Inicio Opinión y análisis Si la naturaleza se opone

Si la naturaleza se opone

por José Roberto Duque
1.237 vistos

José Roberto Duque | Monte y culebra

_____________________

Venimos del agua y la mayor parte de nuestros cuerpos, nuestro planeta y nuestra idea de paz y tranquilidad provienen del agua. En el otro extremo, las visiones de la destrucción y el dolor están asociadas casi siempre al fuego, tanto físico como simbólico o metafórico: el fuego (enemigo) destruye ciudades y propiedades, acaba con la mayoría de los objetos físicos; la idea del infierno anuncia una ardezón del carajo pese a la visión de algunas culturas, que ubican ese espacio del castigo eterno en una tundra macabra donde el frío te congela hasta los pensamientos.

A pesar de todo eso varias de las grandes tragedias registradas en el planeta tienen que ver con el agua, con inundaciones, deslaves, corrientes salidas de madre. No es para nada gratuito que en casi todas las culturas se mencione el mito, leyenda, premonición o recordatorio del diluvio universal. Desde los asirios y los sumerios hasta los hindúes y los griegos, pasando por la tradición judeocristiana; los mapuches y guaraníes en el sur, y mucho más acá los chibchas de la actual Colombia y los jirajaras por aquí en la tierra del cocuy, una enorme cantidad de pueblos ancestrales registran o recuerdan en varios relatos que la especie humana y otras más llegaron a desaparecer en masa debido a catástrofes acuáticas.

***

En tiempos más recientes, e incluso actuales, la locura climática y la furia de las aguas han sido grabadas en todos los formatos, a modo de espectáculo, en su faceta aterradora de demolición de ciudades. Ciudades: construcciones humanas que parecen muy sólidas cuando los elementos duermen o están agradablemente quietos. Acabamos de presenciar unos momentos sobrecogedores en Mérida, Trujillo y otros estados. Pequeñas pero dolorosas manifestaciones de las aguas embravecidas.

Mientras la mediática se concentraba en la noticia terrible de los estragos del río Chama a lo largo de su recorrido merideño, los pueblos llaneros a cuyo costado se alarga la autopista José Antonio Páez (y/o de la Troncal 5, como llaman indistintamente a la carretera vieja y también a la autopista) entendieron que las desgracias no quedan lejos. Una represa ubicada en un hato cercano a Ospino, llamado El Encanto, se llenó con los aguaceros hasta el punto del colapso de su muro protector, y el súbito desborde partió en dos un tramo de la autopista y debilitó otro, por donde pasa el río Ospino.

***

En ese justo momento pasaba con Alexis Liendo rumbo a Socopó, donde también hubo desborde y casas destruidas, y la cosa nos recordó un chiste macabro: el día que le dijimos al Gocho Livio, insigne sembrador de agua, que ese grupo de gente que él comandaba era una cuerda de terroristas. La joda indicaba que de tanto sembrar agua esos locos de Socopó habían generado una inundación, pero la realidad es que la siembra de agua justamente busca que la gente se organice para minimizar el impacto producido por la devastación de cursos de agua y reservas forestales.

Mirando con Alexis los videos asombrosos de las quebradas y ríos que también destruyeron la carretera que va hacia Calderas (Alexis tuvo que quedarse en Barinas) le solté la primera parte de la conocida sentencia: “si la naturaleza se opone”. Para cualquier venezolano la continuación de la frase se da automáticamente en el cerebro. Pero ninguno de los dos la pronunció. Porque la aplastante realidad es que si la naturaleza se opone no hay nada que hacer, mi estimado: apártate, corre o adáptate a ese cataclismo planetario, pero no intentes luchar contra algo que de todos modos va a derrotarte, porque tú al final no eres un ser superior ni invencible sino una miserable partícula de ese todo.

***

El regreso a Caracas desde Barinas tenía aquel obstáculo que parecía insalvable, el puente destruido. Pero como antes de la autopista existía ya la carretera vieja (las viejas, como las madres, siempre salvan) la única incomodidad pareció más bien un premio: la necesidad de abandonar la autopista desvencijada y meterse por una ruta de portugueseña belleza, pese a los estragos del agua, que desbarató docenas de matas de teca y dobló unas torres de hierro como si fueran pitillos.

Me paré entonces en un pueblito con madre río al lado, y que no se nota ni se intuye cuando uno pasa a 140 por la José Antonio Páez: Morador, se llama. Estaba forrado de mangos, y de unas niñitas chiquitas y dulces que aplaudían, alzaban los puños en señal de victoria y le gritaban cosas a los carros cuando pasaban.

***

Lo que sí tenemos los seres humanos, no como bichos que resolvemos o creemos resolver todo con artimañas tecnológicas. Al igual que todas las especies, la nuestra tiene en los adentros una información que la empuja a sobreponerse, a recuperarse, a intentar renacer de toda ceniza o tropiezo fatal.

Recuerdo la tragedia de Vargas (el deslave monumental de 1999), recuerdo la sensación de destrucción total y de imposibilidad de imaginarse un volver a la vida. La Guaira era todavía, en los primeros meses del año 2000, un escenario triste, macabro; olía a la monstruosa desgracia. Pocos meses después acudí una noche al malecón de Macuto con unos amigos, y en lugar de la prolongación de la tristeza encontramos tambores, bailes, cerveza: el pueblo de La Guaira sobreponiéndose a la muerte.

Y lo mejor: en el agua y sobre aquellos diques empedrados que meses atrás albergaron todo el dolor de la tierra, varias parejas culeando bello, las nalgas al cielo, el impulso primitivo a flor de hacha y machete

De alguna manera lo asociamos con cierta noticia de aquel momento, que debe estar repitiéndose ahora mismo: en momentos de bombardeo y genocidio, la franja de Gaza registraba la tasa de natalidad más alta del Medio Oriente; te asesinan en masa, pares en masa.

***

Así funciona: las tragedias naturales o provocadas destruyen vidas, y en esos momentos de derrota temporal de la vida se activa el motor íntimo que mueve a la especie a renovarse y regenerarse: en lo secreto del ADN habita la orden que nos llama a la furiosa reproducción. Furia es una palabra aplicable al quitar la vida y también al preñar gente para que alumbre gente.

***

Del Grupo Madera original ha trascendido la hazaña de sobreponerse a la terrible emboscada de la muerte en aguas tempestuosas: solo se mojaron.

A quienes no aprendimos a trascender como ellos en la memoria colectiva nos han de arastrar las aguas enfurecidas del olvido. Pero la especie seguirá ejecutando su danza de generaciones.

Autor

Sabemos que también te interesará leer:
Compartir:

Periodista, escritor y editor

2 comentarios

carimar garcía 2 julio 2025 - 15:55

Has mencionado una especie fundamental en el tema de la tala y extracción de recursos maderables en Portuguesa, la dichosa «Teca». Tú que te has andado tanto por la vieja como por las nuevas carreteras del piedemonte, sabes que en décadas se ha introducido esa especie que ha secado ríos en Ospino y desertificado los suelos. La Smurfit Kappa a quien las comunas le han dado la batalla para recuperar tierras y, aún así, las consecuencias del monocultivo de teca y la tala, lasseguimos viendo y viviendo. Si vemos esas fotos de vista cenital del piedemonte llanero, lo que más me impacta es la deforestación y un ausente plan de reforestación en las cuencas (eso de lo que tanto promovió y defendió Livio, de eso se trata la siembra del agua), por ahí y que van a plantar unas dos mil especies autóctonas, a pues, quizá tengan que ser millones para mitigar y saldar la deuda de la Portuguesa maderera. A eso súmale el ejercicio de la minería no metálica (para la industria de la construcción) que implica extraer arena, piedras, grava, etc, etc, pues cómo no vamos a ver correr tantísima agua sin tener en qué agarrarse. Recuerdo varios años atrás, en el Río Guache (Ospino), hubo una ribazón grande, pero los peces no tenían suficiente agua para seguir el curso y quedaron moribundos a orillas del río. Entonces, fácil se resume todo en el mentado cambio climático, sin asumir responsabilidades y de paso, creernos arrechos en oponernos a la naturaleza si ella se manifiesta. Muy buen artículo.

Respuesta
José Roberto Duque 3 julio 2025 - 13:13

Así es, teca y pino son vías directas a la desertificación. Pero cómo impone uno la lógica de la naturaleza contra esanotra los negocios. Ruda pelea

Respuesta

Deja un Comentario