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El muchacho que se formó para quedarse en su pueblo

por Jose Roberto Duque
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José Roberto Duque / Foto Lheorana González

Este joven físico con conocimientos de astronomía y con las miras puestas en la investigación en nanopartículas, está anclado por la historia y los afectos a su terruño natal, el más alto de Venezuela

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La comunidad de Llano del Hato, a 3.600 metros sobre el nivel del mar, puede jactarse de varios records: es la comunidad poblada más alta de Venezuela, sede del Consejo Comunal más alto, del ambulatorio y la escuela ubicadas a más altura. Carlos Jaimes es originario de ese poblado.

Su estatura ronda los 1,60, así que no es la persona más alta del pueblo más alto. Pero sí es, seguramente, de las más proactivas, de las que desafiaron y derrotaron ciertas condiciones bastante perversas que se llegaron a imponer en el entorno.

Nacido en 1989, Carlos recuerda un insignificante pero revelador episodio que le ocurrió a sus 8 años de edad. Así de sencillo y poquita cosa, en apariencia: estaba jugando en los terrenos donde ya se levantaban las cúpulas, y un guardia le ordenó salirse de allí. Ni más ni menos, del lugar donde antes los habitantes de Llano del Hato sembraban y pastoreaban su escaso ganado, y donde los niños iban a jugar.

Con el tiempo este joven se hizo Físico, conoce de astronomía y también de nanopartículas (su actual línea de investigación). Con semejante palmarés pudo haber escogido cualquier destino y cualquier ocupación de su preferencia en el campo científico. Prefirió estudiar y formarse a fondo, no para largarse lejos sino para regresar a su terruño.

Actualmente es una de las personas que trabajan allí como asistentes; su dominio de la información sobre los telescopios y su manejo del instrumental, su manera segura y didáctica de comunicar las ideas, de nombrar los cuerpos celestes, de identificar los satélites artificales y de perseguir su rastro en las alturas, para asombro de los visitantes, hacen que la experiencia de conocer el Observatorio Astronómico Nacional valga la pena.

Como se ha descrito profusamente en artículos anteriores sobre el llamado Astrofísico, antes de la instalación del Observatorio en los predios del poblado allí se cultivaba papa y se criaba ganado. De pronto, en los años 70 del siglo pasado aparecieron allí unas personas que instalaron unas cercas, unos materiales y luego fueron cobrando forma cuatro artefactos misteriosos, cuatro gigantes transplantados allí, que resultaron ser los ahora famosos cuatro telescopios.

El largo camino para quedarse

A pesar de la evidente injusticia reseñada arriba (la gente del poblado o comunidad aledaña al observatorio no podía sembrar en los terrenos donde se construyeron las instalaciones), Carlos prefiere analizarlo con más lógica que resentimiento. Dice que hubo un momento en que, vendidos los terrenos a la Universidad de Los Andes e instalados allí los telescopios, comenzaron a ponerse en práctica algunos protocolos y normas. Una de esas normas prohibía la actividad agrícola en el entorno cercano, porque el arado levanta partículas que pueden contaminar u obstruir la visibilidad de los instrumentos.

Pocos habitantes del pueblo tenían acceso al Observatorio, eran los trabajadores contratados para faenas que nada tenían que ver con astrofísica ni con la ciencia. Así que esas instalaciones, imponentes y hermosas, en lugar de convocar a la gente de los alrededores, la fue apartando y segregando. Carlos dice que simplemente se le quitó el interés de volver a un lugar de donde lo habían sacado.

Diez años después Carlos se graduó de bachiller en el cercano pueblo de Mucuchíes. Y entonces comenzó a hilvanarse una cadena de sucesos que lo llevaron de regreso al Astrofísico, por la puerta grande. Pero para eso tuvo que darse un requisito fundamental: la curiosidad por la ciencia.

“Mi afición por la ciencia comenzó por un documental sobre astronomía que vi cuando muy joven”, echa Carlos para atrás en sus recuerdos. “El astrónomo protagonista de ese documental era un hombre muy respetado que quería hacerle aportes a la humanidad. Ya desde esa vez se me metió en el cerebro que quería ser científico. Después seguí viendo con curiosidad documentales sobre gente que inventaba cosas, sobre electricidad, magnetismo. Hay unos eventos que llaman Encuentro con la Ciencia, y actividades como las post carreras, en las que los profesores e investigadores van a los liceos a explicar qué hacen y cómo se trabaja en sus áreas. Esas cosas funcionan, a mí me sirvió mucho ese tipo de cosas para encontrar mi vocación”.

Carlos tenía en mente estudiar ingeniería, pero una amiga lo puso a mirar para el lado correcto: si había un observatorio ahí cerca de su casa, ¿por qué no estudiaba física? Así que puso física como segunda opción, después de ingeniería. Y le salió el cupo en física.

Se había atravesado además una situación o cambio de situaciones. Los guías que trabajaban en el museo del observatorio eran de la ciudad de Mérida. Hasta que llegó un director al observatorio, Eloy Sira, que detectó el desajuste y comenzó a hacer algunos cambios. Quiso que los trabajadores del observatorio fueran de ahí mismo, de Llano del Hato. Se inscribió en un concurso para ser entrenado como guía, a sus 17 años, y lo seleccionaron. Fue su reencuentro con el observatorio desde aquel día amargo en que lo sacaron del territorio de su niñez.

Conoció los telescopios, escuchó la charla sobre las investigaciones que ahí se hacían, de boca de un ícono viviente de la institución, el señor Ubaldo (padre de José Ubaldo, uno de sus actuales compañeros de labores como asistente). En esas labores trabajó desde los 17 hasta los 23 años.

Y de paso, para variar, la agricultura

“La Facultad de Ciencias de la ULA es la mejor del país”, sentencia con orgullo Carlos Jaimes, mientras narra los escollos y dificultades por las que debió transitar. “La calidad de los docentes y de los investigadores es alta, respetable. El profe más ‘normalito’ tiene 150 publicaciones, todos ellos se formaron en universidades europeas. Cuando entré a estudiar éramos 35 estudiantes; nos graduamos tres”.

El relato de Carlos avanza por el territorio escabroso de los años 2016 al 2019. De sus cinco hermanos (él es el mayor de seis) cuatro se habían ido del país. “En 2018 me propusieron aceptar una beca doctoral en Argentina. Mi familia me pidió que lo reconsiderara. Estuve a punto de aceptar, pero me puse a analizar lo que había. Económicamente no estaba mal, aquí tenía residencia, comida. La otra opción era hacer las pruebas para entrar como asistente en el CIDA (Centro de Investigaciones de Astronomía, entidad a la que pertenece el observatorio). Entonces decidió hacer esas pruebas y quedarse.

Eran rudos los tiempos. Su papá, agricultor, que siempre lo había animado a que estudiara e hiciera una carrera profesional “para que no pasara por lo que pasó él”, le cedió durante ese tiempo un buen lote de sus terrenos para que sembrara en esos momentos en que escaseaba la comida.

“La agricultura nos salvó. Económicamente me ayudó”. Con la agricultura se compró sus libros, su computadora, pagaba su alquiler en Mérida. “Soy físico y sé de agricultura: de hambre no me iba a morir”.

Justo ahora la institución en que trabaja anda reivindicando esa filosofía de mirar al cielo pero poner pies y manos en la tierra. Carlos la ve con simpatía y entusiasmo, pero no es de los que participan en esas tareas. 

Foto Candi Moncada

El joven da una larga explicación sobre sus funciones en el observatorio, que no se limitan a la atención de los visitantes. Quiere terminar su maestría y tiene el ojo puesto en el tema nanopartículas; cuando iba a desarrollar investigaciones en esa área (nanopartículas a nivel electroquímico, para buscar alternativas al almacenamiento de energía en baterías de litio) la pandemia de Covid 19 le frustró el impulso inicial.

¿Y qué hará en el futuro? ¿Puede predecir lo que será de él más o menos con la misma exactitud con que sabe en qué coordenadas del firmamento va a pasar Júpiter dentro de una semana?

Suelta la carcajada. “Me gustaría quedarme en la Facultad, seguir la investigación en nanopartículas. Si sale una oportunidad de estudiar aquí un doctorado, y esto mejora, me quedo. Pero digamos que la vida te pone obstáculos y pruebas. El universo tiene leyes y es posible predecir algunas cosas. Pero con mi vida no puedo predecir qué voy a hacer, solo lo que quiero hacer”.

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