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Andamos de aplausos y premiaderas

por Penélope Toro León
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Andamos en una sola premiadera, de fiesta, de orgullo. Este año en ocasión del 27 de junio, Día Nacional de los Periodistas y las Periodistas, los trabajos de cuatro integrantes del equipo La Inventadera fueron galardonados con el Premio Aníbal Nazoa, en la categoría Periodismo Digital, convocado por la Fundación de Periodismo Necesario en su edición XIV. Por si fuera poco, la revista fue seleccionada para una mención del Premio Nacional Simón Bolívar, otorgado de la mano del Presidente de la República Nicolás Maduro y el Ministro del Poder Popular para la Comunicación y la Información Freddy Ñáñez.

Personalmente, hace poco, recibí un reconocimiento por el Día del Escritor Merideño, nueva efeméride que, en honor a Don Tulio Febres Cordero, tuvo a bien decretar la Cámara Municipal del Municipio Libertador de este estado andino, amén de otro reciente por parte de mismo órgano por parte de la municipalidad de Campo Elías, municipio donde resido. Los mismos se deben en buena medida al trabajo que he venido desempañando en esta revista; para mí una gran escuela de construcción del senti-pensar decolonial, en cuya morada he sido recibida y cobijada con benevolencia y generosidad.

Por todo ello, estoy (estamos) profundamente agradecida (dos/das) y contenta (tos/as).

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Premiar el trabajo de esta revista es validar, sobre todo, su contenido. En sus notas nos topamos con la Venezuela que justamente grupos de poder del mundo, quienes nos bloquean y nos vetan, nos castigan por no querer ser como ellos, no desean, por nada del mundo, que se conozca. Un país en donde la gente anda paʼ lante, nombre de una de nuestras secciones más populares.

“Paʼ lante”, para quienes no son de aquí, es una expresión popular que se refiere a que, pese a las dificultades, debemos mirar hacia adelante, seguir, levantarnos y conservar una actitud positiva. Actitud ésta que, por cierto, ha caracterizado a la población venezolana en los últimos tiempos, más allá de posiciones políticas, dejando a un lado, a coro, el desentone lastimero y andar quejándose de todo. Somos un país musical y decidimos andar afinaditas/os, en clave positiva.

Lectores y lectoras podrán pensar que esta forma de ver la realidad se debe a una sobre justificación o una especie de “negación ciega” a los problemas, atribuida al chavismo. Sin embargo, juro que de boca de personas opositoras he podido extraer un discurso, en el que se patenta esta especie de cambio al que me refiero. Actitud a la que bien podríamos referirnos como propositva.

Dicho viraje, deduzco, se debe a un proceso de autoconsciencia de esos que surgen en las crisis más profundas; para usar los términos de moda del coaching: “un quiebre”.

Aunque ni a la psicología, la filosofía o a la sociología ortodoxa le gustan los paralelismos evolutivos, -pero mis trapos no son precisamente para secarle el sudor a la ortodoxia-, considero que procesos vitales individuales efectivamente tienen ciertas analogías con el devenir social.

Por ejemplo, eso que nos molesta de nuestro propio modo de ser, que observamos convertido en un obstáculo, un impedimento para avanzar; llega un día en que le decimos: “¡basta!”. Si quien lee tiene al menos unas tres décadas de recorrido vital, seguramente debe recordar lo visceralmente conscientes que suelen ser este tipo de decisiones; constituyen un punto de no retorno.

Es ese momento en la vida precedido por una pausa y una pregunta: “¿qué es lo que estoy haciendo?”, aunque suene a cliché. Nos detenemos y cuestionamos nuestro propio accionar, usualmente de larga data, interpelando a la consciencia y dejando de buscar culpables en otro lado. El famoso “viraje”, no es otra cosa que la muy repetida prédica: “mirar para adentro”, asociado a las filosofías orientales; presente en centenares de libros de autoayuda, manuales y cartillas de espiritualidad.

En Venezuela decidimos pues, un día, decirle basta a la quejonería sin causa, la constante y delirante crítica destructiva, como una especie de patología endemoniada, a la reactividad y, sobre todo, a la actitud lastimera. Ello ha traído sorprendentes y maravillosas consecuencias.

Aunque queden por ahí especímenes extraviados, a quienes por lo general la gente les huye y le encasquetan el otro término de moda: “tóxico”. Estas personas son como dinosaurios que viven en una frecuencia “demodé”, arcaica, que la sistémica está descartando en el proceso evolutivo de lo social. Por una razón que va también con la teoría evolutiva más elemental: no es eficiente. No nos sirve el pesimismo, el “achante”, la pasividad, en suma: la dependencia y el parasitismo.

Nadie puede decir que la cosa no ha estado realmente muy ruda. Y es muy cierto que casi todo el mundo llegó en algún momento a evaluar la posibilidad de irse en fuga, como tantos, tantas. Pero hay una realidad avasallante: ¿En cuánto tiempo nos levantamos de la profunda fosa desmoralizante en la que estábamos? Circunstancias favorables de locus externo aparte. Por ejemplo, los esfuerzos del gobierno por amainar los efectos de la guerra económica. Me refiero a esta cosa de mirar paʼ dentro, más allá de lo externo. La psicología llama a eso “locus de control interno”.

Cuando la debacle nos agarró fuera eʼ base, como decimos en criollo, viviendo en nuestro mundo de fantasía, esperando “el avión, el avión”, no nos dimos cuenta de lo que venía era en realidad la ola de un tsunami que nos dio una tremenda revolcada. No supimos cómo reaccionar y por supuesto, dentro de una guerra no convencional, el aspecto psicológico es clave. Así, la incertidumbre, la desesperanza, la desesperación junto con una desvirtuación, en clave de exageración y mentira repetida varias veces, ejercieron el efecto de las grandes movidas de matas en nuestras vidas. Para quienes se quedaron, para quienes se fueron y para quienes se fueron y volvieron, todo (nos) cambió.

El que la situación nos haya agarrado de sorpresa denotaba ciertamente inmadurez de nuestra parte, puesto que ¿a quién se le iba a ocurrir que con todo lo que estaba pasando, todo lo que estábamos (estamos) logrando, el imperio no nos iba a castigar y a querer aleccionar duramente? De alguna manera nos encontrábamos en medio de una ceguera producto del encandilamiento de la época de la bestial bonanza, en la primera década del siglo XXI, cuando nos vimos en la cresta de ola y no previmos que no se puede estar allí permanentemente.

Como infantes en la playa, aún nos sacábamos la arena de las orejas y de todos los orificios corporales, cuando muy pronto sobrevino la resiliencia, título de otra de nuestras secciones más importantes. Hemos (estamos) cultivado y pulido tesoros de virtudes: resiliencia, paciencia, aceptación, voluntad, orgullo patrio, pertenencia, ingenio, inteligencia (sobre todo emocional), empatía, entereza, solidaridad, humildad. Piedras preciosas que siempre albergaron nuestras almas, pero que, con tanta pata montada y tanto polvo bélico encima, no habían tenido verdaderas oportunidades de ofrecer todo el esplendor de su brillo.

La determinación propia del viraje ha propiciado que hagamos cambios estupendos en nuestro estilo de vida que, desde lo muy cotidiano, nos dan paz. Uno de estos cambios más significativos se refiere a la relativización de nuestras jornadas laborales y haber transformado algunos parámetros de productividad, dándonos el permiso de vivir una vida más vivible, en la que podemos pasar más tiempo con nuestra familia, con nosotros/as mismos/as para el auto y entre cuidado.

Cierto que el teletrabajo es invasivo, como bien lo mencionaba en otro trapito, pero también hemos sabido, inteligentemente gestionar nuestro tiempo, porque estamos aprendiendo a apreciarlo; un lujo, por cierto, para la gente de otros lados.

Nos encontramos en medio de una revitalización moral inédita. Hemos dado espacio a una nueva forma de gestión del talento humano -ya no somos “recursos”-, en cuya transformación las demandas a los y las trabajadoras han sido replanteadas en lo institucional. La fórmula capitalista del cumplimiento de extenuantes y absurdas permanencias en las oficinas sin luz solar, expuestos a la ionización de los aparatos informáticos se ha replanteado. Ya quisiera la gente del “primer mundo” contar con esta ventaja laboral. Nos estamos tratando por fin como adultos/as: sabemos lo que tenemos que hacer, cuáles son las metas y los acuerdos, un nuevo modelo que redunda en mayor eficiencia y profesionalismo. Pasa lo mismo a escala país: aquí está quien de verdad quiere estar y, por ende, hace lo que le corresponde con amor.

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Dice la canción: “el que se fue no hace falta, hace falta el que vendrá”. Estos, estas que vendrán son justamente las generaciones de relevo que se están formando con una visión de autonomía y empuje propias de este cambio. Esto es profundamente transcendente: los venezolanos y las venezolanas nos convertimos en dueñas de nuestro tiempo.

No quiero decir con esto que una persona profesional promedio en Venezuela que deba pagar un alquiler de, por ejemplo, 200 dólares, no tenga que someterse a varias jornadas laborales y que, si es mujer, no sea víctima de las dobles y triples jornadas dedicadas a los cuidados. Sin embargo, pese a lo que quieran vender en los “informes” de ONGs, simplificación de la realidad de las “condiciones” de la clase profesional en Venezuela, éstas son situaciones que trascienden la realidad local y obedecen a una crisis estructural de fondo del capitalismo y el patriarcado. Como ha sido siempre, este es un territorio donde las opciones y las oportunidades se abren en un abanico favorable a quien las quiera ver, dicho por migrantes de toda la vida en Venezuela.

Amén de los borbotones de avances, descubrimientos, inventos, hallazgos en innovaciones que, en materia científica y tecnológica, nos empeñamos en difundir en esta revista para que no pasen por debajo de la mesa, silenciadas, minimizadas, menospreciadas y a veces ridiculizadas por especímenes reptiloides, observamos que gran parte de la población venezolana se ha enfilado en esta nueva ola llamada emprendimiento.

Tanto para la producción de bienes, como en la prestación de servicios, se ha desatado un hermosísimo potencial creativo a lo interno de nuestras fronteras y también para el mundo. “Full days” de yoga y/o fitness en la playa o en la montaña, coaching, asesorías en distintas áreas de las ciencias aplicadas, creaciones culinarias de todo tipo con un gusto y calidad por demás excelente, productos orgánicos de cuidado personal con sello ecológico, producción artística y editorial, ofrecimiento de distintos servicios formativos, talleres, cursos de toda índole. En fin, toda suerte de hechuras, cuchuras, arte y creación se han desplegado en nuestro país. Los cuales, por cierto, cuando de servicios online se trata, son muy apreciados por personas en el exterior. “Golilla”, decimos aquí: aprovechan los bajos precios y la calidad profesional venezolana.

Por otra parte, hemos de veras relativizado algunas de las llamadas “necesidades”, entendiendo que, muchas de ellas eran meras sujeciones del sistema creadas para amarrarnos a parámetros mercantilistas. Así, si no tenemos en la despensa X marca de harina de maíz pre-cocido, no sentimos que “nos quitaron” nuestra libertad, porque no podemos comprar-le al monopolio su bagazo restante después de sacarle todos los nutrientes al maíz y alimentar a los cerdos.

Entonces, señoras, señores, el corolario de todo esto es que los aplausos no solo son para los/las reporteras periodistas, fotógrafas, creadoras gráficas, escritoras, escritores. El aplauso, de pie, fuerte, de esos que ponen las manos rojas, es para el pueblo. Sus poderes creadores, sus artes, sus oficios, para hacernos de los Nazoa, sin los cuales no tendríamos nada qué mostrar. La frente bien arriba y el aprender haciendo con ingenio, sin miramientos, ni vergüenza; con sencillez, candor, humildad y entereza, es la piedra fundamental libertaria que nos legó El Libertador.

En fin, somos un pueblo que está creando y creando en serio, lo que definitivamente nos deja con la responsabilidad de asentir, visibilizar, celebrar una obra social colectiva.

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