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Sin bichos no hay gente: La extinción es para siempre y para todo

por Teresa Ovalles
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Mucho se habla respecto a los impactos que ya están evidenciándose de la crisis climática, sin embargo, hay menos noticias y reportajes referidas a la crisis de biodiversidad. Algunos científicos afirman que el planeta atraviesa su sexto evento de extinción masiva y, a diferencia de las cinco anteriores, ésta es causada por encadenamientos de efectos a partir del estilo de vida de una sola especie: el Homo sapiens.

¿Recuerdas ese esquema en el que las especies son agrupadas en géneros, y estos a su vez en familias y así sucesivamente? Más allá de la pérdida de especies está ocurriendo una mutilación en el árbol de la vida en la que se están perdiendo géneros, familias, etc., pero también las funciones que desempeñan, es algo más que un tema de osos panda o delfines, las extinciones responden a patrones sistémicos y al extinguirse una rama del árbol, otras pueden colapsar.

Es muy curioso que muchos de los artículos y libros que hablan de conservación de la biodiversidad concluyan que la razón es la sobrepoblación humana. El reciente artículo de Gerardo Ceballos y Paul R. Ehrlich publicado en PNAS (revista especializada dedicada a publicar investigaciones originales de alta calidad de las ciencias biológicas, médicas, físicas, sociales y políticas), hace lo mismo, sin embargo, hay un trabajo publicado por Steffen y col. (2011) en el que afirma que antes que el crecimiento poblacional, están la acumulación de capital ajustada al Producto Interno Bruto y la generación de tecnologías medida en patentes como causantes del inmedible impacto humano sobre la Tierra.

Ceballos y Erlich examinaron cinco mil 400 géneros de vertebrados (excluyendo peces) que comprenden treinta y cuatro mil 600 especies y determinaron que 73 géneros se extinguieron desde el 1500 D.C. Aunque generalizan diciendo que la sexta extinción masiva es provocada por “el hombre”, aportan datos que es más grave de lo que se había evaluado anteriormente y se está acelerando rápidamente.

Otros datos:

  • Las tasas de extinción genéricas actuales son 35 veces más altas que las tasas que prevalecieron en el último millón de años en ausencia de impactos humanos.
  • Los géneros perdidos en los últimos 500 años habrían tardado unos 18 mil años en desaparecer en ausencia de los seres humanos.
  • Las actuales tasas de extinción genérica probablemente se acelerarán enormemente en las próximas décadas debido a la destrucción del hábitat, el comercio ilegal y la alteración del clima.
  • Si todos los géneros ahora en peligro desaparecieran para el año 2100, las tasas de extinción serían en promedio 354 veces (o 511 para los mamíferos) veces más altas que las tasas anteriores, lo que significa que los géneros perdidos en tres siglos habrían necesitado 106 mil y 153 mil años para extinguirse en ausencia de humanos.

Sin embargo, la biomasa terrestre no es solo animales, sobra decirlo. Partiendo de que una gigatonelada (Gt) son 1015 gramos, un estudio de Bar-on y col. (2018) estimó que este planeta alberga 2,4 Gt de animales, en términos de masa de carbono seco. El bloque más grande dentro del reino animal son los artrópodos (les llamaremos bichos: insectos, arañas, ciempiés y crustáceos), con 1 Gt. Los peces son casi tan grandes, con 0,7 Gt mientras los mamíferos salvajes representan sólo 0,007 Gt, y las aves silvestres, 0,002 Gt, son comparativamente pequeñas. Hay 2,5 Kg de mamíferos silvestres por ser humano en el planeta, esto significa que les hemos superado en biomasa total.

Los bichos son cruciales en términos de alimento para los demás seres vivos, acondicionan suelos, polinizan, pastorean, cazan, son cazados… es difícil creer que otros grupos taxonómicos puedan seguir viviendo sin ellos. Es tal la interconexión de la evolución que no se puede esperar que la vida terrestre se mantenga si se separa quirúrgicamente a este grupo de animales u otros, así como no se puede esperar que un organismo sobreviva si se elimina por completo cualquiera de sus muchos órganos clave.

Quizás nuestra mayor tragedia es la falta de contexto, en eso los científicos hemos sido cómplices al dedicar más esfuerzos a funciones hiperespecializadas que a abordar la totalidad. Es común encontrar papers calculando cuántos millones de dólares se perderían si desaparecieran los bichos, son cálculos muy complejos e, inevitablemente, descontextualizados. Puede resultar que las pérdidas sean calculadas con alta precisión y sin embargo, los efectos de su desaparición sean peores porque medir en dólares el valor de la extinción es perderse de la infinidad de efectos que originan causas y otros efectos, es decir, de la complejidad de la vida.

Casi siempre el objetivo primario de la actividad científica es conocer más a la naturaleza para dominarla mejor, cada vez se trata menos de una matriz compartida de valores y prioridades en las que la vida prevalezca. Somos expresión de una sociedad que también tiende a centrarse en las pequeñas cosas, sin mirar lo que nos dice el mundo exterior, cualquiera que mire por la ventana es motivo de alarma. En cambio, la modernidad avanza, acelera, crece mientras le pone parches al barco sin importar si esta ruta continúa.

No se trata de que todos filosofemos sino de que no se pierda de vista la viabilidad de nuestra existencia basados en datos reales, no en imaginarios mediados por la creencia mesiánica de ser la especie elegida y superior.

La cultura globalmente dominante predica que los humanos y nuestras construcciones son la principal preocupación, quizás por ignorancia o por arrogancia, y que el resto de la naturaleza es un ruido de fondo incidental. Los medios y redes están repletos de canciones nacionalistas con llanos, selvas, cascadas y playas. Mucho “desierto, nieve, selva y…” de relleno, mientras las consideraciones biofísicas, que son de las que vive nuestra economía, sólo entran en el contexto de la energía, los materiales, la extracción, la explotación y, en resumen, el valor de mercado.

Nuestro “destino biofísico” se avizora cada vez más complicado mientras vamos a foros internacionales a defender nuestro “derecho al desarrollo”. Dado que prevalece el individualismo, la monetización de la naturaleza y la fragmentación del conocimiento, queda entonces como posibilidad real diseñar la comunidad de vida, sin afueras ni adentros.

En este punto de la historia, todos presenciamos que la crisis civilizatoria no es un daño colateral desafortunado e involuntario sino una amenaza existencial creada por unas élites soberbias a las que les rendimos culto o queremos imitar. Sabemos que podemos llegar a un número cada vez mayor de extinciones permanentes, tanto como que está mucho más allá de nuestro poder crear biodiversidad y vida.

Hay quien cree que el futuro está en otros planetas o que la tecnología lo resolverá todo y quienes han incubado esa creencia olvidaron decir que fuera de la ventana está lo que nos hace como somos, uno llega a pensar que son ingenuos. Mejor es que callen y sigan escribiendo ficción, que suelten la motosierra con la que cortan la rama del árbol en la que estamos todos montados.

Todas las vidas somos contextos de otras, sólo la vida puede crearse a sí misma, podemos dejar que ella haga lo que mejor sabe hacer dándole espacio. Es cuestión de convertirla en prioridad, de respetarla, sacralizarla, vivir asombrados por ella, verla como lo único que nos permite ser como somos, como lo que es, como la vida misma.

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