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Lo que el cine no cuenta de la arqueología

por Rubia Vásquez
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Rubia Vásquez Castillo | Antropo-Lógicas

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“Mira, un vecino consiguió un olicor verde cerca de su casa, quizás a ustedes les gustaría ir a escarbar por allá”. Como arqueólogas y arqueólogos, estamos acostumbrados a frases como esta. Y aunque lo más probable es que quien las pronuncia cargue con la mejor de las intenciones, no representan lo mejor de nuestra disciplina, al contrario, nos recuerdan los años en que, más que practicar una ciencia, éramos saqueadores con títulos universitarios.

Mientras la persona esperaba entusiasmada mi respuesta, entendí que la brecha entre lo que la gente imagina que hacemos y lo que realmente hacemos sigue siendo enorme. Sonreí, le agradecí y le expliqué que, si bien nos emocionan este tipo de reportes, actualmente procedemos con cautela y no corremos a abrir huecos en la tierra para sacar maravillosos tesoros que dejaron las personas del pasado.

El cine ha moldeado profundamente la idea que se tiene sobre la arqueología, sus intereses, sus objetivos y, sobre todo, su forma de actuar. La imagen de Indiana Jones nos persigue hasta nuestros días y, con ella, un imaginario donde el arqueólogo es un aventurero o un cazatesoros. Aunado a esto, en ese imaginario no existen mujeres arqueólogas, y menos aún mujeres jóvenes. Era común encontrar habitantes cercanos a los sitios arqueológicos que, al ver llegar el jeep del Museo Antropológico de Quíbor, esperaban a un hombre blanco, maduro y lleno de sabiduría, que venía a buscar vasijas y huesos para el museo.

Por tanto, durante décadas, la idea de las y los arqueólogos estuvo más cerca del aventurero que del científico, aunado a que la presencia femenina en esos roles colocaba en duda la seriedad de los proyectos.

Hoy sabemos que cada vasija removida sin método es una página arrancada de un libro que nunca volveremos a leer. Por esto, con los años dejamos de abrir huecos como locos. Ya no se trataba de excavar por excavar, sino que antes de llenarnos de tierra era necesario tener preguntas de investigación: ¿qué comían?, ¿cómo vivían?, ¿cómo enterraban a sus muertos?, ¿qué creían? Ya que solo a partir de esas preguntas, es decir de intereses concretos, podíamos decidir dónde valía la pena excavar y dónde no, optimizar recursos (cada vez más escasos, por cierto), y, sobre todo poner la investigación al servicio de los pueblos y comunidades actuales, en lugar de seguir respondiendo a intereses propios de las y los investigadores desligados de los territorios.

Por eso hoy, cuando conocidas, amigos y compañeros me comentan sobre la presencia de huesos o cerámica en alguna localidad, y casi me exigen que corra a “rescatarlos” me detengo a explicarles cómo trabajamos. Que no salgamos corriendo tras cada reporte de sitio arqueológico no significa que seamos insensibles ni que nos falten ganas de trabajar, significa que entendemos que la ciencia tiene un rol social, y que ese rol no se cumple con prisa, sino con criterio.

Esta decisión ha traído otras premisas básicas de la arqueología, algunas de las cuales son: no todo sitio debe excavarse en el momento, ya que es un acto destructivo e irreversible y, por lo tanto, debe justificarse y garantizar la preservación de los materiales; que nunca se excava en su totalidad ningún yacimiento, debido a que no todo hallazgo debe y puede extraerse (algunos objetos e edificaciones se vuelven a enterrar); que el contexto importa más que el objeto, es decir, nos interesa cómo aparece la pieza (volteada, de pie, fragmentada, usada, entre otras formas) y cómo se relaciona esta con otros objetos (qué tiene o no a los lados o como es la tierra a su alrededor) o incluso la no presencia de algo puede decir mucho.

Asimismo, hemos dejado de lado el interés por los objetos únicos que, aunque llamativos, no nos dan mucha información sobre las costumbres o las ideas que prevalecían entre las poblaciones del pasado. Volvimos entonces la mirada hacia los objetos comunes, esos que se repiten miles de veces y, principalmente, hacia las piezas fragmentadas o rotas. ¿Por qué esto? Porque nos interesan las ideas y los consensos que guían la vida en sociedad, es decir lo cotidiano, lo colectivo.

En este sentido, siempre me han preguntado cuál ha sido lo más asombroso que he conseguido, y nunca sé qué responder. Las personas esperan que les diga que encontré algo similar al Santo Grial americano, pero cuando lo pienso, recuerdo que lo más maravilloso que he conseguido ha sido una pequeña impresión de textil, que consiste en la marca o huella que dejó un tejido sobre la tierra. Es decir, no hay tela, es su marca, su ausencia hecha presencia.

Y, ¿por qué me ha maravillado? Pues porque, luego de cientos o miles de años, ahí está la trama, el grosor del hilo, la técnica de quien lo tejió. Realmente no es un objeto en sí mismo, no logro ver colores, ni sentir la tela, es la sombra de algo que ya no existe. La arqueología de finales de siglo XIX y principios del XX no lo habría visto, se habría deslumbrado por los huesos y vasijas a su alrededor.

Aunque ya no existe, nos da información de la vida cotidiana de quienes habitaron ese lugar sobre qué vestían, cómo lo hacían, con qué recursos contaban. Por tanto, nos da información sobre prácticas compartidas, repetidas, aprendidas y transmitidas. Y eso, para mí, es más asombroso que cualquier pieza hecha de cualquier material exótico al territorio.

Otra premisa fundamental (y que muchos en el área, aunque no todos, compartimos) es que el conocimiento producido debe volver a las comunidades donde se generó. No es una actividad que se hace al finalizar los proyectos, ni se hace por cortesía, es una obligación ética divulgar lo que se hace y cómo se hace, la investigación se debe a quienes hicieron posible el trabajo, pero especialmente a quienes habitan el territorio estudiado.

Ellas y ellos, que recorren esa tierra todos los días, que la miran con atención y que encuentran objetos cuando llueve, en el caso de mi amigo olicores (una forma de llamar a las cuentas de collares) son los primeros en formular preguntas sobre la gente que allí vivía. Sus explicaciones propias resultan fundamentales para responder los interrogantes de cualquier proyecto de investigación. A que a veces las respuestas a las grandes preguntas sobre el pasado de la humanidad son más sencillas de lo que pensamos.

La disciplina ha dejado atrás las épocas de Indiana Jones, pero aún nos empeñamos en construir grandes teorías que expliquen la vida en sociedad, en citar autores y en plantear soluciones rebuscadas; y a veces la respuesta está en la observación paciente de quien vive sobre el sitio arqueológico.

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