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“El idioma que yo hablo es café”

Nueve años de un encierro voluntario que no es soledad sino concentración han traído a Jesús Jerez a un momento crucial: el exitoso crecimiento de las primeras plantas de un injerto inédito, al menos en Venezuela

por Roberto Malaver
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Roberto Malaver / Fotos Yorwuel Parada

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En Altamira de Cáceres, municipio Bolívar del estado Barinas, arriba, en la montaña fresca donde el calor de los llanos se encuentra con el frío que baja de Santo Domingo, vive Jesús Gregorio Jerez González, popularmente conocido como Chucho. Es productor, investigador autodidacta, “científico loco” —así dicen que lo llaman— y defensor de un café que no solo se degusta, sino que cuenta una historia de arraigo, resistencia y visión ecológica. Durante más de dos horas, mientras el aroma de un café recién tostado impregnaba el ambiente, Jesús compartió con nosotros su camino: desde los abuelos fundadores hasta los injertos que, está seguro, revolucionarán la caficultura venezolana.

Raíces que vienen del siglo XIX

“La idea mía viene ancestral, de los abuelos, los bisabuelos”, dice Jesús. A finales de los años 1800 y comienzos de 1900, sus antepasados llegaron desde Trujillo huyendo de las guerras (como la Federal) y de los reclutamientos forzosos. Caminaron hasta estas tierras, se asentaron y fundaron las fincas cafeteras que dieron origen a una tradición familiar. Su abuelo llegó a ser un productor de más de 400 cargas, equivalentes a 800 sacos de café, una cifra que habla de la vocación productiva de la zona.

Pero Jesús no se limitó a heredar un oficio. Su inquietud fue “recuperar, pero ya con otra visión, no solamente lo financiero, sino la parte ambiental”. Estudiando e investigando sobre café, su propósito siempre fue claro: lograr un café de excelente aroma y sabor, pero en armonía con el entorno. “Mi manejo del café —explica— es ecológico, para darle connotación a la parte ambiental y a lo tradicional”.

Su formación comenzó formalmente en La Azulita, Mérida, donde hizo un curso extensivo de café en el antiguo INCE. Luego continuó en la Estación Experimental Bramón, en el Táchira, hoy bajo la tutela del INIA. De esas experiencias nació la semilla de lo que sería su propuesta definitiva: un café ecológico, libre de químicos, sustentado en el manejo orgánico del suelo y en el respeto por los ciclos naturales.

Pero Jesús fue más allá. Viajó a Chiapas y Veracruz (México), a San José (Costa Rica) y a Colombia. “Yo jurungué el café ecológico —dice—, ver cómo ellos han avanzado, no para copiar el modelo, sino para adaptarlo a nuestro trópico”. Para él, Venezuela posee una ventaja única: la combinación de aires calientes y olas frías que crean microclimas ideales. En su finca, a mil metros sobre el mar, esa interacción de vientos es un laboratorio natural para los manejos de campos magnéticos que, según su visión, influyen directamente en la calidad del grano.

La experiencia en las instituciones del café

El activismo ecológico lo llevó a ser conocido en Venezuela. A raíz de sus exposiciones, en el año 2000 fue convocado para fundar en Barinitas la Federación Nacional de Caficultores de Venezuela, de la cual fue presidente durante un año, porque la presidencia se rotaba anualmente. Más tarde, su discurso ambiental lo llevó a la Junta Nacional del rubro café, donde clasificó como el segundo de tres productores a nivel nacional. En el Círculo Militar de Caracas, ante todos los actores de ese sistema —productores, comercializadores, investigadores—, expuso su propuesta ecológica.

El ministro lo puso al frente de un grupo de tres productores, pero Jesús puso una condición innegociable: “El mensaje mío, la propuesta para desarrollar el café en Venezuela, tiene que ser tradicional. No le vamos a imponer al convencional que lo haga; que siga con su cosa. Pero el patrón que nos impusieron fue el de los químicos, y así no se puede hacer café ni cacao. Tenemos que preservar el aroma y los sabores, que solo los da un suelo rico en materia orgánica, con buena fotosíntesis y buenos manejos de campos magnéticos”. Poco escuchado en aquel ámbito, decidió volver a su tierra y trabajar con hechos, no con discursos.

Injertos: cuando el robusta y el arábica se unen

La gran innovación de Jesús Jerez está en sus manos, literalmente. Desde hace años desarrolla injertos de café utilizando un patrón de Coffea canephora (robusta) y colocando sobre él variedades arábicas (también llamado arábigo), en especial el catagüí rojo y el timor, este último de grano notablemente grande.

“El robusta es muy fuerte, alto en producción, no le caen nematodos ni hongos. Arriba le coloco el arábigo. Me enamoré del catuaí rojo y del timor”, relata. Se trata de un mejoramiento genético tradicional, sin manipulación transgénica, que busca enfrentar el cambio climático y aumentar el rendimiento sin sacrificar calidad. Los resultados ya son visibles: “Para recoger un saco de café con métodos tradicionales necesitas recorrer casi una hectárea; con injertos, necesitas solo ocho matas. Puedes tener de cuatro a ocho matas en el jardín y tener tu saco de café para todo el año”.

El procedimiento lo aprendió en el CATIE (Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza) de Costa Rica, pero lo adaptó a su manera. Realiza dos tipos de injerto: siembra semilla, la lleva al vivero e injerta cuando aún está pequeña; o, si cuenta con plantas adultas de robusta, les hace una poda universal a 30 o 40 centímetros del suelo y sobre los brotes nuevos inserta esquejes de arábigo adulto, similar a como se hace con el cacao. “Aquí en Barinas y en Venezuela creo que nadie había hecho injertos en café”, afirma con orgullo. Ya ha enviado muestras a Rusia, donde el café ecológico —u orgánico— es altamente valorado, y la respuesta ha sido entusiasta.

El arte de hacer suelo vivo

Jesús no utiliza agroquímicos. Prepara sus propios abonos a partir de materiales locales. “El nitrógeno lo saco de la grama y del palo podrido; el fósforo, de la árnica y del bagazo de caña; el potasio, del mismo cerezo rojo del café y de las musáceas. Todo lo dejo podrir un año, año y medio”. Sabe que el factor tiempo es el gran obstáculo para muchos productores: “La gente quiere cosechar rápido, en un año si es posible. Así no es. Contribuir con el medio ambiente es hacerlo con paciencia, cuidando el planeta desde el suelo”.

A esa filosofía suma la siembra obligatoria de sombras. Cada año planta de 20 a 30 guamos y bucares, las especies autóctonas que acompañan al café en las orillas de caminos y quebradas. “Enfrentar el cambio climático es preservar los bosques, cuidar los riachuelos y el agua. Es hacer conciencia del equilibrio hombre-ambiente. Yo no digo ‘medio ambiente’; ¿quién le puso ‘medio’? Es ambiente y hombre”.

Vivir del café y para el café

Hace nueve años que Jesús no sale de su finca. “Me dediqué a hacerlo”, dice. Con media hectárea produce entre 12 y 15 sacos de café al año, que transforma en el ingreso mensual para comida, internet y gasolina. “Soy solo, me rinde. Mi desayuno son huevos fritos con queso y sardina, y en la noche un tecito de orégano o toronjil con jengibre y limón”.

Dice que ese aislamiento voluntario no es soledad; es concentración. Recibe visitas de productores, estudiantes y profesores de la Universidad de Carabobo, la ULA, la Central y la José Félix Ribas. Con ellos comparte su enfoque cartográfico y científico: “Lo primero que tiene que hacer un productor es un levantamiento cartográfico de su área, un análisis de suelo para saber qué variedad de café es factible y si lo puede manejar orgánicamente”.

El camino inmediato de Jesús es esperar entre tres y cuatro años para que los injertos alcancen la madurez genética plena. “Cuando los germoplasmas y los cromosomas del robusta y el arábigo casen bien, el café será un monstruo”. Su meta es alcanzar 200 sacos de 46 kilos (quintales) por hectárea, un salto desde los 4 o 5 que se obtienen en plantaciones tradicionales mal manejadas. Una vez certificado por el Ministerio de Agricultura y Tierras participará en concursos y subastas, convencido de que su café injerto será una novedad absoluta.

Pero hay un sueño mayor: crear un banco de semillas y compartirlo sin fines de lucro. “Mi parte religiosa con Papá Dios es esa: que todo se multiplique para bien del planeta y del ecosistema, no con vainas mercantiles. La semilla no se debe vender, se debe compartir”. Paralelamente, investiga un grano singular: el peaberry o caracolillo, que se produce cuando no hay polinización y el grano se desarrolla solo, concentrando azúcares y aromas. Ya sembró 162 semillas de este tipo y espera aislarlas para ver si logra una planta que solo produzca peaberries, con el fin de ofrecerlo a los baristas y mercados más exigentes. “Ese es el que buscan los jeques”, apunta.

Jesús no se considera un productor cualquiera. “Soy de hechos, no de palabras. Si no me escuchan, no estoy ahí. Prefiero estar aquí, haciéndolo”. Su historia política, con encuentros fugaces y proyectos frustrados junto al gobierno y las instituciones, no lo desanimó. Cuenta cómo la marca colectiva Café Venezuela, nacida de los productores, fue “secuestrada” y luego desmantelada. Sin embargo, él siguió.

Ahora tiene la mira en mercados internacionales. Una hija de un profesor amigo, radicada en China, le ha manifestado el interés de llevar café venezolano de origen a ese país, cuyo consumo pasó de 690 mil sacos en 2024 a una proyección de 25 millones en tres años. Otra amistad en Estados Unidos está dispuesta a catar su café injerto. “Cuando tenga mi producto voy a invertir el 70% en publicidad, como me enseñó un empresario. Regalaré muestras de 100 gramos para que la gente lo conozca”.

Y detrás de esa disciplina productiva vive un espíritu solidario y profundamente humano. Cada 19 de agosto, su cumpleaños, tuesta un robusta “naturalito, que no lleva sol” y lo comparte con los vecinos. “Reservo un saco para ese día, para venderlo y tener capital. Pero el pedacito de torta y el cochino se aprovechan con los que llegan. Es algo tradicional mío”.

La tercera taza

Antes de despedirnos, Jesús prepara otra ronda de café, el mismo que tomamos durante la conversación, un café “origen” que, asegura, mejorará aún más en dos o tres años cuando la genética del injerto se estabilice. Mientras el humo del tostado artesanal se eleva desde la cocina, reflexiona: “Esto nació en el 85, con un curso y un profesor que nos hablaba de buscar patrones fuertes contra la roya y la broca. Luego en el liceo, el profesor Carlos Acosta nos enseñó a injertar naranjas. Todo eso se fue sembrando en mí. Ahora, nueve años encerrado aquí, entre pandemia y crisis, he podido hacerlo realidad. El que quiera sumarse, bienvenido; pero nadie está obligado. Esta es mi contribución al ambiente y a la gente. El idioma que yo hablo es café”

En Altamira de Cáceres, donde el café es tradición, historia y paisaje, Jesús Gregorio Jerez González demuestra que se puede innovar con las manos en la tierra, la lectura como compañera y una convicción tan firme como la raíz del robusta: producir un café que huela a bosque, sepa a identidad y siembre futuro.

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Periodista, internacionalista.

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