirse. Para los animales depredadores la lucha es a muerte; para las plantas o algas parece cosa de estar bien ubicado. A veces nuestros hijos perciben que los alimentos vienen de los automercados y abastos y no del campo.

Mientras una de cada ocho personas pasa hambre en algunos países, en otros aumenta la obesidad por exceso en la ingesta de calorías. Sin embargo, casi un tercio de los alimentos producidos a nivel mundial (1.300 millones de toneladas por año) se pierden o desperdician en toda la cadena (no red) de suministro.

En los países “en vías de desarrollo”, un 40% se pierde en las etapas de pos-cosecha y procesamiento; en los industrializados el mismo porcentaje se desperdicia en el comercio minorista y del consumidor porque no son vendidos o son descartados en hogares o restaurantes.

Los alimentos desperdiciados se descomponen y aumentan las emisiones de gases de efecto invernadero.

En el Sur Global muchos agricultores recolectan demasiado pronto a causa de la necesidad de dinero o comida, en el Norte Global la producción excede a la demanda. En todos los casos la expansión del modelo agrícola basado en la agroindustria impulsa el 70% de la pérdida de la biodiversidad, más es menos.

Todos queremos hallar comida cuando la necesitamos, desperdiciar comida es derrochar tierra, agua, energía, suelo, semillas y mano de obra en un planeta que ya demuestra no ser ilimitado. Además, ese alimento desperdiciado se descompone y aumenta las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) vinculados al cambio climático.

Si el desperdicio global de alimentos fuera un país, sería el tercer mayor emisor de GEI después de China y Estados Unidos, según el WRI. Un 11% de las emisiones de GEI, que producen lluvias y sequías más intensas, podrían eliminarse desperdiciando menos alimentos.

Mucha de la mano de obra que cultiva alimentos es esclavizada o mal pagada, sin ningún tipo de seguridad social. Además, en todo el mundo la distribución de alimentos está atada a grandes intereses mercantiles a los que les importa más el control y la acumulación que cualquier transición “verde”.

Un kilo de queso en Venezuela puede llegar a tener hasta 20 intermediarios mientras que más del 80% de los alimentos que se consumen en España procede de países como México, Estados Unidos y Argentina. En 2018 se importaron más de 52 mil 646 toneladas de garbanzos que recorrieron en promedio 7 mil 500 km, lo que implica unas emisiones de 6 mil 900 toneladas de CO2.

En el ámbito global, los grupos de alimentos que más kilómetros viajan son los cereales y los piensos, especialmente aquellos destinados para el consumo de ganado, y otros como el café y las especias, los pescados y los mariscos. Todos ellos recorren más de 5 mil kilómetros hasta llegar a los platos del Norte Global, según indica la organización Amigos de la Tierra.

Otro detalle: Los productos frescos que no se consideran óptimos a determinados prejuicios de forma, tamaño y color, son eliminados de la cadena de suministro durante las operaciones de clasificación, lo mismo pasa cuando en los mercados mayores se imponen precios muy bajos. ¿Alguien se ha preguntado cuántos kilos de comida producida se desperdician por cada kilo de comida vendida en un automercado?

Los niños creen que los alimentos vienen de los supermercados, no del campo.

No es tan difícil producir compost en Venezuela, un conuquito es el mejor antiestrés, nuestro clima es tremendo aliado. Si los niveles de compostaje en todo el mundo aumentaran, podríamos reducir las emisiones en 2 mil 100 millones de toneladas para el año 2050, sin embargo la primera responsabilidad es de quienes imponen un modelo civilizatorio basado en el derroche y la acumulación.

La meta 12.3 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU exige reducir a la mitad el desperdicio per cápita de alimentos a nivel minorista y de consumo para 2030, así como reducir las pérdidas de alimentos a lo largo de las cadenas de producción y suministro.

Compostar, reutilizar, planificar las compras de manera realista, compartir, donar, dejar que los comensales (niños y adultos) se sirvan solos, congelar, usar técnicas tradicionales de preservación como el deshidratado, salado, encurtido, conserva… Mucho se puede hacer.

Mejores instalaciones pos-cosecha, mercados populares más limpios y justos, sistemas de intercambio solidario, escuelas infantiles de cocina, etiquetar mejor, descartar menos, procesar eficientemente, reducir empaques, transportar a lugares más cercanos. Muchas iniciativas ya existen.

Sembrar tus aliños, comprar y almacenar “lo de la temporada”. Dejar los prejuicios con vegetales “feos”, todos merecemos una oportunidad Descripción: 😉. Compartir es vivir, dicen los abuelos que comer es un acto sagrado, tan sagrado como la vida misma.

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1 comentario

Héctor Abache 10 marzo 2023 - 06:33

Muy bueno…

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