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De fósforos, candelas y generaciones

por José Roberto Duque
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José Roberto Duque | Monte y culebra

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Juro que había comenzado a escribir este artículo unas horas antes de enterarme, la noche del 25 de septiembre, de que se había desatado un incendio en las instalaciones del mercado de Quinta Crespo, en Caracas. Sólo cierto impacto personal y algún desconcierto le agrega este dato al resto del relato, pero de alguna manera creo que debo mencionarlo, porque acá se habla, justamente, sobre la candela y un poco sobre el mercado de Quinta Crespo.

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Esta crónica va sobre formas de encender una candela, bien o mal sea para fumar, cocinar, quemar algo por diversión o para crear algún disturbio.

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El acto de hacer aparecer la candela, ese elemento natural ya domesticado, soporta varios verbos en su invocación entre gente de nuestro pueblo. Tú puedes prender, pegar, echar e incluso coger candela. El decir de nuestra gente segregó por sifrino el sinónimo “fuego”, aunque después lo reivindicó pero con nuevo significado: nadie llama fuego a la candela pero sí exclama malandramente esa palabra como significante cercano a “plomo”. Ambas voces equivalen a “dale”, “échale bolas” o “hagámoslo”.

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En tiempos de éxtasis y adoración mundial de lo digital es preciso chocar ese carro con una evidencia: si algo digital es algo que tiene que ver con los dedos entonces no hay forma más digital de prender candela que el encendido de un fósforo. Con un celular se puede encender indirectamente alguna candelita: publicas alguna estupidez irresponsable en las redes y salen algunos a incendiar objetos o gente en las calles. Pero ese incendio no se activa con el teléfono sino con métodos y cosas físicas.

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La ladilla que me dan los yesqueros desechables, que siempre se dañan mucho antes de que se les acabe el líquido o combustible, me hizo recordar un implemento que hace pocos años era muy común y popular. Tanto, que se podía encontrar en cualquier quiosco, bodega o abasto; el trámite de encontrar una caja de fósforos casi era cuestión de salir a la calle y estirar la mano en cualquier dirección. El pueblo o la cultura popular tenían ese dato tan entronizado que algún gracioso convirtió en canción un símil o metáfora que hoy suena bastante extraña, pero que en los años 70 de mi niñez caroreña era una verdad muy fácil de verificar. Parece que la original es mucho más antigua que la versión que conocimos yo y todos mis coetáneos, en la voz de Nancy Ramos:

“Tú no cambiarás: igual que el precio de los fósforos”

Salir a recorrer el centro de Caracas en busca de una caja de fósforos fue una buena decisión, por dos razones: me ayudó a cumplir mi cuota semanal de kilómetros de caminata (prescripción médica) y me puso a pensar violentamente en un dato económico, sociocultural o antropológico: ya nadie, o al menos muy poca gente, usa fósforos en su vida cotidiana. Pregunté en no menos de dos docenas de expendios de toda índole y la cara que más se repitió entre los vendedores fue la de sorpresa. Luego también las expresiones de lástima e incluso las de asco, “qué le pasa a este viejo er coño, por qué no se compra un yesquero”.

A un caballero aburrido en una especie de ferretería en quiebra le busqué conversación sobre el tema; le dije que qué bolas, que ese implemento que para nosotros era tan popular de pronto estaba pasando a ser una antigüedad, una curiosidad o una cosa marginal y totalmente prescindible, de la estirpe de las poncheras, los sacagrapas, los teléfonos públicos, las agujas de coser y los pañuelos. Me recomendó que probara en las quincallas chinas; en cuatro de ellas me dijeron que no con un movimiento de cabeza, con esa misteriosa seriedad asiática. La única china malandra y extrovertida de Caracas y tal vez del planeta, esa muchacha Coly que tiene a todo el mundo enamorado en Instagram, parece que no es china sino una colombiana disfrazada. Y de Sincelejo. Dato por confirmar.

Alguien en otra tienda me dijo algo que tiene tanta potencia de dato verídico como la canción de Nancy Ramos: vete a Quinta Crespo que ahí se consigue de todo. Me lancé para allá, preguntando en cada local, y alguien me dijo: “Confitería Valparaíso. Ahí consigue lo que sea”.

En la Confitería Valparaíso se consigue lo que sea pero tampoco tenían fósforos. Un señor que acomodaba productos en los anaqueles le puso más gasolina a mi alboroto mental con una pista o información clave: “Creo que la fábrica de Fósforos ‘El Sol’ quebró, porque hace rato que ya no traen. Esa quedaba en Maracay”. El nombre de la marca me hizo chirriar otras gavetas de la memoria porque, en efecto, esa marca proliferaba en esos kioscos con furia y promiscuidad conejil.

Mientras me acercaba al mercado propiamente dicho las gavetas seguían chirriando; me acordé de otras marcas: Inti y El Faro. Pregunté en dos locales sin éxito, y de pronto, en la entrada norte, le pregunté a un tipo en una tienda de ramas medicinales y me dijo: “Cuántas carretas se va a llevar”.

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Nancy Ramos envejeció con nosotros y el precio de los fósforos, en que en 1974 no había subido jamás de una locha o la mitad de un medio (25 céntimos: otro objeto arqueológico) ahora me costó 350 bolívares cada caja (compré diez). Con el dólar a 850, la caja me salía en menos de medio dólar y en más de un cuarto de dólar. Más adelante me encontré con una oferta que me hizo odiar la anterior: 4 mil bolos por 20 cajas. Los palitos de estos eran de madera; los primeros, de papel parafinado.

Los fósforos que encontré eran importados doblemente: mis cajas de fósforos “Refuegos” ingresaron a Venezuela desde Ecuador y “La Original” desde Colombia, pero ambos fueron importados a esos países desde la India. Si te huele a contrabando no te escandalices, eso no tiene por qué ser un delito.

En cuanto al venezolanísimo “El Sol”, la información disponible dice que es (todavía) fabricado en Venezuela pero por un consorcio español llamado Grupo Fierro, filial de otro denominado Grupo Industrial Farallón de Venezuela (GIFVEN), al que pertenece otra marca que seguramente a los más viejos les va a sonar: Fosuca. Habrá que buscar a ver dónde los venden.

Por las primeras imágenes del incendio del mercado de Quinta Crespo que vi en las redes infiero o sospecho que esos dos negocios que visité se quemaron o que sufrieron alguna destrucción. Algo de esas llamas exterminadoras debió nutrirse de esos palitos de fuego portátil.

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No, Venezuela no es el único país adonde los fósforos escasean o donde sus fábricas quiebran o se dedican a otra cosa, o donde los yesqueros han desplazado al antiguo arte de encender candela mediante el ráspalo. Los encendedores comenzaron a popularizarse en la década de 1920 y, sobre todo, con la llegada de los modelos desechables en 1973. La Compañía Fosforera Colombiana, fabricante de la mítica marca «Fósforos El Rey», quebró en 2017 después de una crisis financiera, lo mismo que la Compañía General de Fósforos (CGF) de Argentina, que se mantuvo activa desde 1889 hasta 1986. Hay casos documentados de varios países latinoamericanos (Bolivia, México, Uruguay, Ecuador) donde las fosforeras fueron liquidadas. La Fosforera Peruana sigue fabricando sus Fósforos “Inti”.

La tendencia general en el mundo apunta a un reemplazo de los fósforos por encendedores o yesqueros. El caso más documentado es el del Magiclick, en Argentina, un encendedor piezoeléctrico lanzado en los años 60 que se popularizó justamente por ser más seguro y cómodo que los fósforos. Entonces no es que los jóvenes de ahora sean particularmente torpes con eso del encendido de fósforos; en el reportaje dice que la gente empezó a preferir el yesquero porque los fósforos “no estaban exentos de peligros y complicaciones”.

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Al día siguiente de la compra y durante tres días seguidos, incluido este día en que escribo, me apliqué a un experimento: les dije a 15 niños y niñas que encendieran algunos de esos fósforos. Los de menos de 9 años no se atrevieron, no sabían cómo raspar al menos los de papel parafinado. Los de madera, mucho más cómodos por su rigidez, les fueron más fáciles de manipular; para raspar estos contra la superficie áspera del borde de la caja no es necesario ponerles un dedo encima de la cabeza (me agarró, de sorpresa, esa observación). Los de papel son blandos y se doblan.

Encender un fósforo puede parecer y de hecho es una soberanísima pendejada, pero hay una clave que cualquier cerebro o sistema nervioso difícilmente se pone a procesar llegado el momento del encendido: entre el instante en que tú deslizas la cabecita en la especie de lija y el instante en que esa sustancia hace combustión transcurren décimas o centésimas de segundo. No hay tutorial ni chat GPT sobre la tierra que te explique o te diga con palabras, y tampoco con imagen o video, cuál es el imperceptible y muy preciso movimiento que tienes que realizar para que la yema del dedo no termine perforándose o achicharrándose junto con el elemento incinerado. Pero una vez que lo logras ya el cuerpo ejecuta ese movimiento sin ningún método o medida especial de seguridad: raspas, escabulles el dedo y la candela se prende, dicen que a 240 grados centígrados.

Así lo resume DeepSeek, con datos tomados de varias fuentes:

Cuando frotas la cabeza contra la superficie se produce la siguiente secuencia: Generación de calor por fricción: el polvo de vidrio del rascador genera la fricción necesaria para elevar localmente la temperatura. Transformación alotrópica: este calor hace que una pequeña cantidad de fósforo rojo (estable e inofensivo) se transforme temporalmente en fósforo blanco (altamente reactivo e inflamable). Ignición y descomposición: El fósforo blanco reacciona instantáneamente con el oxígeno del aire, encendiéndose. El calor de esta primera llama descompone el clorato de potasio de la cabeza, liberando una gran cantidad de oxígeno que aviva la combustión. Reacción en cadena: La energía liberada por la combustión del fósforo y la descomposición del oxidante enciende el combustible (azufre) de la cabeza, generando una llama lo suficientemente vigorosa para prender la madera del palito.

A diferencia de los fósforos antiguos (que contenían fósforo blanco y eran tóxicos), en los fósforos de seguridad modernos el fósforo está en la caja, no en el palito. Esto es lo que los hace seguros: no se encienden por accidente al rozar entre sí dentro de la caja.

Toda esa magna coreografía de fenómenos físico-químicos, narrados en un lenguaje que parece referirse a asuntos planetarios o cósmicos de altísima importancia o gravedad, ocurre y concluye en pocos segundos. Es imposible contar cuántas veces en la historia, desde 1827 (cuando empezaron a venderse los fósforos comercialmente) hasta ahora, esos prodigios de la naturaleza se repitieron tan solo para cumplir con el ritual absurdo de encender un cigarro. Recuerdo a mi viejo, El Pulpo, impresionando a sus amigos con una hazaña: sacar un fósforo de la caja y encenderlo, todo con una sola mano.

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He hecho algún esfuerzo por recordar cuándo fue la primera vez que encendí un bicho de esos, y no lo logro. En busca de ese recuerdo me tropecé con un episodio que albergaba riesgos más notables: el diciembre de fiesta en que alguien me animó a raspar un saltaperico.

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El fenómeno también ocurrió muchas veces en las pantallas de cine y televisión. Humphrey Bogart y unos cuantos señores elevaron el acto de prender cigarrillos con fósforos y yesqueros a la categoría de gesto ceremonial elegante, de los que farmeaban aura en cantidad en esos círculos burgueses. Hollywood nos hipnotizó con la idea de que la actitud siempre es importante. Si te ibas a ganar un cáncer pulmonar al menos había que labrarlo con estilo.

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Periodista, escritor y editor

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