Alejandro Silva Guevara
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A este estilo se le llama Arquitectura Neoandina y no se limita a la construcción de viviendas multifamiliares, sino que también integra espacios recreativos como salones de fiestas y de reuniones en los que celebran bautizos, bodas y cumpleaños, además de espacios dedicados al comercio y al alquiler. Con esta combinación el arquitecto busca la creación de espacios comunitarios integrados. La distribución de los mismos tiene una lógica de autosustento familiar: en la planta baja van los comercios; en el segundo piso están los salones de reuniones; en el tercer piso se construyen habitaciones que pueden ser alquiladas, y finalmente, en la última planta, se ubica lo que sería el apartamento donde habitan los miembros de esa familia.
Por otro lado, la cultura Tiahuanaco, que fue una civilización que floreció hace más de mil años y que se ubicaba entre lo que hoy es Bolivia y Perú, es parte de la inspiración de Mamani y de ella toma las formas geométricas y la explosión de pigmentos que hacen resistencia en contra de la casi ausencia de colores de la arquitectura europea. También integra otros elementos que definen las formas escalonadas y trapezoidales que son pertenecientes a las Pukaras, como llamaban a las antiguas fortalezas andinas, y no ignora la cosmovisión de los tres mundos: el terrenal, el celestial y el de las divinidades, nombrados por los nativos de esa zona andina como Supay, kay Pacha, Alax Pacha.
Otras de las influencias de este estilo arquitectónico es la del color utilizado en las telas que fabrican integrantes de culturas como la aimara (o aymara) para hacer sus prendas de vestir, siendo muy conocidos los ponchos, que lucen colores variados y brillantes como el fucsia, varias tonalidades de verde, anaranjado, azul, amarillo, entre otros. Ese colorido busca resaltar por contraste entre un paisaje que se muestra de color tierra, y a veces ladrillo. A esta policromía le agrega algunas iconografías propias de otra cultura andina, la Tiwanaku, que antiguamente tallaba en piedra serpientes, cóndores, pumas y otros animales propios de la zona.

Toda esta mezcla de arquitectura moderna con razones ancestrales, le ha dado al trabajo de Mamani una notoriedad que ya es reconocida en partes de Europa y América, por la funcionalidad de la construcción y la ruptura visual que aporta en las áridas tierras andinas. Sin embargo, no se podría hablar de viviendas de corte popular, ya que la minuciosa técnica de construcción, el decorado intenso y la variedad de materiales hacen de estas creaciones espacios costosos que actualmente pueden ser adquiridos por que llaman la “nueva burguesía andina”.
Cholet: del desprecio al orgullo
Los españoles llamaron indios a los habitantes originarios de América, y en cierto lugares de lo que hoy se conoce como Los Andes (específicamente en Perú y Bolivia), los llamaban despectivamente cholos, para humillarlos y mostrarles desprecio, lo que aun ocurre. Sin embargo, con el paso de los años, esas denominaciones ofensivas, se han convertido en una especie de orgullo resistente del que se han apropiado los habitantes originales de estas tierras, transformando la “choletería” en una manifestación de rebeldía y resiliencia.
Nombrar esta arquitectura neoandina también como cholet, no es un problema para Mamani, quien a pesar de su fama internacional, sigue viviendo y trabajando en El Alto, Bolivia. Nació en una comunidad pequeña de origen y tradición aimara llamada Catavi, ubicada en el departamento de La Paz, el primer día de noviembre del año 1971, y su padre, quien era maestro de obra, lo llevaba desde muy pequeño con él a trabajar en construcciones de la zona. A medida que pasaba el tiempo, Mamani se fue adentrando en los vericuetos del oficio, al punto de que llegó a ser ayudante de albañil a la edad de 14 años.

Posteriormente, ya apasionado con el arte de construir casas, logró estudiar arquitectura en la Universidad Boliviana de Informática (UBI), y posteriormente, para completar su aprendizaje, se graduó como Constructor Civil o Ingeniero Civil, en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA). La experiencia y los estudios, le dieron la oportunidad de experimentar en su propia tierra, en la que actualmente ha desarrollado unos sesenta proyectos exitosos que le han dado el reconocimiento que tiene. Se han hecho exposiciones fotográficas y de maquetas, foros y conversatorios de sus construcciones en París, en la Fundación Cartier, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, en Argentina y otros lugares, en los que se habla sobre la capacidad integradora de su arquitectura. En El Alto tiene una especie de taller en el que sigue haciendo bocetos para futuras construcciones, a pesar de sus detractores, arquitectos que afirman el decorado de sus creaciones no es funcional según los estándares modernos, mientras otros aseguran que se trata del renacimiento y actualización de muchos elementos culturales que la colonización quiso borrar.
