Las casas tradicionales de los andes venezolanos eran hechas para la eternidad y para el cobijo de familias dispuestas a la unión y al convite
Teresa Ovalles Márquez / Fotogramas tomados del documental «Tapiales»
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“Levántate, casa mía, ponte en la tierra con la dignidad de los bosques, liviana como los cometas, serena y majestuosa como la sierra de donde vengo, álzate sin petulancia, mas nunca temerosa…”
Ramón Palomares
En el documental Tapiales (Armando Arce, 1978), un extenso poema, recitado y escrito por nuestro Ramón Palomares, intercala el proceso de construcción de una casa tradicional en el poblado de Canaguá, uno de los Pueblos del Sur de Mérida.
El tapiero mayor José Durán agarra camino con dos caballos por las estribaciones, cruza un mítico puente y llega al pueblo para sellar el compromiso de empezar a levantar la amable casa de paredes pisoneadas, techo con bases de madera local y tejas artesanales.

Durán elabora el plan luego del “convenimiento” con Don Cirilo. Ajusta los planes, costos y finalmente comienza un trabajo comunitario y social al calor de la leña encendida para el quemado de las tejas.
La de barro cocido hecha a mano es la mejor cobija que se le puede poner a una casa rural. Posee dos virtudes inigualables: durabilidad a toda prueba contra soles y aguaceros, y un aislamiento térmico que garantiza un techo muy fresco.

La quema de la teja requiere la construcción de hornos provisionales de tierra y ladrillo llamados bitones. Debido a la enorme cantidad de leña, moldeado y vela continua que exige la quema de miles de ellas, el trabajo se convierte en un acontecimiento comunitario, social.
La dura labor al pie del bitón se transforma en una fiesta campesina: el trabajo pesado se acompaña con música de cuerda, baile de noche y «tocatas amarradas» —reuniones musicales que duraban varios días seguidos mientras el horno ardía—. Así, a fuerza de colaboración, canto y convite, la comunidad forjaba el techo de la nueva vivienda.

Dice el albañil:
“Como maestro de obra, le digo que para levantar una casa firme y duradera de paredes de tierra pisada (tapial), no se puede tirar raya en cualquier sitio. El terreno hay que saberlo escoger, pues la tierra es agradecida, pero exigente. Para que la obra sea segura y los trabajos no se traben, el sitio debe cumplir, sin falta, con una superficie plana y de buen tamaño, que no solo acomode el cuerpo de la vivienda sino también sus desahogos y corredores sin apreturas”.
“Es indispensable disponer de un camino o trocha firme por donde transiten libremente las recuas de mulas, que son las que acarrearán las maderas pesadas, herramientas y bastimentos hasta el propio pie de la obra”.

Canaguá tiene tres ríos. Se encuentra en las estribaciones de la Sierra Nevada y sobre 1.451 msnm se yergue con su iglesia y su gente dedicada a la agricultura, la siembra y la cosecha del café. Es uno de esos pueblos apacibles, profundos, lentos y hermosos. Desde allí, Armando Arce, cineasta, especialista en animación, decidió dejar testimonio de la hechura de un tapial.
Arce plasmó en este trabajo fílmico su “admiración y respeto por los edificadores de las primeras construcciones que se hicieron en el continente con la llegada de los invasores europeos”. Dibuja en fotogramas el método de construcción originario de los pueblos árabes que, según dice, adoptaron nuestros pobladores.

“Lo que sí le voy a pedir —dice el maestro de obra a Don Cirilo— es que yo busco los obreros a mi cuenta, lo que es pisonero y zurronero, porque no todo el mundo sirve para pisar, porque el golpe de pisones es muy complicado. Se necesita tener la tierra arreglada, prepararla, que esté mojada; y madera, porque los puros tapiales necesitan mucha madera…”.
Los pisoneros eran los obreros encargados de compactar la tierra dentro de la armazón de tablas. Era una labor que exigía fuerza y técnica; “hombres de kilo”, los llamaba Durán. El golpe del pisón era determinante para que la estructura alcanzara la dureza necesaria, mientras que los zurroneros eran los encargados de abastecer la tierra y prepararla, cernirla y batirla desde el zurrón al tapial.

El maestro José Durán protagoniza esta historia, testimonia y da fe de la hechura de la casa. Advierte que “la tierra completamente seca no sirve para levantar tapias, es material muerto. Si la tierra se echa seca al encofrado los granos no se unen ni se traban por más golpe de pisón que se le dé”. Hay que regarla, mojarla con cuidado y batirla hasta que alcance su punto justo de cohesión. Solo estando bien hidratada es que la tierra responde, se deja amoldar dentro del encofrado y consolida un muro compacto.
El documental de Arce muestra la labor del pisonero y del zurronero. Parece un baile que le da alegría a la morada que se levanta entre las ventiscas del valle en que se asienta Canaguá.


Hidratación de la Tierra
El levantamiento de los muros requiere armar el cajón o encofrado de madera –explica–, lo que en la tradición se llamaba “la arma de la casa». Esta estructura soporta el tremendo empuje de la tierra compactada mediante una trabazón mecánica precisa de varias piezas, según las explicaciones de Durán en el transcurso de los 20 minutos de la filmación.
Para sostener la cubierta sobre muros de tapial lo más sabio es echar mano de las buenas maderas duras que produce la misma zona. La madera de la región no solo resulta más económica por la cercanía del flete, sino que trabaja en perfecta armonía con los muros de tierra pisada. Sus piezas absorben y liberan humedad a la par con la tapia, y experimentan un ensamblaje elástico, firme y resistente al paso de los años.

El terreno
Advierte el maestro de la obra que jamás se debe construir al pie de una ladera inestable. El sitio tiene que estar completamente libre de amenazas de derrumbes, deslaves o colapsos que bajen de la parte alta de la montaña.
Para levantar la casa de 12 metros de largo la hechura del plan a pico exige dejar por lo menos 6 metros libres hacia un extremo y 6 metros libres hacia el otro. Asimismo, en la parte inferior es obligatorio un patio amplio para que la construcción no quede acosada ni ahogada por el cerro. En la parte alta también debe abrirse el espacio suficiente si se tiene proyectado montar un corredor superior.

El techo
Los techos también tenían su ciencia y para formar la estructura, al igual que la tapia, se requería maderos de distintos tipos y con distintas funciones en la estructura, según se desprende de la conversa del maestro de obra con Don Cirilo.
Los troncos de madera nunca se apoyan en el suelo directo, se asientan cuidadosamente sobre una piedra alta y firme para aislar por completo la madera de la humedad de la tierra, evitando que se pudra la base de la estructura.


La «casa zaguanada»
Es la respuesta tradicional a las necesidades del campo porque garantizan abrigo, seguridad y espacio social. La cocina se construye dentro del perímetro protegido del zaguán e integra su propio estanque de agua para que la familia se pueda desenvolver en labores domésticas cotidianas con comodidad y sin tener que salir a buscar agua afuera en horas de la noche.
Con el enzaguanado interior de la casa –indica Durán– la familia «cerró las puertas, y ahí lo que quedó para dentro quedó para dentro; lo de afuera quedó para afuera».








