Texto y fotos: Eduardo Mariño Rodríguez
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Al norte de San Carlos, donde la llanura comienza a trepar el piedemonte, una furia tectónica antigua mezcló páginas de diversas eras, escritas con las aguas y las arenas y los habitantes de antiguos mares. Es donde las formaciones del cretáceo comienzan a asomar su lado más antiguo y se deja ver lo que alguna vez fue el fondo del mar jurásico, mucho antes que la placa Caribe chocara con la Sudamericana, levantando lo que hoy conocemos como la cordillera de la costa.
A solo cuatro kilómetros por una vía serpenteante, justo antes de llegar al parque Bocatoma, reposa el sereno caserío de Barro Negro, conocido por la sombra de sus samanes y jobos y la apacible quebrada que saluda al pasar el bajío, como antesala al frescor del río Tirgua. Dos cerros enormes lo custodian: casi a la entrada, el imponente Buena Vista y más adelante, en plena curva hacia el parque, El Cocuy. En sus laderas, las limolitas y lutitas de la formación Mucaria se ven entretejidas con calizas arenosas color gris, que meteorizan a gris pardo, laminadas, de grano fino a grueso, interestratificadas con calizas lutíticas y lutitas grises, que más al norte, frente al río, terminan transicionando a filitas y esquistos aún más antiguos y metamorfizados, testimonio del violento levantamiento de las serranías de la costa.
A estas facies de calizas, geólogos como Otto Renz y Gerhard Short las vincularon formalmente a la formación Mapuey desde mediados del siglo XX, reconociendo su afinidad con capas similares en las alturas de La Cebadilla y el cerro Carrizal, así como con las formaciones Araure y Agua Blanca, asociadas al complejo entramado estratigráfico del Frente Piamontino.
Estas capas de origen pelágico se consolidaron principalmente a lo largo del Cretácico (Albiense, 113 a 100,5 millones de años), en un momento en que el mar cubría gran parte de lo que hoy es el norte venezolano.

Más recientemente, Franco Urbani y colaboradores han propuesto reevaluar este complejo tectónico y metasedimentario, adscribiendo provisionalmente parte de estas fajas a la unidad informal Cojedes II, la cual sugiere un origen aún más remoto, que se remonta al jurásico tardío y cretácico temprano, para las rocas que sufrieron el metamorfismo más acentuado durante el apilamiento de las napas del Caribe.
Más allá de las nomenclaturas, me cuenta el profesor Porfirio Gómez (de alguna manera devenido cronista de Barro Negro) que los primeros habitantes del pueblo solían trabajar las calizas extraídas a mano de las laderas de El Cocuy, en afanosos hornos excavados en la tierra, para producir la cal con la que revestían sus hogares de bahareque antes de la entrada de aguas, hace ya varias décadas. Como muchas cosas de la tradición, me dice, eso se fue perdiendo en el tiempo.

Una roca hecha de hueso
La caliza es una roca sedimentaria compuesta mayoritariamente por carbonato de calcio (CaCO3), principalmente en forma de calcita. Se forma (como en este caso) por la acumulación de restos orgánicos, como conchas o esqueletos de animales marinos o por la precipitación química de carbonato cálcico en el agua, esto es más frecuente en ríos y quebradas, donde forma amplias terrazas por donde discurre el agua, como en la cercana población de Valle Hondo.
Curiosamente, al estar compuesta de carbonato de calcio, la caliza reacciona con efervescencia al entrar en contacto con ácidos, aún los más suaves como el vinagre o el jugo de limón. Pero al hornear los trozos de roca a altas temperaturas, en un proceso llamado precisamente calcinación, el carbonato de calcio se transforma en óxido de calcio, o cal viva, el cual, una vez añadida agua con cuidado, se convierte en la cal hidratada que conocemos y que se usa desde tiempos inmemoriales como aglutinante, pigmento y para favorecer los cultivos en tierras muy ácidas o agotadas.
A diferencia de las lutitas y limolitas que constituyen la formación Mucaria, provenientes de arenas y detritus acumulados en un mar profundo, estas calizas, finamente laminadas y compactas se formaron en un ambiente marino pelágico o hemipelágico aunque relativamente profundo, caracterizado por dos condiciones clave: Aguas tranquilas y de baja energía que permitieron que la arcilla fina, la materia orgánica y las microestructuras calcáreas (como las conchas de microplancton) se sedimentaran muy lentamente en capas o láminas milimétricas; y condiciones anóxicas (sin oxígeno en el fondo) que impidieron que habitaran organismos excavadores (ausencia de bioturbación), lo que preservó intactas las láminas sedimentarias y evitó la descomposición completa de la materia orgánica y de restos delicados de peces y otros pequeños organismos.

Esa lluvia constante de microorganismos muertos y restos de vertebrados desde la masiva columna de agua se acumuló en el lecho marino, formando calcilutitas bituminosas, que posteriormente sufrieron litificación y más tarde, un ligero metamorfismo y deformación cuando se levantó la faja piamontesa.
Vida por todas partes
Examinando estas calizas con detalle, es posible encontrar ocasionales manchas rojizas de óxidos de hierro, testimonio de la materia orgánica que alguna vez se depositó con la calcita. Pero también es posible encontrar diminutos fragmentos de lo que una vez fue hueso vivo, mineralizado lentamente, durante un centenar de millones de años y convertido en fosfato de calcio o apatita, que destaca con un color ambarino sobre la blanquecina calcita subyacente y refleja la estructura última de los habitantes de aquel antiguo mar.
Por eso, no deja de enternecerme el recuerdo de aquellas casitas de bahareque (alguna de las cuales llegué a ver en mis paseos infantiles por esa zona: perfectamente encaladas, prístinas para el velorio de Cruz de Mayo que también se quedó en el pasado) sabiendo que esa blancura alguna vez fue vida, vida en abundancia.

1 comentario
Excelente presentación,mis respetos. la Geología es una de mis pasiones siendo Ing Civil y haber estado en esos paisajes de la Bocatoma.